Panamá, 16 de septiembre de 2001
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Cómo ser un mejor empresario

Carlos Angel Arango, empresario y senador “por casualidad”, vino a Panamá a motivar a los empresarios locales a adoptar prácticas socialmente responsables

MONICA GUARDIA
mguardia@prensa.com

“Como persona, un latinoamericano es mucho más importante que un japonés o un norteamericano. Pero dos ya no”, dice el senador colombiano Carlos Arturo Angel Arango, del Movimiento Oxígeno Liberal

En Colombia es difícil ser empresario. También es difícil ser político. Carlos Arturo Angel Arango puede hablar con autoridad en ambos casos.

Presidente de la Asociación de Industriales (ANDI), gerente de los ingenios Risaralda y Riopaila, y de Conconcreto S.A., en 1998 llegó al Senado de Colombia “por casualidad”, impulsado por el Movimiento Oxígeno Liberal.

Angel estaba en la lista de aspirantes al Senado de este partido –el sistema colombiano es bicameral y el Senado es de circunscripción nacional–, aunque “nunca se pensó que esa lista podría producir más de un senador”.

El político pertenece al movimiento fundado por Ingrid Betancourt Pulecio, quien se distanció del Partido Liberal colombiano en 1998, tras el escándalo de los supuestos vínculos del narcotráfico con el presidente Ernesto Samper.

Como muchos, Angel está convencido de que “estamos viviendo una época de cambio”, y tal vez un “cambio de época”.

Entre los más impactantes de esos cambios, menciona la conversión de las empresas en ejes de la gestión económica y social, en detrimento de los gobiernos. Como resultado de ello, sostiene, corresponde a los empresarios adquirir nuevas responsabilidades que se derivan de ese aumento de poder.

“Los empresarios deben buscar más que utilidades”, señaló. Para él, el nuevo rol debe dirigirse a participar más activamente en la comunidad, generando “tejido social”.

“Es un poco la famosa tesis de que es mejor enseñar a pescar que dar pescado”, dijo.

-Senador, ¿han sido los empresarios agentes de cambio?

-En muchos lugares, cuando la sociedad se rebela ante la incapacidad de los dirigentes, se cambian los dirigentes. En América Latina, acostumbramos a perdonar a nuestros dirigentes su incapacidad.

Los empresarios ayudamos a perpetuar esa situación al financiar las campañas electorales. Los aportes de las empresas están sosteniendo indefinidamente en el poder a un grupo de gente que ha demostrado no ser capaz de manejar los destinos colectivos.

- Usted es fundador del Centro de Responsabilidad Empresarial de Colombia y ahora está apoyando los esfuerzos del Pacto Global. ¿Cuán difícil es promover esta causa?

-No es una mercancía que se venda fácil. La mayoría de los países de América Latina tenemos un ancestro individualista y no sabemos actuar colectivamente. En Colombia, por ejemplo, hemos tenido campeones mundiales en muchísimos ámbitos del deporte, pero no hemos podido nunca llegar a ninguna parte cuando el trabajo es colectivo.

Es la misma percepción que se tiene en muchas partes del mundo sobre los latinoamericanos. Como persona, un latinoamericano es mucho más importante que un japonés o un norteamericano. Pero dos ya no.

- ¿Qué avances se han dado en Colombia en relación al tema de la responsabilidad social empresarial?

-En Colombia, los esfuerzos de promover la responsabilidad social empresarial vienen de mucho atrás. Pero, aunque no está plenamente irrigado en el conjunto empresarial, se han obtenido logros importantes.

A raíz del terremoto en el eje cafetero (Armenia, 1999), se dio un ejemplo muy interesante. El Gobierno de entonces decidió aportar el dinero para reconstruir el área.

Aquella fue la primera vez en la historia de Colombia que los cronogramas se cumplieron y que los recursos produjeron resultados.

Otro logro importante es que con los años se ha conseguido que muchas empresas en Colombia presenten [al final del año fiscal], junto con el balance económico anual, un “balance social”.

El “balance social” es el estado de posición en que la empresa describe sus logros con la comunidad a través de los intentos que haga para mejorar la sociedad.

- ¿Cree usted que el Estado debe impulsar o reforzar el tema de la responsabilidad social empresarial?

-No. Esto tiene que ser voluntario y surgir del mismo empresario. Si no, no funciona y se desdibuja el proceso. Lo que sí se puede hacer es montar en el sector privado iniciativas, como premiar a las empresas que hagan un esfuerzo por tener una mejor gestión social. Esto es parte de los programas de responsabilidad social fomentados por la ONU [Organización de Naciones Unidas]. Pero esto no se hace todavía en Colombia.

- Cambiando de tema, senador, internacionalmente, la situación de Colombia se percibe difícil por los conflictos bélicos. ¿Cómo inciden estos conflictos en el desarrollo de los negocios?

- Nosotros vivimos en una situación política e institucional compleja. Por una parte, los empresarios han aprendido a vivir en la inseguridad. Ya usted sabe cuánto le cuesta un carro blindado, los guardaespaldas, toda esta parafernalia que rodea a los empresarios.

Pero, por otra, el futuro colombiano se ha ido difuminando, desdibujando.

El empresario no puede manejar esto y opta por no invertir. Hay sectores estratégicos, no obstante, en los que sí se continúan dando inversiones, dado que se trata de un mercado de casi 50 millones de personas.

Pero las inversiones no se están haciendo a todo lo largo y ancho de la actividad empresarial.

Ahora importamos anualmente más de seis millones de toneladas de alimentos, cuando el país tradicionalmente ha sido un exportador en este rubro. También hay problemas en el sector primario, minero y qué decir de la industria, que se ha ido desvaneciendo. Hoy día, la industria es menos importante que hace 20 años, en términos del Producto Interno Bruto.

En cuanto al empleo, Colombia tiene, tal vez, el desempleo más alto de América Latina: 20%.

-¿Que nos puede decir del Senado, donde usted trabaja?

- El Congreso es la entidad de menos prestigio en Colombia ahora mismo. En general, nuestras instituciones se han deteriorado profundamente, permeadas por el dinero producto de delitos del narcotráfico. Las decisiones que favorecen a la comunidad pueden no favorecer a los miembros del Congreso.


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