Entre catástrofe y cataclismo
Las encuestas muestran que un alto porcentaje de ciudadanos apoya la idea de una represalia militar
Betty Brannan Jaén
WASHINGTON, D.C. - Uno comprende el fervor patriótico que predomina aquí, porque francamente, no es para menos. Ha sido un golpe mortal, la masacre de miles por el solo hecho de ser “americanos”; y la respuesta de ciudadanos ordinarios -lo único, en verdad, que pueden hacer- ha sido unirse en reafirmaciones de esa nacionalidad que los terroristas atacaron
Por lo menos en Washington y sus alrededores, no queda una sola bandera estadounidense a la venta, de ningún tamaño. Se han agotado en todas las tiendas.
Casi no hay una casa que no tenga la bandera enarbolada en frente, comercio que no tenga la suya a la entrada, o carro que no lleve la suya en la antena. Casi todo el mundo lleva una banderita en la solapa. Yo me pongo todos los días un “pin” de cuando trabajaba en Pan American Airways; tiene las banderas de Panamá y Estados Unidos en astas cruzadas sobre el logo de la ya desaparecida línea aérea (¿recuerdan la bola azul?). Le compré a mi esposo una corbata con banderas que se pone todos los días. Muchos andan con una cintita de rojo, blanco y azul en la solapa, y quien tenga una chaqueta, una bufanda, o un sombrero con motivos patrióticos, no deja de ponérselo.
Al principio me cruzó por la mente que todo esto pecaba de cursi, pero ya no pienso así. Veo que en cierto modo, uno lleva la bandera contra los terroristas como quien lleva una cruz para espantar a los vampiros, pero también he llegado a pensar que para ciudadanos ordinarios, este pequeño gesto ayuda a vencer la impotencia que sienten ante la enormidad de la herida que han sufrido como nación: miles de muertos. La Bolsa de Valores por el piso. La economía cayendo en espiral. Los símbolos mas tangibles de su poderío y prosperidad derrumbados. El orgullo nacional humillado. La tranquilidad nacional remplazada por un agobiante sentido de vulnerabilidad, tanto a nivel individual como nacional.
Por lo menos aquí en Washington, la situación oscila entre la catástrofe y el cataclismo. Los aeropuertos, vacíos. Los restaurantes, vacíos. Los hoteles, vacíos. Igual las tiendas, los salones de belleza, las floristerías, etcétera. En fin, están en graves dificultades todos los comercios que dependen del turismo y de que el público en general se sienta contento y próspero. A los pobres dueños y empleados de estos comercios solo les anima el anhelo de que la crisis resulte ser pasajera.
El “monotema”, como diríamos en Panamá, es cómo debe Estados Unidos responder a los ataques. Claro que hay quienes ventilan imbecilidades; pero en los programas de televisión y radio, así como en conversaciones privadas, me ha parecido asombroso el nivel de inteligencia con que los ciudadanos debaten el dilema. Las encuestas muestran que un alto porcentaje de ciudadanos apoya la idea de una represalia militar, pero yo no veo tanta uniformidad de criterio sobre el punto. La gente se pregunta si un golpe militar es lo más prudente, si debe ser masivo o limitado, si no castigará más a gente inocente que a los presuntos terroristas, si un país tan poderoso como Estados Unidos no debiera ser capaz de idear una respuesta de más altura, y si Estados Unidos puede ganar una guerra contra un enemigo despiadado e invisible. Me dejó fría un analista que opinó que la red de Osama bin Laden es, para los efectos prácticos, “un Vietcong global”. En otras palabras, planteó este, así como Estados Unidos no pudo derrotar al Vietcong, tampoco podrá derrotar a bin Laden.
Mientras tanto, los funcionarios estadounidenses, en especial el presidente Bush, se inflan de testosterona y hablan mucho de una “guerra” que será larga, dura, y distinta a las anteriores, pero dan pocos detalles. Los medios norteamericanos reportan que esto se debe a que los asesores de Bush no logran ponerse de acuerdo sobre lo que se debe hacer.
Mientras tanto, temo ser la única persona en Estados Unidos que encontró que el discurso de Bush el jueves en la noche estuvo simplista y sin contenido; me pareció un simple “pep talk” que apelaba a las emociones en vez de a la razón, y que ni siquiera tenía la virtud de ser de su propia autoría. No veo cómo un líder que no se atreve a presentarse ante su público sin un guión escrito por subalternos podrá llevarnos a la victoria en la guerra que se avecina. Ojalá me equivoque.
Corresponsal en Washington
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