Panamá, 17 de septiembre de 2001
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Ultimátum de EU cae en polvorín del Mundo Arabe

ROMA, Italia (ANSA). –El mundo árabe y musulmán vive horas de tensión a la espera de la eventual represalia militar estadounidense contra las bases terroristas y los países que las hospedan, pero cualquiera sea esa respuesta, la mayoría de los regímenes enfrentarán graves problemas.

El Afganistán de los Talibán es el primero de los países en la mira. Si los estudiantes coránicos se apuraron en lanzar una guerra contra Estados Unidos a nivel planetario o a amenazar a quien los ayude, es porque su régimen está hoy peligrando en varios frentes.

No solo temen la represalia norteamericana, sino también la de los países limítrofes, en primer lugar Irán.

Ya en 1998 el régimen de los ayatolá (que definió “bárbaros” a los talibán) agrupó tropas en la frontera tras la masacre perpetuada por los talibán contra los hazara, etnia afgana chiíta.

Además, la muerte del comandante antitalibán Ahmmad Shah Massud, único capaz de ofrecer resistencia, también aumenta la tensión en la frontera norte con Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán, países que hospedan a los opositores afganos.

Los países limítrofes y las etnias que se oponen a los talibán dentro del país (tayikos, uzbekos y hazaros) podrían aprovechar el ataque externo para tratar de derrotar al régimen.

Los talibán son de etnia pashtun, la misma a la que pertenece un tercio de la población paquistaní, motivo que crea un “vínculo de sangre” entre los dos países.

Los gobernantes de Paquistán tuvieron siempre bajo control a los talibán para evitar que se creara un movimiento de liberación del Pashtunistán unido.

Todo eso convierte al actual presidente paquistaní, general Pervez Musharraf, en el hombre más comprometido de Medio Oriente.

Por vieja alianza con Estados Unidos no pudo evitar de apoyar al presidente Bush, pero sabe muy bien que cerrar la frontera con Afganistán y dejar de abastecerlo de armas, carburante y víveres y retirar a su consejeros de Kabul, significaría llevar la guerra a su casa, enfrentando la ira de los Pashtun paquistaníes y de todas las asociaciones islámicas e islamitas radicales que viven bajo su amparo.

Otro gobernante en difícil situación es el príncipe heredero de Arabia Saudita, Abdallah. A diferencia del rey Fahd, a quien sustituye, fue siempre un filo-occidental muy tibio, aún cuando hoy se pone de lado de Washington. Después de la guerra del Golfo criticó en varias ocasiones la presencia en Arabia de las tropas norteamericanas apostadas en el Golfo.

Desde 1991, cuando Riad pidió ayuda a Washington por temor a que, después de Kuwait, Sadam Husein invadiera también Arabia Saudita, la legitimidad de la dinastía saudita fue puesta en discusión como nunca antes lo había sido y nacieron las primeras oposiciones islamitas internas.

Los Ibn Saud pueden gobernar el país en la medida en que lo sepan defender de los “infieles”, cosa que no hicieron en la guerra del Golfo, ya que los hospedaron en el suelo sagrado, cuna del Islam.

De aquí la ruptura con bin Laden. Pero antes de la ruptura, la dinastía saudita financió y sostuvo a los que, como bin Laden, habían ido a Afganistán para combatir contra las tropas soviéticas invasoras.

Por su parte, el régimen de Teherán, si bien lanzó una señal de comprensión humana hacia Estados Unidos, sabe que también está en la mira. A pesar de que la presidencia Jatami abrió objetivamente a Occidente, el ala dura del régimen continúa financiando y sosteniendo a los terroristas Hizbulá chiítas libaneses. Para Irán, esta guerra del tercer milenio pondrá a prueba la revolución islámica.

También será puesto a prueba el régimen del joven Bashar al-Assad en Siria, que heredó de su padre Hafez el “protectorado” del Líbano y con él el candente problema de los guerrilleros Hizbulá.


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