Letras suicidas
Se ha demostrado que los poetas son proclives
a la depresión y al trastorno bipolar
Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com
Desde un desdichado Gérard de Nerval ahorcándose
en un anónimo farol de una callejuela de París, hasta una deprimida
Virginia Woolf saltando a las aguas de un río con los bolsillos
llenos de piedras, la historia de la literatura está llena de mórbidas
imágenes que en cierta forma contribuyen a la aureola mítica que
rodea la figura de algunos escritores.
Sin duda, uno de los más célebres casos de
suicidio en los anales de la literatura universal es el de Ernest
Hemingway. El 2 de julio de 1961, tras una prolongada batalla contra
la depresión y el alcoholismo, la paulatina pérdida de su memoria
y la insoportable realidad de que ya no podía escribir, el autor
de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas fue encontrado
muerto en su cabaña en el estado de Idaho a consecuencia de severas
heridas de bala que se había disparado con su escopeta. Tenía 61
años.
Si Hemingway abandonó el ruedo ya en el ocaso
de su vida, Yukio Mishima se encontraba en la plenitud de su carrera
literaria cuando la irrevocable determinación de morir se encendió
en su alma. Efectivamente, el 25 de noviembre de 1970, a los 45
años, este autor nipón tomó la decisión de acometer el seppuku,
mejor conocido como harakiri, ritual de suicidio samurai.
Mushima, autor de la tetralogía El mar de
la fertilidad, murió en defensa de sus ideas políticas con respecto
a la figura del emperador y el papel de las fuerzas armadas japonesas
en la postguerra.
No tan teatral, pero igualmente dramática
fue la muerte de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik. La vate,
que en sus poemas hace frecuentes alusiones a la sangre y a la muerte,
decidió quitarse la vida ingiriendo una dosis letal de seconal,
un barbitúrico. La autora de Extracción de la piedra de la locura
y La condesa sangrienta falleció el 25 de septiembre de 1972, el
mismo día en que salió de la clínica psiquiátrica en la que estaba
internada.
Compartiría la misma suerte su compatriota,
la poetisa Alfonsina Storni, quien ya desde los 12 años hacia alusiones
a la muerte en sus poemas. El 25 de octubre de 1938, el cuerpo sin
vida de Storni aparecería flotando en la playa de la Perla, en Mar
del Plata, Argentina.
Otra figura trágica de la literatura sudamericana
fue el uruguayo Horacio Quiroga. Su vida estuvo plagada de tragedias:
en 1902 mata accidentalmente, con una pistola, a su amigo Federico
Ferrando, y en 1915 se suicida su mujer, Ana María Cirés. Estos
acontecimientos, aunados al diagnóstico de un cáncer estomacal,
fueron el detonante de su suicidio por ingestión de arsénico en
1937.
La desesperación también acorralaría al novelista
y poeta Césare Pavese, quien en 1950, insatisfecho por el clima
político de la Italia de la postguerra y agobiado por problemas
personales, decide terminar su vida.
El romanticismo también tuvo su cuota de
víctimas fatales, hasta tal punto que el suicidio fue denominado
el “mal del siglo XIX”. “¡Suicidado yo, que bonito!”: estas serían
las últimas palabras que pronunciaría José Asunción Silva durante
una tertulia, antes de ser encontrado con un tiro en el corazón,
al estilo de Werther, el inmortal personaje de la novela de Goethe,
que provocó una ola de suicidios en la Europa del siglo XVIII.
¿Los motivos del escritor colombiano? Económicos
y legales. El autor de Nocturno se encontraba en la ruina. Fue enterrado
en un basurero.
No siempre el suicidio ocurre de forma voluntaria.
El filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca se vio obligado a cortarse
las venas por orden directa del emperador Nerón, después de que
una conspiración en contra del tirano romano fallara.
Pero sin duda alguna, el caso que presenta
el mayor grado de controversia debido a las inciertas circunstancias
que lo rodean, es el del novelista estadounidense Jack London. Inicialmente,
al encontrarse un frasco con morfina en su habitación, se pensó
que el autor de Colmillo Blanco se había suicidado.
Sin embargo, como después aclararon sus doctores,
London llevaba ya varios años batallando con trastornos renales,
que aunados a una dosis considerable de morfina, lo llevaron a la
tumba el 22 de noviembre de 1916.
Por su parte, si bien es cierto que Dylan
Thomas no usó barbitúricos ni armas de fuego o punzo cortantes para
poner término a su existencia, empleó un tósigo igualmente eficaz:
el alcohol. El poeta británico pasó los últimos años de su vida
encerrado en los bares de Manhattan, enfrascado en una aciaga parranda
que llegó a su fin en 1953, unos días después de haber celebrado
su cumpleaños número 39.
Un escritor que vio frustrados sus intentos
de quitarse la vida fue Raymond Chandler, autor de sendos culebrones
detectivescos. Después de dos intentos de suicidio, Chandler finalmente
vio cumplido su deseo de abandonar este mundo cuando falleció a
consecuencia de una enfermedad respiratoria, agravada por su inquebrantable
vocación etílica.
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