Vamos a contar mentiras
Karen Wright
De Discover Magazine
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El instituto también esta explorando tecnologías que permiten detectar mentiras por inflexiones, tonos y vibraciones de la voz.
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Estas son las instrucciones para una serie bastante extraña de experimentos en la universidad de Carolina del Sur:
Gary Hill, un estudiante graduado, puede ser expulsado de la institución si no pasa el próximo examen.
La doctora Delicta, su profesora, guarda preguntas de los exámenes en un archivador de su oficina, situada en el 341-F del Aula Barnwell.
Lo que debe hacer Hill es robar una copia de las preguntas del examen y entregarla a uno de sus cómplices.
Luego que los participantes en el experimento incursionan en la “oficina” de Posie Delicta –un personaje ficticio– se los interroga acerca de los detalles de su crimen. Previamente, se les ha recomendado brindar falsas respuestas, en tanto la psicóloga Jennifer Vendemia examina sus ondas cerebrales con la ayuda de 128 electrodos conectados a su rostro y cuero cabelludo.
“Para decir una mentira, un ser humano debe pensar”, explica Vendemia.
“Estamos midiendo el proceso que involucra una mentira”.
Vendemia pertenece a un grupo de investigadores universitarios y del gobierno que intentan obtener progresos en la tecnología de la detección de mentiras.
En la actualidad, el detector de mentiras más difundido es el polígrafo, un aparato que examina el pulso, la presión sanguínea, la respiración y el sudor para detectar signos de perturbación emocional que marcarían respuestas falsas. Al menos en Estados Unidos, el polígrafo es usado en investigaciones de crímenes y como método para contratar empleados en oficinas del Gobierno.
Pero la reputación del polígrafo ha estado en duda por preocupaciones sobre su certeza y denuncias de que invade la vida íntima de una persona.
Alrededor de la mitad de los estados norteamericanos han dictaminado que los resultados de los polígrafos no pueden ser aceptados en un tribunal.
Funcionarios que trabajan para agencias de seguridad nacional son los más interesados en encontrar aparatos capaces de sustituir el polígrafo. En los dos últimos años, el departamento de Defensa ha acrecentado las investigaciones sobre tecnologías alternativas a través de estudios coordinados por su Instituto Poligráfico en Fort Jackson, Carolina del Sur.
Las investigaciones de Vendemia sobre las ondas cerebrales forman parte de ese proyecto. En estudios preliminares ha encontrado diferencias entre las ondas cerebrales que preceden a una mentira y aquellas que preceden a la narración de la verdad. Esas ondas cerebrales “revelan el aspecto puramente cognitivo del engaño”, dice Vendemia. “Hemos eliminado completamente el componente emocional”.
La decisión de Vendemia de concentrarse en pensamientos en lugar de sentimientos es un intento por eludir el principal defecto de quienes manejan un polígrafo: su certidumbre de que el examinado será traicionado por sus emociones.
La tecnología de los polígrafos se basa en la premisa de que hay una carga emocional en las mentiras, y que eso causa cambios físicos involuntarios. Pero la acusación y el interrogatorio pueden generar emociones tanto en el culpable como en el inocente. Han existido muchos casos en que una persona honesta ha fallado al ser sometido a un detector de mentiras. Y eso se acrecienta cuando gran cantidad de ciudadanos comunes son sometidos al detector a fin de capturar a algunos de los embusteros.
Un ejemplo es el caso de una persona sometida al polígrafo como condición para aspirar a un empleo.
“Es muy difícil descubrir a una persona confiable que se halla bajo sospecha y está asustada”, dice Paul Ekman, un psicólogo de la Universidad de California en San Francisco que se especializa en los signos conductistas del engaño.
Andrew Ryan, jefe de investigaciones del instituto del Pentágono, dice que es necesario contar con instrumentos mas adecuados, a fin de detectar casos de espionaje. “Si no logramos descubrir a los culpables”, dice, “el costo puede ser imposible de calcular”.
Ryan dice que su propósito no es reemplazar el polígrafo, sino refinar su mecanismo o añadirle otros. Por ejemplo, actualmente trabaja conjuntamente con el Laboratorio de Física Aplicada de la universidad Johns Hopkins, a fin de desarrollar programas de computadora capaces de detectar sutiles variaciones en la retroalimentación.
“Las computadoras nos ayudarán a recolectar datos que los seres humanos
no pueden ver”, dice.
El instituto también está explorando tecnologías que permiten detectar mentiras por inflexiones, tonos y vibraciones de la voz. Temblores musculares podrían brindar claves sobre posibles engaños.
Otros indicios posibles son las características del flujo sanguíneo, evidente en la medición de la temperatura de la superficie de la piel. Un reciente estudio en que se usó cámaras que registran diferencias de temperatura identificó a mentirosos con una precisión del 78%.
“Eso resulta bastante notable”, dice Ryan, “teniendo en cuenta que la cámara usa apenas un canal, en tanto el polígrafo emplea múltiples
canales”.
Pero Ryan y otros expertos señalan que es difícil determinar la precisión de cualquier método de detección de mentiras porque es imposible realizar estudios con embusteros reales.
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