Panamá, 15 de septiembre de 2001
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Una encuesta patética

Por lo visto “El pulso de la Nación” sostiene patéticamente que Panamá es un país sin pulso

Carlos Iván Zúñiga

Las encuestas en materia política siempre han provocado controversias. En algunos casos, los resultados son ratificados posteriormente en los hechos. En otras, las rectificaciones son espectaculares e incómodas para los encuestadores. No se debe olvidar lo ocurrido en la última contienda electoral panameña. Durante mucho tiempo, las encuestas ponían a la cabeza del favor público al candidato Martín Torrijos. A la candidata Mireya Moscoso la colocaban en el tercer lugar. La urna la favoreció con una ventaja de casi cien mil votos sobre su adversario más próximo. Posteriormente, las explicaciones de los encuestadores no fueron convincentes.

En la última campaña electoral del Perú, las encuestas colocaban al candidato aprista Alan García en el tercero y hasta en el cuarto lugar. Si las elecciones se hubieran postergado por poco tiempo, hoy estuviera gobernando posiblemente García. El candidato aprista, como se sabe, ocupó el segundo lugar en las urnas gracias a la resurrección del verbo como instrumento electoral.

En el campo de las doctrinas sociales, las encuestas llevadas a cabo con rigor y objetividad son creíbles e indicadoras de la opinión pública en un momento dado. En Panamá, sin embargo, no siempre observamos ese rigor. Hay que recordar la última campaña bajo la dictadura; en ella el candidato del PRD aparecía regularmente como el triunfador. Otra era la realidad política.

En la actualidad, existen ciertas encuestas muy patéticas y como que están deliberadamente enfiladas a fortalecer una figura determinada y también a engendrar pesimismo y confusión. Son encuestas que causan pesadumbre, que presentan un país agobiado como barco en mar tempestuoso, sin brújula y sin capitán. Son las encuestas de las descalificaciones, las que deben ser siempre examinadas entre líneas. No existen, según ellas, instituciones válidas; no existen políticos de talla encima del nivel medio. Todos son disminuidos, y ante tales ruinas, una sola figura aparece con prestancia de estadista. La sociedad es un campo estéril y vicioso que marcha siempre en pos de la degradación absoluta.

El reciente Pulso de la Nación de Dichter y Neira, a pesar de su preciosismo técnico, es la encuesta de la descalificación. En este país, según la encuesta, todo anda mal. Pareciera que somos un subpaís, una subnación, un subestado. En la escala de puntuación del 1 a 10, la gestión del Gobierno es censurada y definida como mala; la labor social del Gobierno es apenas regular. El manejo de la economía es deficiente, y deficiente es la solución del desempleo; la política exterior se maneja deficientemente. Es deficiente la lucha contra la corrupción; los Ministros de Estado, todos, son deficientes en su gestión administrativa; igualmente son deficientes los legisladores de todos los signos políticos. La justicia es abominable porque también es deficiente. Es decir, los tres órganos del Estado reciben una calificación de 4, nota que equivale a un repudio colectivo.

La descalificación sigue en su empeño, sin reposo, en otros aspectos sensibles. El 63.4% de los encuestados considera que la economía ha empeorado y el 80% del sondeo estima que en ese campo iremos cuesta abajo, cada día peor inyectando pesimismo al ánimo nacional.

El pulso de Dichter y Neira también incursiona en el campo político-electoral, casi repitiendo lo mismo, y en eso resulta decepcionante. En la alternancia están restringidas las opciones. En las filas del Gobierno no existe una sola figura presidencial que cautiva el entusiasmo popular. Los que reciben algunas consideraciones, el porcentaje de aceptación apenas alcanza para llegar a una corregiduría empobrecida y sucia. El campo electoral resulta desolador para cualquier figura gubernamental. Las figuras independientes no cuentan para nada en la encuesta. Estas se proscriben del torneo electoral.

Es muy curioso observar la sagacidad de los encuestados. Si hoy fueran las elecciones, dice El pulso de la nación, la oposición ganaría la presidencia; los independientes, hoy ubicados en la nebulosa, quedarían en el segundo lugar y el candidato oficial llegaría dolorosamente rezagado en tercer lugar.

Sin embargo, a pesar del crepúsculo político tan diezmado e inseguro en que vive la República, la encuesta una vez más presenta al candidato del PRD Martín Torrijos como el nuevo sol de la patria; como el hombre que sabrá convertir el crepúsculo en aurora. Y digo una vez más se presenta a Torrijos como la figura escogida por los dioses del pueblo porque en la encuesta reciente aparecía como la alternativa número uno y en las elecciones pasadas siempre lo distinguieron a la cabeza del cariño popular. El pulso de la nación sostiene que él será el próximo presidente porque cuenta con el 47% de los encuestados. En la oposición no existe otra figura que le pueda hacer sombra, todos le quedan por los talones. Para Dichter y Neira, el alcalde Navarro no tiene alas para salir del cascarón municipal, la escuela primaria de la democracia.

El pulso de la nación le ofrece a Martín Torrijos un dato sobre el pacto META que, de aferrarse a él, le podría ocasionar un descalabro electoral. El pacto Meta para El pulso de Dichter y Neira, no se escapa del naufragio colectivo y se encuentra muy bajo en la apreciación pública, casi igual al puntaje descalificador que recibieron los ministros, los legisladores y la justicia. Por tanto, Martín Torrijos tendría que ir buscando otro buque insignia o, en gesto de lealtad, cuestionar como falsa esa apreciación de El pulso, tacha que pondría en duda la totalidad de la encuesta.

En resumen, El pulso de la nación es muy descalificador. Presenta una República postrada, empobrecida de hombres públicos, con nuevos líderes mediocres y ausentes del querer popular, con líderes gubernamentales ineptos y con una sola figura en el firmamento de la patria digna del solio presidencial.

Por lo visto, El pulso de la nación sostiene patéticamente que Panamá es un país sin pulso.

El autor fue rector de la Universidad de Panamá

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