Panamá, 18 de septiembre de 2001
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La realidad que supera la ficción

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Vorágine, caos y hasta Apocalipsis son los términos relacionados con los pensamientos que más de uno tuvimos el fatídico martes 11 de septiembre. Pensamientos y también emociones nunca experimentados hasta entonces más que al contemplar en el cine o televisión películas de guerra o terrorismo.

Y es que cuando parecía que nada más podía sorprendernos, cuando las cuotas de agresión y violencia (tanto de los filmes, los programas televisivos o, lo que es peor, de las noticias cotidianas de los medios de comunicación), superaban lo soportable por cualquier persona sensata, las imágenes impactantes de aquel día arrancaron de cuajo la creencia inocente de que todo lo malo es parte del pasado o de la ficción.

La tecnología de punta de las últimas décadas o todos los avances técnicos y médicos (que suponen de alguna forma el progreso de la humanidad) no sólo son ineficaces como antídoto contra el poder destructivo de las personas, sino que parecen en cierto modo servirle de empuje. La naturaleza más salvaje del hombre, si bien no se sirve ya de los caballos, sino de los aviones, vuelve a resurgir, aunque esta vez en la vida real.

Abierto está, cosa que era de esperarse, el debate en torno a estos temas. Quizás muy centrado, dada las circunstancias (no son anónimas las víctimas y mucho menos actores en escena) y la cercanía, en los hechos concretos. ¿Quién?, ¿cuándo?, ¿dónde?, se preguntan los espectadores, los políticos o los periodistas. Contestarlas supondría salir de la incertidumbre ante un futuro incierto que en el mejor de los casos no empeoraría una situación que ya ha sido catastrófica. Y cuanto más pronto se resuelvan estas incógnitas, mejor (o quizás peor) para todos.

Mientras tanto, otros analistas van mucho más allá. Cansados del morbo que despertaron escenas como la de un hombre arrojándose de una de las torres, y preocupados por causas más profundas, nos expusieron las hipótesis relacionadas más que nada con el por qué. Brillantes estuvieron algunos.

Recuerdo en este sentido las palabras de un profesor panameño experto en derecho internacional. El expuso, sin justificar de ningún modo, la animadversión que la política exterior norteamericana, causaba en muchas personas. Personas cansadas de los regímenes neoliberales que han impuesto los gobernantes de aquella nación, los efectos de sus concepciones mercantilistas o de sus movidas imperialistas, y su papel como supuestos policías del mundo (y digo supuestos porque defienden a la víctima en la medida en que puedan sacar provecho del asunto).

Probablemente mucha razón tengan sus afirmaciones. De hecho conozco a muchas personas que sin duda creen que todo esto es cierto. Ahora bien, a ellas no se les ocurre organizar todo un tinglado como el de aquel día en que cientos de miles de personas perdieron sus vidas. O mucho menos participar tan directamente (pese a las esperadas consecuencias) como hicieron los “kamikazes” que pilotearon los aviones. Hacerlo supondría atentar contra la dignidad humana o lo que parece más inverosímil, ir en contra de todo instinto de conservación (por más que unas ideas religiosas promulguen el suicidio).

Así pues, hay algo más que se esconde tras estos móviles o cualquier otro que tenga que ver con intereses políticos o económicos. Maldad le llamarían unos; fanatismo, otros. Y no se equivocarían, aunque yo apuntaría otros términos más: la perversión patológica, la locura del psicópata y del psicótico, las alucinaciones propias de una personalidad totalmente desestructurada. Porque la creencia de que Estados Unidos ha metido mucho la pata a lo largo de la historia es muy distinta a la percepción sensorial a través de la cual se vislumbra a esta potencia como el demonio viviente. Pero no un demonio metafóricamente hablando, sino uno con cabeza y cola.

Y es que total falta de criterio de la realidad es lo que impera en la mente de un terrorista. Porque si bien es cierto que para algún cabecilla el fundamento de su odio deriva no precisamente de una ilusión sino de una causa real (como la derivada del resentimiento por el apoyo incondicional a Israel), los detonantes finales que promueven una barbarie como la de la semana pasada son otros.

Unas fuertes tendencias agresivas, estrechez de ideas y altas dosis de sadismo (elevados a altas potencias muchas veces por métodos de lavado de cerebro) son algunos de los rasgos de carácter que hay que tomar en cuenta a la hora de explicar no sólo atrocidades como aquella, sino de muchas otras que aún están por venir. De ahí que el perfil de un experto en infundir pánico y miedo no puede estar exento de consideraciones psiquiátricas.

Tener conocimiento de las implicaciones de esto podría ser de gran utilidad a la hora de prevenir y enfrentar situaciones tan paroxísticas como las que estamos viviendo. De momento sólo nos queda esperar a que, como en todas las películas, llegue el momento en que aparezca la palabra Fin.


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