La demora de la caballería
El 11 de septiembre se derrumbó la confianza un tanto ingenua que el estadounidense tenía en sus instituciones
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Una bandera es un símbolo patrio, no nos cabe duda, pero la bandera estadounidense que ahora ondea en manos de niños y adultos por doquier en Estados Unidos, puede convertirse en el símbolo de la inconsciencia.
Según las encuestas difundidas por los medios informativos, casi el 90% de la población está de acuerdo en que al gobierno de Bush no le queda otra que declarar la guerra a un enemigo sin rostro pero de acciones contundentes. Y lo trágico es que no solo está de acuerdo, sino que lo incita a ello con fervor, con entusiasmo y con fe, en un intento quizá de conjurar (y ocultar en el regusto de la venganza) el horror que le ha producido el derrumbe de sus torres gemelas y el ataque a su Pentágono. Es decir, el horror que le ha producido al pueblo norteamericano saberse vulnerable.
El estadounidense medio está poco acostumbrado a las agresiones externas. Está acostumbrado, eso sí, a que su ejército agreda a otros en nombre de causas diversas, y a que su Gobierno ande por el orbe desfaciendo entuertos y no precisamente en nombre de la justicia.
Los ciudadanos de a pie, banderita en mano, que expresan ante las cámaras la necesidad de la guerra, me recuerdan un pasaje de Lo que el viento se llevó narrado por su autora con una pizca de sarcasmo. En un sarao que tiene lugar en Doce Robles, la sólida plantación de algodón de los Wilkes, los caballeros del sur se enteran de que ya la guerra con el norte es inevitable, y henchidos de patriotismo y de honor más que provistos de armas y de estrategia, se aprestan a la batalla convencidos de que la razón está de su parte y de que esa razón, por sí misma, los llevará a la victoria. La derrota no les hubiera sido tan dura si no fuera porque representó el despertar de un plácido sueño y el fin de un estilo de vida.
Mucho me temo que la misma inconsciencia anime ahora a la guerra a un pueblo que se creía el ombligo del mundo y que, herido en su orgullo, no se permitió mirar para dentro y reflexionar sobre los desaciertos de sus intervenciones en el planeta. Y eso es lo que hace suponer que el 11 de septiembre fue el principio del fin de un sueño: no solo se derrumbó Nueva York sino la confianza cándida y un tanto ingenua que el ciudadano norteamericano tenía en sus instituciones. Lástima que esta cruda verdad intente ahogarla en el ruido que produce el clamor de guerra.
Si el pasado martes el mundo entero se sobrecogió con lo sucedido, una semana después, aun lamentando desde el fondo del alma la muerte de tanto inocente que no tuvo arte ni parte en los desaciertos políticos, y aun creyendo con firmeza en la necesidad de erradicar el terrorismo, los países solidarios empiezan también a preguntarse a dónde puede llevarlos la demagogia de George W. Bush y el renacido patriotismo de sus paisanos: “Llamo a todos los que tienen uniforme a estar listos. América hará lo que sea necesario”, dijo el mandatario adueñándose del nombre del continente. (¿Sabrá él en verdad lo que es América?). Pero por fortuna Chirac ha sido claro: “Elegimos la solidaridad. Pero eso no significa que ahora firmemos un cheque en blanco” , y el ministro de Defensa alemán, Rudolf Scharping , puntualiza: “No estamos ante una guerra. Estamos ante la pregunta de cuál es la respuesta apropiada, y no debe ser en el sentido de venganza o desquite”.
Y más vale que así sea. Porque tal vez la respuesta apropiada no consista en un ataque, sino en estirpar las causas que dieron lugar en un principio a las guerrillas y al terrorismo: la arbitrariedad, la pobreza, el racismo y la primacía de los intereses políticos y económicos sobre las demandas de justicia.
Pero es ya un poco tarde para recoger la leche derramada. Está por ver si Estados Unidos entiende que “su” tragedia no es mayor que las tragedias que se viven a diario en Colombia o Palestina, por ejemplo, donde lo cotidiano es la muerte, el atropello y la violencia. Aunque eso sí, debemos admitir que ha sido más espectacular, y que los terroristas han utilizado (ironía de ironías, castigo de castigos) la misma vistosidad a que nos tiene acostumbrados Hollywood. Solo de pensarlo la sangre se hiela en las venas.
En la cadena Telemundo, en uno de esos espacios de relleno entre repetición y repetición, supuestos y equivocaciones con que nos ha torturado estos días, explicaba una sicóloga cuál era el mejor modo de asistir a la población para evitar los traumas que pueden derivarse de sucesos como este. Hablaba, entre otras cosas, de que tras la primera impresión, las respuestas emocionales disminuyen, respuestas que solo pueden recuperarse con un buen tratamiento.
Y de repente entendí: ese rostro inexpresivo y triste de tanto niño, de tanto joven y de tanto adulto de El Salvador, de Guatemala o de Nicaragua se debe a que aún no se han recuperado del trauma causado por guerras civiles en las que Estados Unidos no estuvo exactamente de su lado.
El terrorismo ha entrado de lleno en la casa del coloso y la caballería no llegó a tiempo para el rescate. Quieran Dios y Alá que su patriotismo lastimado no nos conduzca a todos al despeñadero. Sería imperdonable.
La autora es correctora de La Prensa
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