Panamá, 16 de septiembre de 2001
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El dolor del mundo

Hoy, hay familias que amanecen en luto. Hay otras que despertaron (o ni siquiera durmieron) con la esperanza de que los suyos llegaran a casa. ¿Hasta cuándo el hombre le seguirá haciendo daño al hombre?

No me puedo quitar de la mente las imágenes de las personas que optaron por suicidarse, antes que morir quemadas por las llamas de las torres gemelas. Me da terror pensar que somos tan vulnerables ante un loco fundamentalista que valora la vida de una forma tan macabra.

Los terroristas podrán derrumbar cuantos edificios quieran, pero no podrán nunca derrumbar a los pueblos, ya que el verdadero corazón de una nación es el espíritu de su gente.

La vida se puede esfumar en un abrir y cerrar de ojos y debemos vivir cada día como si fuese el último, dejando atrás los rencores y malos sentimientos, siendo positivos y levantándonos de cada caída.

La consternación, el susto y la tristeza son los ingredientes en esta mezcla de sentimientos que hoy —por lo menos yo— siento.

En momentos como este —que puede, ni Dios lo quiera, suceder en cualquier país del mundo—, nos toca estar cerca de la gente que queremos, y de la que nos quiere a nosotros. Digamos y expresemos nuestros sentimientos a los seres queridos (...), lo que ayudará a inundar de positivismo, cariño y amor esta aura de dolor que invade a gran parte del planeta.

Unámonos a las oraciones que en todas partes del mundo se dan. Pidámosle cada uno, al supremo de nuestras creencias, que hechos tan lamentables no se repitan (...)

María Gabriela Marchosky V.


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