Panamá, 19 de septiembre de 2001
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Entre las llamas de una fe delirante

Solamente hombres totalmente entregados a una fe delirante ofrendan sus vidas en un atentado que incluye la auto-destrucción

Ernesto Endara

Sentado a los controles del esbelto y poderoso Boeing 767, el piloto-secuestrador, sin permitir en su rostro la menor señal de nerviosismo, hizo girar el aparato unos cuantos grados a babor y lo enfiló directamente hacia el punto que había escogido para estrellarlo contra la torre sur del World Trade Center. Llevó el acelerador de los motores al máximo y la mole volante alcanzó los novecientos cincuenta kilómetros por hora. Estoy seguro de que ni siquiera pestañeó durante el impacto, y que su cabeza, arrancada por los vidrios del parabrisas, antes de ser pulverizada por el cemento, el hierro y la velocidad, mantuvo los ojos abiertos durante un nanosegundo, en el que pudo contemplar el verdadero desierto de su alma. Pero, ¿quién es este hombre? ¿y quiénes sus secuaces? De seguro no son hombres normales como tú o como yo, que apenas si lucimos unas cuantas ñamerías intrascendentes. Ellos son los “elegidos”, o tal vez deba llamarlos “iluminados”. Solamente hombres totalmente entregados a una fe delirante ofrendan sus vidas en un atentado que incluye la auto-destrucción, y que acabará con la existencia de miles de inocentes. Imposible llamarlos mártires pues ellos no padecieron terribles tormentos. La muerte les cayó, igual que a sus víctimas, de un porrazo, fue como un rayo; además, la palabra mártir evoca un aceptado suplicio, una manera mansa de recibir cualquiera de las muertes que puede ofrecer la canalla humana. No se les puede llamar héroes porque, si bien fueron los actores principales de una tragedia, su participación fue infame ya que mataron a sus inocentes “enemigos” con premeditación, saña, ventaja y alevosía.

A mi entender, el vocablo iluminado” es el que mejor define a los terroristas del World Trade Center. Son fundamentalistas que retuercen su religión hasta convertirla en una soldadura. Así, bañados en una luz prohibida al ojo humano, se purifican, y con la misma temperatura del metal en fundición, derriten la magia del pensamiento, vaporizan la razón, y en un acto de fe imponderable, hacen desaparecer cualquier vestigio de entendimiento.

Detrás de estos “iluminados” están los otros, los que no dan la cara, los que cobran algo, ya sea en efectivo o en la obscena moneda del gozo sádico. Hay dos clases de terroristas: el que muere matando y el que mata y escapa (como el que deja una bomba en un cine y no se queda a ver el final macabro).

Para mí que hubo cerebros internacionales en la organización y planificación del terrible acto. Los terroristas, de por sí, no son de inteligencia notable. Un punto arriba de la inteligencia común te aleja de la mayor estupidez humana cual es la de atentar contra tu vida no porque sufras sino para matar y así aspirar a un paraíso de placeres sin fin.

¡Qué vida tan penosa deben arrastrar en este mundo para desear abandonarlo tan atrozmente!

Platicando con mi amigo Tito Piedra sobre los hombres que se alimentan con la muerte le dije: ”Probablemente el piloto (ambos pilotos suicidas), unos segundos antes del choque pensaron: 'esta noche cenaré filete de dromedario con el Profeta y luego yaceré con las diecisiete huríes que merezco por este acto glorioso'. También dije a mi amigo que no aceptaré como descargo para los culpables lo que ya comienzan a vocear los irreconciliables enemigos de E.U.: que son los errores del gobierno americano lo que impulsa a estos fanáticos. De allí a declarar que las mismas víctimas provocaron su muerte es un solo paso. Lástima que mi amigo no pareció muy de acuerdo conmigo.

Este fue un septiembre más negro que el de 1972. Apenas ocho días separan las fechas luctuosas. En aquel tres de septiembre, los terroristas palestinos buscaban la notoriedad para consolidar su movimiento de liberación. Consiguieron la notoriedad, pero no la consolidación. En el 2001, los terroristas (que a estas alturas no se sabe a quién obedecían), caen en el mismo error: quieren asustar y en realidad vigorizan el valor de sus contrarios, quieren desvalorizar y le sacan brillo al oro ajeno, quieren ser noticia y son repudiados por la mundo... pero como el mundo es redondo, siempre habrá quien los defienda.

El terrorista ondea su bandera sólo como pretexto. Se me antoja que en realidad lo que los mueve es su incondicional entrega a la necrofilia. Son los seguidores ciegos y cojitrancos del lastimosamente célebre general Millán, aquel español franquista que exclamaba sin pudor: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Fíjese usted, aquí está más clarito que el agua de la tinaja: el que desprecia la inteligencia, ama a la muerte. Con razón afirma Erich Fromm: “El amor a la muerte en medio de la vida es la perversión más esencial” para luego concluir: “Carecen de esa alegría de vivir que es necesaria para oponerse enérgicamente a la guerra”.

Me produce una gran congoja el pensar en las horas-vidas que de un sólo golpe robaron estos terroristas. Cuántos besos y cuántos abrazos, cuántas palabras, cuántos paseos, cuántos amaneceres, cuántos errores y cuántos aciertos. Sí, son ladrones porque robaron miles de años y miles de sueños. Esto habrá que calcularlo algún día, quizá en los tribunales del futuro, cuando el tiempo sea reconocido como la verdadera joya de la vida.

El autor es escritor

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