La realidad que supera la ficción
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Vorágine, caos y hasta Apocalipsis son los
términos relacionados con los pensamientos que más de uno tuvimos
el fatídico martes 11 de septiembre. Pensamientos y también emociones
nunca experimentados hasta entonces más que al contemplar en el
cine o televisión películas de guerra o terrorismo.
Y es que cuando parecía que nada más podía
sorprendernos, cuando las cuotas de agresión y violencia (tanto
de los filmes, los programas televisivos o, lo que es peor, de las
noticias cotidianas de los medios de comunicación), superaban lo
soportable por cualquier persona sensata, las imágenes impactantes
de aquel día arrancaron de cuajo la creencia inocente de que todo
lo malo es parte del pasado o de la ficción.
La tecnología de punta de las últimas décadas
o todos los avances técnicos y médicos (que suponen de alguna forma
el progreso de la humanidad) no sólo son ineficaces como antídoto
contra el poder destructivo de las personas, sino que parecen en
cierto modo servirle de empuje. La naturaleza más salvaje del hombre,
si bien no se sirve ya de los caballos, sino de los aviones, vuelve
a resurgir, aunque esta vez en la vida real.
Abierto está, cosa que era de esperarse,
el debate en torno a estos temas. Quizás muy centrado, dada las
circunstancias (no son anónimas las víctimas y mucho menos actores
en escena) y la cercanía, en los hechos concretos. ¿Quién?, ¿cuándo?,
¿dónde?, se preguntan los espectadores, los políticos o los periodistas.
Contestarlas supondría salir de la incertidumbre ante un futuro
incierto que en el mejor de los casos no empeoraría una situación
que ya ha sido catastrófica. Y cuanto más pronto se resuelvan estas
incógnitas, mejor (o quizás peor) para todos.
Mientras tanto, otros analistas van mucho
más allá. Cansados del morbo que despertaron escenas como la de
un hombre arrojándose de una de las torres, y preocupados por causas
más profundas, nos expusieron las hipótesis relacionadas más que
nada con el por qué. Brillantes estuvieron algunos.
Recuerdo en este sentido las palabras de
un profesor panameño experto en derecho internacional. El expuso,
sin justificar de ningún modo, la animadversión que la política
exterior norteamericana, causaba en muchas personas. Personas cansadas
de los regímenes neoliberales que han impuesto los gobernantes de
aquella nación, los efectos de sus concepciones mercantilistas o
de sus movidas imperialistas, y su papel como supuestos policías
del mundo (y digo supuestos porque defienden a la víctima en la
medida en que puedan sacar provecho del asunto).
Probablemente mucha razón tengan sus afirmaciones.
De hecho conozco a muchas personas que sin duda creen que todo esto
es cierto. Ahora bien, a ellas no se les ocurre organizar todo un
tinglado como el de aquel día en que cientos de miles de personas
perdieron sus vidas. O mucho menos participar tan directamente (pese
a las esperadas consecuencias) como hicieron los “kamikazes” que
pilotearon los aviones. Hacerlo supondría atentar contra la dignidad
humana o lo que parece más inverosímil, ir en contra de todo instinto
de conservación (por más que unas ideas religiosas promulguen el
suicidio).
Así pues, hay algo más que se esconde tras
estos móviles o cualquier otro que tenga que ver con intereses políticos
o económicos. Maldad le llamarían unos; fanatismo, otros. Y no se
equivocarían, aunque yo apuntaría otros términos más: la perversión
patológica, la locura del psicópata y del psicótico, las alucinaciones
propias de una personalidad totalmente desestructurada. Porque la
creencia de que Estados Unidos ha metido mucho la pata a lo largo
de la historia es muy distinta a la percepción sensorial a través
de la cual se vislumbra a esta potencia como el demonio viviente.
Pero no un demonio metafóricamente hablando, sino uno con cabeza
y cola.
Y es que total falta de criterio de la realidad
es lo que impera en la mente de un terrorista. Porque si bien es
cierto que para algún cabecilla el fundamento de su odio deriva
no precisamente de una ilusión sino de una causa real (como la derivada
del resentimiento por el apoyo incondicional a Israel), los detonantes
finales que promueven una barbarie como la de la semana pasada son
otros.
Unas fuertes tendencias agresivas, estrechez
de ideas y altas dosis de sadismo (elevados a altas potencias muchas
veces por métodos de lavado de cerebro) son algunos de los rasgos
de carácter que hay que tomar en cuenta a la hora de explicar no
sólo atrocidades como aquella, sino de muchas otras que aún están
por venir. De ahí que el perfil de un experto en infundir pánico
y miedo no puede estar exento de consideraciones psiquiátricas.
Tener conocimiento de las implicaciones de
esto podría ser de gran utilidad a la hora de prevenir y enfrentar
situaciones tan paroxísticas como las que estamos viviendo. De momento
sólo nos queda esperar a que, como en todas las películas, llegue
el momento en que aparezca la palabra Fin.
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