Panamá, 23 de septiembre de 2001
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Historia, catástrofe, Dios

La idea cristiana de la Providencia Divina brinda una esperanza cierta contra la maldad del mundo

Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com

Cuando sucede un desastre así, la gente se pregunta: ¿Dónde está Dios? El cristianismo tiene varias respuestas,afirman sus teólogos: crucificado otra vez con los inocentes que murieron, a los que acompaña en la eternidad, sufriendo con los que sufren en esta vida y brindando una esperanza firme de redención a la Humanidad.

El mundo entero está conmovido por el desastre del martes 11 de septiembre y reconoce que ese día algo cambió en los destinos de la Humanidad para siempre. Los historiadores tendrán que registrar el hecho como el día más aciago que ha sufrido Estados Unidos. Los filósofos de la historia, sus intérpretes naturales, tendrán que poner algún marcador significativo en este acontecimiento. Pero, ¿qué significa el mismo? ¿Ha sucedido antes algo así? ¿Juega la divinidad algún papel en esto?

La catástrofe en el Imperio

Empecemos por la segunda pregunta y contestemos rotundamente: sí. Y pongamos como ejemplo un caso paralelo: en el año 410 un suceso terrible sacudió la civilización occidental: Roma, la capital del orgulloso imperio que no tuvo paralelo en el mundo antiguo, fue saqueada por las huestes del invasor visigodo Alarico, lo que causó un impacto traumático sobre las gentes, y tuvo grandes consecuencias. Los romanos paganos echaron la culpa al cristianismo. Decían que el abandono de los antiguos dioses paganos por la nueva fe del Crucificado había ocasionado la tragedia.

Desde la provincia romana de Numidia, en Africa, san Agustín eleva la voz de su magisterio con su formidable obra La ciudad de Dios, donde ofrece, en la primera exposición filosófico-teológica de la historia, una explicación no solo de la tragedia romana sino del sentido de los acontecimientos históricos en general.

Según Agustín, Roma conoció el esplendor no por virtuosa, sino por la política sin escrúpulos de los Césares. Sus vicios la llevaron a la decadencia. La misión de Roma es mantener la paz y, en la visión agustiniana, difundir la fe cristiana. Agustín fue, con su obra, un profeta de la futura caída de Roma. Los imperios son perecederos. Su gloria es transitoria y mudable, por eso la significación de la historia no debe centrarse en esos acontecimientos, sino en la preparación para la eternidad hacia la que se encamina el drama humano. Agustín introduce el concepto de tiempo histórico en la filosofía. La historia transcurre de modo lineal para encontrar su pleroma (plenitud) en el Reino de Dios. La historia no es eterna (rechaza el concepto de cíclico retorno de los griegos) sino que es un intervalo tendido entre un principio y su telos (fin) en la Eternidad. En el mundo conviven los buenos y los malos. El imperio romano no es más que una etapa, pasajera como las demás, de la ciudad terrestre; igual estaba destinado a colapsar; lo que importa en verdad es pertenecer a la ciudad de los valores espirituales, la civitas Dei. La historia tiene de este modo una significación espiritual, es pues, un peregrinaje hacia la redención.

El bien que puede obtenerse del mal

Cuando uno ve los acontecimientos monstruosos que suceden en la historia llega a preguntarse, ¿tiene todo esto algún sentido? En 1666 un incendio colosal abatió la ciudad de Londres. Fue una gran tragedia. El espíritu humano no se dejó postrar y reconstruyó la ciudad. La hizo más moderna además. Así parecería, dice Sir Herbert Butterfield, que los historiadores al analizar los hechos presentan la catástrofe como el inicio de una forma de vida mejor. No es la intención decir que la catástrofe sea necesaria. “Esta impresión puede adquirirse fácilmente, porque perdemos muy pronto la facultad de sentir como cosa nuestra las penas de los desdichados”, dice el filósofo de Cambridge. Pero es necesario para el mismo espíritu humano aprender algo positivo de tanto dolor.

La Reforma protestante, por ejemplo, enfrentó a una Iglesia medieval monolítica e intolerante. Sucedieron guerras religiosas espantosas. Se modificó el balance de poder. El mundo ya no volvió a ser igual y surgió otro mundo: el moderno. Pero fue precisamente la modificación de tal equilibrio de poder y las secuelas de las guerras de religión lo que hizo posible que el mundo fuese encaminándose hacia la tolerancia como un valor y una forma de vida. Al comenzar aquellas guerras ningún bando quería la paz, ni mucho menos era un ideal para ellos. Apunta Butterfield: “Reflexionando sobre esta tragedia y haciendo de la necesidad virtud, los hombres del período siguiente establecieron la tolerancia y la disfrutaron. Y así no solo admitieron que la tolerancia era lo mejor que la Providencia podía disponer en un mundo de disensiones religiosas, sino que se sintieron en realidad muy felices porque sucedió un cisma religioso que hizo posible tal conquista”. Los desastres son los desastres, pero los pueblos pueden realizar una reflexión a posteriori que les permita sacar algo positivo de aquel mal. ¿Qué pudiera salir como positivo de la nefasta experiencia del 11 de septiembre? La necesidad de una mayor tolerancia de ideas y creencias. La necesidad de ser intolerantes con el terrorismo y de preocuparnos más de las tragedias del mundo circunvecino (hace rato que fenómenos de menor magnitud, pero de igual ejercicio de terror se vienen dado en otras partes del mundo). La urgencia de ser más solidarios. Luchar por la paz y defenderla (lo que no implica “pacifismo”, ya que este no defendería militarmente nada).

¿Tuvo Dios que ver con esto?

La Providencia Divina, es un concepto que no solo designa a Dios mismo, sino que se refiere también al cuidado y protección que El brinda a sus criaturas. Es una noción revelada en la Sagrada Escritura. Por lo tanto irrenunciable para el pensador cristiano. En algunos textos del Antiguo Testamento se brinda con carácter de exclusión, al darle a Israel el rango de “pueblo elegido”. Pero el tono universalista de los profetas hablará de la misericordia de Dios para con el mundo. A Israel, sin embargo, están dadas ciertas promesas, que desde la perspectiva cristiana recoge san Pablo en el Nuevo Testamento: a)Israel no será destruido definitivamente (ya pasaron las destrucciones de la generación de Jesús (70 EC) y Masada (125 EC); b) su incredulidad sobre Cristo fue permitida por Dios para salvación de la humanidad (es decir, para quese convirtieran los paganos); c) sin embargo, eventualmente, se volverán hacia la fe cristiana. Reitero que es la interpretación cristiana de la historia judía.

Ahora bien, tanto el bien como el mal están mezclados en el mundo y no solo judíos y árabes sino todos los pueblos han sufrido por esa causa. Es la parábola del trigo y la cizaña mezclados, que Dios separará al final de los tiempos y que el gran filósofo francés Jacques Maritain ha elevado a categoría de reflexión filosófica. El mal crece en el mundo, pero no por causa de Dios, sino por nuestro mal uso del libre albedrío.

Con respecto al problema del mal debemos tener tres cuatro cosas claras a la luz del pensamiento cristiano: a) la maldad es incompatible filosófica y teológicamente, con la noción cristiana de Dios. La divinidad no hace el mal. El hombre es la causa del mal moral. b) ¿Pudiera caber un bien mayor, como consecuencia de los males desgraciadamente ocurridos? Quien sabe, porque también dependerá de la conducta del ser humano. Pero en teoría sí. Pues pudiera provocar una reflexión responsable de todos los actores de este drama, que lleve al fin de todos los conflictos (recordemos que esto no es una predicción necesaria) c) Los males que cometemos están previstos por el Creador (Dios los ve, pero no los desea) y puede mostrarlos anticipadamente a los hombres, por medio de la luz profética que ha iluminado el conocimiento de santos, profetas bíblicos y videntes seculares.

d) Sin embargo tales males no pueden estropear su Providencia. Nuestra posibilidad de optar por el bien o por el mal está concertada dentro de su plan porque El es Señor de la historia, a la que conduce a un destino superior.


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