Panamá, 23 de septiembre de 2001
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Terrorismo y neutralidad

Guillermo Sánchez Borbón

A raíz del espantoso atentado al WTC, algunos panameños, perdido por completo el sentido de las proporciones, pidieron a gritos que volvieran los gringos, i.e. que reinstalaran en nuestro suelo su bases militares para que nos protegieran (y protegieran el canal), fórmula ideal para convertir a Panamá automáticamente en blanco de los terroristas. Ninguna de esas personas nerviosas explicó cómo harían los gringos para evitar un ataque a nuestro país que no pudieron prevenir en el suyo. Por si no bastara, a los pocos días, Winston Spadafora declaró en Chiriquí que el canal estaba en peligro, porque en el extranjero siguen creyendo que el canal todavía pertenece a los norteamericanos. Esto no es cierto. Todos los países y armadores del mundo saben que ahora es nuestro. También lo saben los terroristas, una de cuyas principales armas es la información, como acaban de demostrarlo trágicamente en Nueva York y en Washington. No existe el menor peligro de que ninguna de estas fuerzas abrigue duda alguna acerca de quién es el verdadero propietario de la vía.

Antes de entrar en materia, deseo recordar algunos hechos elementales. El canal se construyó primordialmente por consideraciones estratégicas (los cuantiosos beneficios comerciales, que inspiraron tantos poemas malos y discursos floridos, ocuparon un lugar secundario, aunque muy importante, en la histórica decisión). Lo construyeron, y administraron hasta que fue entregado a Panamá, los militares, quienes establecieron en la llamada Zona del Canal no sólo un enclave colonial, sino una peculiarísima organización social. Hubo allí, hasta hace poco, un régimen comunista, que funcionó a las mil maravillas, porque lo administraba y subvencionaba el Departamento de Defensa. No creo necesario entrar en detalles; en el enclave nadie era dueño ni siquiera de los cubiertos de su casa; en compensación, los zonians estaban protegidos de todas las contingencias desagradables de la vida. Esto contribuyó, tanto como cualquier otro factor, a crear la mentalidad del zonian, interesantísimo fenómeno que ninguno de nuestros sociólogos se ha tomado la molestia de estudiar. Los zonians eran seres privilegiados y extraños: nunca se sintieron panameños, desde luego, pero tampoco se sentían plenamente estadounidenses. Desde que fueron rudamente expulsados de su paraíso por la serpiente de Carter, viven en Florida (donde el clima es tan parecido al nuestro), en comunidades cerradas; aislados de los natives, se la pasan hablando del buen tiempo de antaño. Algunos no dan más de nostalgia, y vienen a vivir en Panamá. Otros vuelven en calidad de turistas a recorrer sus viejos dominios, seguramente añorando su inocencia perdida.

En fin, sigamos con nuestro tema. La causa inmediata del canal fue la guerra hispano-estadounidense de 1898. Teodoro Roosevelt comprendió que era cuestión de vida o muerte para su nación acortar las distancias a fin de poder movilizar, de un océano al otro, en caso necesario, sus barcos de guerra con la mayor rapidez posible.

Durante muchos años el canal fue, desde el punto de vista militar, decisivo. Gracias a él, Estados Unidos pudo luchar simultáneamente en los teatros Pacífico y europeo de la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses lo sabían. Después de la guerra se reveló que estuvieron dudando si atacar Pearl Harbor o el Canal de Panamá (cómo se las arreglan los pueblos para adivinar hasta los mayores secretos, es un misterio que nunca he podido descifrar: la noche del 7 de diciembre del 41 se corrió la voz de que los japoneses venían a bombardearnos). Muchos creen que el ataque al canal hubiera constituido un golpe demoledor, del que Estados Unidos habría tardado mucho más tiempo en reponerse. Los japoneses renunciaron a atacarnos, por las enormes distancias y el consiguiente peligro de que los barcos, aviones y submarinos gringos los detectaran antes de haber alcanzado la distancia de vuelo para hacernos papilla. Repito: el canal fue decisivo durante la Segunda Guerra Mundial. Los que tenemos edad para ello, recordamos que nuestras dos ciudades terminales bullían continuamente de soldados y marineros norteamericanos que se dirigían al frente del Pacífico o que volvían de él (sin contar los barcos que regresaban a su país cargados de cadáveres).


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