Panamá, 16 de septiembre de 2001
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¿De la tragedia a la guerra?

Para acabar con el terrorismo, la fuerza bruta sin fuerza moral no bastará

Betty Brannan Jaén

Desde la tranquilidad de mi casa —serena y con la seguridad de que todos mis seres queridos estaban a salvo—, vi la masacre por televisión. En muy pocos minutos, para mi horror, lo inimaginable se fue haciendo realidad. Jamás hubiera pensado que ni el terrorista más fanático sería capaz de una masacre tan cruel como audaz. Menos hubiera creído que tendría un éxito tan devastador.

Me atormenta la imagen de las miles de personas cuyo único crimen ese martes fue subirse en un avión o ir a su trabajo. Me deslumbra la valentía de aquellos pasajeros de avión que —sabiéndose a punto de morir— tuvieron el heroísmo de tratar de prevenir una tragedia aún más grande, y el gesto conmovedor de despedirse de sus familias. Me desgarra la desesperación de esas personas que no viendo otra salida, se tiraron de los pisos altos del World Trade Center.

Y me repugna que haya personas que defiendan estas tácticas como manera de influir en la política externa de Estados Unidos o de cualquier otro país. El New York Times del miércoles citó a una mujer en Nueva York que dijo: “Yo soy árabe y palestina y solo quiero decir una cosa. Lo siento, pero los americanos tienen que comprender una cosa: si a nosotros se nos va a matar, ellos también van a morir. Dejen de apoyar a Israel”.

De ninguna manera. Todas las críticas que uno pueda tener sobre la política exterior de Estados Unidos o cualquier otro país, tienen que resolverse con diplomacia, paciencia y fuerza moral, no con la masacre de inocentes. Washington tiene toda la razón en rehusarse a ser manipulado por el chantaje terrorista; así como tiene todo el derecho de responder militarmente a esta “declaración de guerra”.

Pero procedamos con cuidado, por favor, porque es esencial que la reacción de Washington sea la correcta. Muchos comparan los hechos del martes con el ataque contra Pearl Harbor; pero omiten mencionar que Franklin Delano Roosevelt (FDR) era presidente en 1941 y George W. Bush no le llega ni a los talones a FDR en inteligencia y don de liderazgo.

Antes de montarnos en un buque que nos va a llevar a la Tercera Guerra Mundial, quiero a un FDR al timón; no a un presidente que ni siquiera se atreve a enfrentarse a periodistas sin un guión pre-escrito.

Por otro lado, como he escrito antes, Washington no aprende de sus errores. Poco se menciona ahora que Osama bin Laden —el presunto autor intelectual de estos ataques terroristas—, es en cierta medida una creación de Estados Unidos que, en los años 80, financió un movimiento guerrillero contra los rusos en Afganistán. De ese movimiento terrorista —donde Washington hizo alianza con los musulmanes fanáticos que ahora constituyen el Talibán—, salió Osama bin Laden, que luego se volteó contra Estados Unidos. Nada de eso excusa los crímenes que bin Laden ha cometido contra el pueblo norteamericano, pero sí es necesario que Washington reconozca que la creación de monstruos como este es un error que no debe seguir repitiendo.

Hablando de monstruos, el nombre de Manuel Antonio Noriega ha salido a relucir en los últimos días. George Bush padre dijo el jueves que los lazos de inteligencia con Noriega fueron necesarios en su momento y que ahora hay que volver a establecer esa clase de lazos con quien sea necesario. Otra vez, eso sería repetir los errores del pasado. Una cosa es comprarle información a un personaje nefasto, y otra lo que terminan haciendo los servicios de inteligencia estadounidenses: protegen y amamantan a estos tipos, hasta convertirlos en monstruos.

El caso Noriega también se menciona como ejemplo de lo difícil que será capturar a bin Laden. En Panamá, se dice, hubo que hacer toda una invasión masiva y aun así, solo capturaron a Noriega porque sus soldados eran unos cobardes y él terminó por entregarse. Osama bin Laden y sus soldados no parecen ser tan mansos y una invasión del lejano Afganistán no sería nada fácil.

La tragedia de esta semana en Nueva York y Washington me partió el corazón, y comprendo que tiene que haber una “guerra” contra los terroristas. Solo advierto que hay que definir con precisión quién es el enemigo y que la estrategia de guerra tiene que escogerse con astucia y altura.

Para acabar con el terrorismo, la fuerza bruta sin fuerza moral no bastará.

Corresponsal en Washington



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