Lecciones en la frontera con la muerte
Fernán Molinos Delaswsky
Si de los recientes hechos trágicos en Estados Unidos todos no sacamos alguna lección, el terrorismo habrá triunfado; estaremos condenados irremediablemente a merecerlo.
La primera lección es que nadie, absolutamente nadie, ya se trate del más anónimo de los individuos, dondequiera se encuentre, hasta el país más poderoso de la Tierra, está libre de ser víctima de una acción terrorista.
En Nueva York y en Washington los objetivos de los ataques eran un Gobierno, un Estado, una Nación. Las víctimas finales: seres inocentes; personas provenientes de todos los rumbos del orbe. ¿Fue también otro de los objetivos de los terroristas hacer blanco en un muestrario de la composición racial, cultural y religiosa de la sociedad contemporánea que en sí mismo albergaba el complejo del WTC? Si así fuera, igualmente consiguieron propósito tan macabro.
Todas las víctimas fueron sorprendidas en las trampas de acero, de cemento y de cristal que simbolizaban, respectivamente, la prosperidad económica y el poderío militar de la sociedad mundial. Todos, como los ejecutados por ETA en nombre de una proclama separatista; como los judíos o gitanos masacrados a cuenta de una vil supremacía racial; como las etnias atacadas ferozmente bajo el signo de diferencias religiosas; como los objetores políticos “descartados” silenciosamente por las dictaduras.
Practicado desde las sombras, o desde el poder de un Estado, el terrorismo tiene por fin la destrucción, el aniquilamiento inmediato —y a veces gradual y sistemático— del objeto por eliminar.
El terrorismo, tal como se ha manifestado en Estados Unidos, opera en la marginalidad clandestina. Gran parte de su misión, independientemente del motivo mesiánico que lo impulse, consiste en burlar los sistemas de inteligencia del enemigo. La acción extremista consumada es en verdad trascendida con el hecho de frustrar la capacidad de respuesta del adversario. Lo que seguramente convierte en exultante la victoria es regocijarse en la impotencia del otro para revertir los hechos tenebrosos puestos a andar contra el mecanismo inexorable de un reloj.
Si parte de lo anterior no era lo que se buscaba con los minutos que transcurrieron entre los ataques contra una y otra de las torres gemelas, eso fue precisamente lo que potenció, ante los ojos horrorizados del mundo, la manera como se llevó a la acción terrorista sobre Nueva York. No sólo fue la frustración de la capacidad reactiva del Gobierno atacado; fue también —como un dantesco valor agregado— la impotencia de millones de personas en todo el planeta para detener, cerrando los ojos y apretando el corazón, el avance incontenible de un segundo corriendo sobre el otro.
La siguiente lección es que en el mundo, cada día, millones de personas viven bajo diversas formas de terror. Y el que se expresa en su sentido literal, con bombas y explosiones —y una consecuente sensación de vivir en la frontera con la muerte— es apenas una de sus manifestaciones letales más visibles. Experiencia cotidiana para incontables seres humanos a uno y otro lado de diferentes clases de conflicto. Experiencia mucho más concreta y trágica que la vivida en estos días, gracias al realismo de las telecomunicaciones, por los que permanecemos en la periferia de la violencia global.
Y existen otras formas de terror, o de horror, cuando es infligido —de manera sistemática o por omisión— sobre otros, y que hace víctimas entre millones de desplazados, de emigrantes, de desarraigados; de hombres y de mujeres; de ancianos y de niños. ¿Y no son también la pobreza y la miseria, en fin, la marginación del progreso, una forma de terror que padecen diariamente millones de personas en el mundo?
Subrayar estas realidades de ninguna manera convierte en algo banal lo sucedido en Estados Unidos; lo puntualiza moral y éticamente en un contexto que exige de todos, Estados e individuos, la responsabilidad que a cada cual corresponde.
En resumen, de la experiencia de estos días todos deberíamos salir convertidos en mejores seres humanos. La muerte no puede haber triunfado; tiene que hacerlo, sí, la generosa, espontánea y maravillosa solidaridad que se ha volcado a disputarle al terrorismo el más mínimo vestigio de vida bajo los escombros.
Por cada terrorista dispuesto a enfrentar irracionalmente a la muerte, hay cientos de miles de héroes anónimos que se empecinan en demostrar que la humanidad ha sido jalonada siempre hacia glorias mayores por la esperanza; jamás por las tinieblas y el derrotismo.
Es la vida que se reconoce en ella misma; nunca en el odio, el racismo o la intolerancia. Es la vida que se celebra a sí misma, victoriosa. Aprender estas lecciones, sencillas y únicas, nos reconciliará en mucho con lo mejor de la condición humana. Sólo así impediremos que la otra parte de esa naturaleza, la fuerza oscura y tenebrosa, triunfe.
El autor es periodista y columnista de REDIPAZ
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