Oradores panameños de ayer
Jorge Conte Porras
Escribo este artículo a propósito de una crónica de Guillermo Sánchez Borbón en torno a los líderes panameños y su estilo de oratoria.
Arnold Toynbee nos habla en extenso del fenómeno social del líder en la historia, destacando su capacidad para provocar la cohesión espiritual de una comunidad, de un pueblo, de un grupo social.
El nos señala la importancia que ha tenido en todo momento la capacidad de los diferentes líderes para comunicarse con su grupo, identificando en cada oportunidad los tipos de oratoria tradicionales desde la Grecia clásica hasta nuestro mundo contemporáneo del siglo XIX.
Para Toynbee, en un período en que los medios de comunicación no habían alcanzado el desarrollo tecnológico de nuestro tiempo, las arengas y los discursos cumplieron un importante papel en las grandes luchas sociales de todos los tiempos.
Sin extendernos en la historia de hispanoamérica desde los inicios del siglo XIX, cuando los revolucionarios de la gesta de la emancipación entrenan su capacidad de comunicación con las masas a través de los cabildos populares, puedo apelar a nuestros ejemplos clásicos. Podemos referirnos a tres ejemplos de nuestra historia parroquial, de la que existen abundantes testimonios.
Pablo Arosemena, a quien decían “pico de oro”, tenía una voz estentórea muy bien timbrada. Buenaventura Correoso, Mateo Iturralde y Arosemena se lucieron no pocas veces en el Senado colombiano. Los mejores discursos de Pablo Arosemena han quedado escritos, y es él quien nos habla con admiración de Gil Colunge, el “maestro”, cuyas clases demostraban una gran erudición, causando un gran impacto en el escenario.
Fue Buenaventura Correoso quien se estrenó en el Cabildo, convirtiéndolos en una permanente institución de la fiscalización de la conducta de nuestros gobernantes. El convirtió la Plaza de Santa Ana en el estrado natural de todas las concentraciones populares del siglo XIX, manteniéndose como lugar para las concentraciones populares hasta mediados del siglo XX.
Correoso desarrolló un tipo de oratoria muy original a base de chistes, anécdotas, alusiones personales y bromas, involucrando de manera frecuente en sus intervenciones públicas a quienes le escuchaban. Más que un discurso, lo que hacia Correoso era una charla colectiva con muchas interrupciones del auditorio.
Hemos oído decir que Mateo Iturralde era un orador extraordinario, pero cuyas intervenciones eran siempre breves, desarrollando una sola idea. Era un tributo fogoso; y en momentos de crisis, casi siempre violento.
El siglo XX o período republicano, resulta ser más complejo; pero abundan los testimonios de muchos de los que escucharon a los oradores de ese tiempo.
En innumerables oportunidades escuchamos a Demetrio Augusto Porras, que era un gran orador; su padre, Belisario Porras, demostró siempre tener la facilidad de improvisar ante el auditorio con gran habilidad. Sabía ubicarse en cada oportunidad y frecuentemente usaba el estilo creado por su maestro, Buenaventura Correoso. De igual manera, y de ello existen testimonios, cuando la oportunidad lo exigía, era un buen orado con una voz muy bien timbrada.
De nuestros mayores hemos escuchado que de las primeras décadas de la República, el mejor orador fue siempre Ramón Maximiliano Valdés, a quien comparaban en su oratoria clásica con Pablo Arosemena.
Recordamos haber escuchado como oradores extraordinarios a Octavio Méndez Pereira, a Manuel Celestino González “Gonzalitos”, José Isaac Fábrega y Carlos Iván Zúñiga. De igual manera recordamos otros políticos, algunos muy inteligentes como Ernesto de la Guardia y Enrique Adolfo Jiménez, que jamás tuvieron la capacidad para lucirse en una tribuna pública.
Todos sabemos que Arnulfo Arias jamás fue buen orador; básicamente a consecuencia de haber sido víctima de un asalto a mano armada, cuyos disparos le afectaron las cuerdas vocales.
En cuanto a Omar Torrijos -al que solo escuchamos con discursos leídos para efectos oficiales-, personas que le escucharon señalan que intentó calcar la oratoria que hizo tan popular en el pasado Buenaventura Correoso.
El autor es historiador
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