¿Guerra entre el bien y el mal?
Luis Arocena
La frase, no muy feliz por cierto, es del presidente Bush: “esa será una lucha monumental entre el bien y el mal, pero el bien prevalecerá”.
Siento que se nos quiere llevar a la ideologizada simplicidad de las películas del Far West: colonos buenos contra indios malos; ganaderos buenos contra cuatreros, o sheriffs contra pistoleros malos. La cosa no es tán simple. Por lo menos tuvo la delicadeza de no hablar de buenos y malos, sino del bien y del mal.
La ventaja de haber alcanzado el promedio de las expectativas de vida en el mundo “desarrollado” es que se acumulan tantas experiencias que, a no ser que pequemos de ingenuos, nadie nos puede dar “atolillo con el dedo”.
Fui testigo cercano, en aquel lejano 1937, de la tragedia que inmortalizó Pablo Picaso con su cuadro testimonial: “Guernica”. Con imprudencia juvenil, llegué a jugar con las bombas no explotadas. Fui testigo, por primera vez en mi vida, de una masacre sin sentido. Mi sensibilidad humana vivió una primera experiencia amarga. Sin duda, algo murió en mi vida... de niño.
En diciembre del 41, concretamente el siete, mi sensibilidad de adolescente sufrió una nueva herida. El cobarde y traicionero ataque en Pearl Harbour. Mi alma de adolescente purista, no consiguió digerir “las razones justificativas” del hecho.
En agosto del 45 —ya me afeitaba el embrión del bigote— concretamente el seis, la dantesca imagen de Hiroshima, y el nueve, de Nagasasaki, dividió al mundo: mientras Japón lloraba sus muertos y los aliados celebraban la masacre, los humanistas, estupefactos, no salían de su asombro ante el apocalíptico arrasamiento de humanos y ciudades. De nada nos sirvieron las justificaciones, como siempre, ideologizadas. ¡No era posible!
Ya en mi edad adulta, madura por 43 años de vida en el trópico americano, he sido testigo interesado de las masacres que se han ido sucediendo a lo largo y ancho de nuestra Amerindia: México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Santo Domingo y Grenada en el Caribe, Panamá, Cono Sur de Sudamérica, etc., etc... me hacen dudar de que se pueda dividir el mundo entre buenos y malos.
La experiencia de una larga vida se me resiste a aceptar algo tan simple y manipulado como “guerra o enfrentamientos entre civilizaciones”. Sería inteligente repasar la historia, la geografía universal, los acontecimientos, genocidios, holocaustos, guerras sucias e intereses en juego... para ser un poco más cautos y prudentes a la hora de emitir juicios. Entre paréntesis, ni los pueblos musulmanes, ni los integristas islámicos, ni los llamados “terroristas” han sido los únicos protagonistas de las “vergüenzas históricas” que el hombre debe saber asumir con responsabilidad.
Se me ocurren varias preguntas que habría que discutirlas en diálogo respetuoso:
— ¿Ocurre el terrorismo únicamente en el campo político? ¿No habría que buscar todas las dimensiones de un terrorismo integral?
— ¿Por qué, en la mayoría de los casos, aparecen como protagonistas los mismos grupos y los mismos intereses?
- ¿Quién preparó al supuesto sindicado Osama Bin Laden para que llegase a ser un “monstruoso” productor de crímenes de “lesa humanidad”?
- ¿Cuáles son los motivos para que los supuestos terroristas vivan tal estado de crispación, que les lleve hasta la difícil oblación de sus vidas?
Estas y otras preguntas deben ser el principio de una reflexión universal. Las crispaciones y las prepotencias nunca han sido buenas consejeras. Hablar de “castigar con todos los medios” a personas o países, no parece muy humano.
La ONU ha puesto un toque de sentido común: no habla de condenas, sino de enjuiciamientos y responsabilidades. Parece lo más cuerdo y sensato.
Así como viví las tragedias de Guernica, Pearl Harbour, Hiroshima y Nagasaki, el Holocausto, América Latina, Asia, etc., así me siento dolido y crispado —como si todo no pasase de ser una pesadilla—, ante el condenable hecho de miles de inocentes humanos con sus vidas segadas sin ningún sentido o sensibilidad humana. Donde un humano muere, muere algo de mí.
El autor es sacerdote católico
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