Panamá, 23 de septiembre de 2001
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Letras suicidas

Se ha demostrado que los poetas son proclives a la depresión y al trastorno bipolar

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Desde un desdichado Gérard de Nerval ahorcándose en un anónimo farol de una callejuela de París, hasta una deprimida Virginia Woolf saltando a las aguas de un río con los bolsillos llenos de piedras, la historia de la literatura está llena de mórbidas imágenes que en cierta forma contribuyen a la aureola mítica que rodea la figura de algunos escritores.

Sin duda, uno de los más célebres casos de suicidio en los anales de la literatura universal es el de Ernest Hemingway. El 2 de julio de 1961, tras una prolongada batalla contra la depresión y el alcoholismo, la paulatina pérdida de su memoria y la insoportable realidad de que ya no podía escribir, el autor de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas fue encontrado muerto en su cabaña en el estado de Idaho a consecuencia de severas heridas de bala que se había disparado con su escopeta. Tenía 61 años.

Si Hemingway abandonó el ruedo ya en el ocaso de su vida, Yukio Mishima se encontraba en la plenitud de su carrera literaria cuando la irrevocable determinación de morir se encendió en su alma. Efectivamente, el 25 de noviembre de 1970, a los 45 años, este autor nipón tomó la decisión de acometer el seppuku, mejor conocido como harakiri, ritual de suicidio samurai.

Mushima, autor de la tetralogía El mar de la fertilidad, murió en defensa de sus ideas políticas con respecto a la figura del emperador y el papel de las fuerzas armadas japonesas en la postguerra.

No tan teatral, pero igualmente dramática fue la muerte de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik. La vate, que en sus poemas hace frecuentes alusiones a la sangre y a la muerte, decidió quitarse la vida ingiriendo una dosis letal de seconal, un barbitúrico. La autora de Extracción de la piedra de la locura y La condesa sangrienta falleció el 25 de septiembre de 1972, el mismo día en que salió de la clínica psiquiátrica en la que estaba internada.

Compartiría la misma suerte su compatriota, la poetisa Alfonsina Storni, quien ya desde los 12 años hacia alusiones a la muerte en sus poemas. El 25 de octubre de 1938, el cuerpo sin vida de Storni aparecería flotando en la playa de la Perla, en Mar del Plata, Argentina.

Otra figura trágica de la literatura sudamericana fue el uruguayo Horacio Quiroga. Su vida estuvo plagada de tragedias: en 1902 mata accidentalmente, con una pistola, a su amigo Federico Ferrando, y en 1915 se suicida su mujer, Ana María Cirés. Estos acontecimientos, aunados al diagnóstico de un cáncer estomacal, fueron el detonante de su suicidio por ingestión de arsénico en 1937.

La desesperación también acorralaría al novelista y poeta Césare Pavese, quien en 1950, insatisfecho por el clima político de la Italia de la postguerra y agobiado por problemas personales, decide terminar su vida.

El romanticismo también tuvo su cuota de víctimas fatales, hasta tal punto que el suicidio fue denominado el “mal del siglo XIX”. “¡Suicidado yo, que bonito!”: estas serían las últimas palabras que pronunciaría José Asunción Silva durante una tertulia, antes de ser encontrado con un tiro en el corazón, al estilo de Werther, el inmortal personaje de la novela de Goethe, que provocó una ola de suicidios en la Europa del siglo XVIII.

¿Los motivos del escritor colombiano? Económicos y legales. El autor de Nocturno se encontraba en la ruina. Fue enterrado en un basurero.

No siempre el suicidio ocurre de forma voluntaria. El filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca se vio obligado a cortarse las venas por orden directa del emperador Nerón, después de que una conspiración en contra del tirano romano fallara.

Pero sin duda alguna, el caso que presenta el mayor grado de controversia debido a las inciertas circunstancias que lo rodean, es el del novelista estadounidense Jack London. Inicialmente, al encontrarse un frasco con morfina en su habitación, se pensó que el autor de Colmillo Blanco se había suicidado.

Sin embargo, como después aclararon sus doctores, London llevaba ya varios años batallando con trastornos renales, que aunados a una dosis considerable de morfina, lo llevaron a la tumba el 22 de noviembre de 1916.

Por su parte, si bien es cierto que Dylan Thomas no usó barbitúricos ni armas de fuego o punzo cortantes para poner término a su existencia, empleó un tósigo igualmente eficaz: el alcohol. El poeta británico pasó los últimos años de su vida encerrado en los bares de Manhattan, enfrascado en una aciaga parranda que llegó a su fin en 1953, unos días después de haber celebrado su cumpleaños número 39.

Un escritor que vio frustrados sus intentos de quitarse la vida fue Raymond Chandler, autor de sendos culebrones detectivescos. Después de dos intentos de suicidio, Chandler finalmente vio cumplido su deseo de abandonar este mundo cuando falleció a consecuencia de una enfermedad respiratoria, agravada por su inquebrantable vocación etílica.


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