Un taconeo inmortal
Con este homenaje literaria
al inexorable guerrillero de las montañas de Coclé, Arroyo incursiona
con éxito en el campo de la novela histórica, al mismo tiempo que
logra reinvindicar la mancillada figura del indígena panameño
Errol Caballero
Autor: Justo Arroyo
Título: Sin principio ni fin
Género: Novela
Editorial: Mariano
Arosemena
Año de publicación:1999
Los personajes de Justo Arroyo, incluso los más desgarradores y
abocados al patetismo, siempre han estado inspirados en desdoblamientos
de la compleja personalidad del propio escritor, el cual reconoce,
al igual que lo hacía Hermán Hesse, que un hombre no está constituido
por dos personalidades, sino por miles.
No obstante, para la elaboración del personaje
de Constantino Aguilar, protagonista de su última novela Sin principio
ni fin, pareciera que Arroyo hubiera apartado un poco su mirada
de su tumultuoso mundo interior, para concentrarse en un personaje
que ha traspasado las fronteras del hecho histórico para convertirse
en franca leyenda.
Sin principio ni fin, novela ganadora del
Premio Ricardo Miró en 1999, no es la primera obra literaria que
examina las últimas horas del legendario Victoriano Lorenzo. Ya
en 1995, con su poemario Estación de la sangre, José Carr se adentra
en la fascinante personalidad de este mítico guerrero, convertido
en todo un ícono para aquellos que alzan su puño contra la ignominia
y la opresión.
No obstante, hay que advertir que a pesar
de los evidentes paralelismos entre Constantino Aguilar y el inmortal
“Cholo Guerrillero”, Sin principio ni fin dista mucho de ser una
novela biográfica. Y es que lo que busca realmente el escritor no
es la exactitud histórica, sino la explotación de un personaje mítico
y de pasajes dramáticos de nuestra historia para darle vida a un
relato conmovedor y, algunas veces, hasta visceral.
Toda la acción de la novela transcurre en
apenas 48 horas, lo que constituye el tiempo que se le ha otorgado
al condenado para prepararse para lo inevitable: “un día para que
pusiera en orden sus asuntos terrenales y otro para sus asuntos
celestiales”.
El escritor intercala, con pericia narrativa,
episodios en tiempo presente con otros que tienen lugar en la memoria
del protagonista. El lector se adentra de esta forma en la mente
de este inconquistable personaje, descubriendo así las agonías ocultas,
los dolores que antaño cimentaron su sed de sangre y de venganza.
Impactante y muy simbólico de la desafiante
personalidad del “Cholo” es el último capítulo, en el que se narra
el vía crucis de Constantino Aguilar (Victoriano Lorenzo) desde
su celda hacia el paredón donde será fusilado.
Durante el trayecto el aguerrido militar
se vale del único medio que le queda para seguir expresando la indomabilidad
de su espíritu: el taconeo de sus botas, el cual, a medida que avanza
hacia la muerte a la que lo ha condenado un pérfido general, llega
a adquirir una resonancia sobrenatural, capaz de silenciar a la
multitud ávida de sangre y espectáculo: “Por su parte, Constantino
Aguilar no estaba interesado ni en el padre Esteban ni en la multitud
ni en el pelotón de fusilamiento. Su único afán era empezar a caminar
ya de modo de escuchar el taconeo de sus botas. Y cuando dio el
primer paso, su sonido fue casi imperceptible por el ruido de la
gente...Al segundo paso el tacón pareció romper los adoquines y
la multitud bajó la voz, aunque los murmullos flotaron en el aire,
como negándose a aceptar que le estuvieran imponiendo silencio...Al
tercer paso los tacones de Constantino Aguilar adquirieron una cualidad
de disparo, imponiendo silencio y obligando a escrutar a este indio
impertinente... Al cuarto paso, la armonía de las botas de Constantino
hizo que la multitud empezara a sudar no obstante la frescura de
la mañana... Al quinto paso el desconcierto fue general. Ellos habían
llegado a ver una ejecución... a ver cómo el condenado se ensuciaba
los pantalones mientras los custodios debían cargarlo hasta el paredón...
no habían llegado para sentirse incómodos ante la arrogancia de
este indio que caminaba con el paso más firme que habían visto en
su vida, que taconeaba con la fuerza y el aplomo de un hombre en
pleno control de su destino...”
Con este homenaje literaria al inexorable
guerrillero de las montañas de Coclé, Arroyo incursiona con éxito
en el campo de la novela histórica, al mismo tiempo que logra reinvindicar
la mancillada figura del indígena panameño.
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