Panamá, 16 de septiembre de 2001
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Pinochet entre Beijing y Moscú

Guillermo Sánchez Borbón

Ian Buruma publicó en el magazine de The New York Times del 2 de setiembre del 2001 un largo artículo titulado: “Lo que Beijing puede aprender de Moscú”. Su tesis: no es cierto que primero hay que hacer las reformas económicas y después las políticas. Pese a todo el caos reinante en Rusia, este país corre menos peligro de una explosión violenta que China. Desde luego que podría argumentarse —si uno fuera discípulo de Stuart Mill— que el progreso material de China hará inevitable una transformación política del país. El desarrollo económico fatalmente desemboca en la democracia. En fin, dejemos eso...

Dice Buruma: “Casi nadie en China —incluyendo cuadros y dirigentes— cree ya en el comunismo. Pero el Estado autoritario de un solo partido se acuesta a la tradición del país, y la mayoría de los chinos lo prefiere al desorden potencial que acecha en el interior de una apresurada democratización”. “Claro es”, agrega Buruma, “que China, con su enorme población rural, no es como Rusia, que es más urbana, con un alto nivel educativo, rica en recursos naturales, y más cercana a Europa. Mientras la economía china es más vibrante que la rusa, una mixtura de bancos insolventes, empresas estatales en bancarrota, desempleo generalizado y corrupción, está acumulando vastos problemas. La cuestión es si el experimento chino, con control del partido y capitalismo autoritario, puede ser, en el largo plazo, más estable que la democracia rusa, cuyo camino está sembrado de tropiezos”. Buruma responde negativamente. Cree que la caldera china tarde o temprano estallará en cien mil pedazos.

No voy a seguir al autor por todos los vericuetos de su largo e interesante artículo. Deseo destacar un solo aspecto: “La combinación de una dictadura política con una economía más o menos capitalista parece atractiva a los inversionistas extranjeros. ¿Qué podría ser mejor, después de todo? Nada de sindicatos obreros capaces de crear problemas, y nada de esas confusas elecciones que hacen tan impredecibles a los sistemas democráticos. Esta combinación, por supuesto, no es única de la República Popular China. El modelo es el general Augusto Pinochet. Sería difícil para un partido comunista reconocer a Pinochet como un ejemplo que debe seguirse, pero privadamente es muy admirado por la corriente central del partido. El debate en los círculos gubernamentales no es entre liberales y autócratas, sino entre aquellos que favorecen el modelo de Pinochet y los izquierdistas, que, no ilógicamente, consideran que el capitalismo es una traición a los ideales socialistas. La dirigencia actual parece haberse situado en el campo de Pinochet”.

Hablando de Rusia, Buruma dice “que los únicos que ven algo positivo en el modelo chino son los viejos comunistas, y la clase de personas (como Putin), a quienes les gusta el Chile de Pinochet. Es un fenómeno curioso el hecho de que lo único que tienen en común los pensadores rusos partidarios del autoritarismo y los chinos comunistas sea su admiración por Pinochet”.

***Ya había traducido los párrafos anteriores, cuando me enteré de los alucinantes actos terroristas. Ante todo, quiero decir que, como lo ha señalado un historiador, equiparar este hecho a Pearl Harbor es una manifestación de tontería o de ignorancia. Las relaciones entre Estados Unidos y Japón tenían tiempo de estar tirantes. Todos sabían —especialmente los que habían leído, y tomado en serio, el Plan Tanaka— que la guerra entre los dos países era inevitable. A raíz de la conquista de Indochina por los nipones, EU había decretado un embargo de todas las primeras materias que exportaba a Japón. Este respondió con el ataque a Pearl Harbor y EU le declaró la guerra. Cuatro años más tarde Japón aceptó rendirse incondicionalmente.

Los atentados de ahora no los cometió una nación, sino uno de esos grupos de fanáticos que plagan el mundo, y cuyos miembros prefieren morir, porque en el otro mundo les irá mejor que en éste. Algunos periodistas se han apresurado a señalar —sin prueba alguna— a los presuntos culpables. Recuerdo que cuando lo del bombazo de Oklahoma las televisoras acusaron a los musulmanes, sólo para ser inmediatamente desmentidas por su propio Gobierno: los autores eran los demenciales fascistas norteamericanos.

Por eso es preferible esperar a que se haya asentado el polvo para opinar. Mientras tanto hay que condenar enérgicamente un monstruoso atentado, cuyas víctimas son civiles, inocentes de los agravios, reales o imaginarios, que acaban de cobrarse en Estados Unidos los fanáticos.


Además en opinión

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Pinochet entre Beijing y Moscú: Guillermo Sánchez Borbón
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