Silencio... las piedras duermen
Esas cuñas que muestran
al panameño mintiendo para faltar al trabajo son tan solo un fiel
reflejo de nuestra cultura
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
La Asociación de Profesores de la República
de Panamá, muy llena de razones, ha recomendado en su último programa
sabatino la revisión de los acuerdos de autorregulación que firmaron
en su día los medios de comunicación social. No tengo muy claro
si es que esos acuerdos no se están cumpliendo o si es que no son
suficientes para el fin apetecido: “evitar que se siga transmitiendo
mensajes que promueven los antivalores”. De cualquier forma, los
docentes se quejan de que la televisión (y supongo yo que también
la radio y los medios impresos, cada uno en su medida) presenta
programas y comerciales que estimulan la violencia, la lujuria,
el sexo y la irresponsabilidad, y que, por tanto, obstaculizan la
formación que las nuevas generaciones puedan estar recibiendo en
las aulas.
Entre los ejemplos que se mencionan está
la propaganda de un hotel playero al que acusan de fomentar la mentira
y la impuntualidad, y también, el desenfrenado entusiasmo que pone
una pareja de ancianos en hacer el amor después de consumir huevos
de gallina de una determinada productora avícola.
Para empezar, el uso de la palabra “antivalor”
me parece poco menos que un atentado terrorista contra el idioma.
Si algo no es un “valor” es que es un “defecto”, y si lo que se
promueve no es precisamente una “virtud”, entonces se promueve un
“vicio”, una “inmoralidad” o una “falta”, pero consideraciones semánticas
aparte, la queja de los educadores, por legítima que sea, encubre
varios aspectos propios de nuestra cultura que son justamente los
que no nos permiten salir de la mediocridad en materia educativa.
A saber:
El tono moralizante, solemne y sermoneador
que suele emplearse para condenar este tipo de cosas es totalmente
ineficaz. Los sermones (como los discursos) aburren y duermen incluso
a las piedras, entre otros motivos porque son monótonos, repetitivos
y manidos. Y por otra parte, es un hecho comprobado que nadie cambia
de hábitos como consecuencia de una andanada de palabras. Solo el
firme convencimiento de que la responsabilidad o la puntualidad
son valores nos hace responsables y puntuales, pero para llegar
a ello, es necesario algo más que un discursito. Dicho de otra manera,
una propaganda de ese tipo no hace daño a quien ya está dañado,
es decir, a quien está acostumbrado a oír mentir a su padre, a su
madre o a su profesor, o a quien sabe que para conseguir algo, el
camino recto y llano es inútil y que las argucias son bastante más
expeditas.
Una visión distorsionada de la realidad,
por otra parte, tampoco ayuda al quehacer educativo. Pretender que
los medios son los que conducen a la juventud al mal, es tanto como
negar nuestra idiosincrasia: esas cuñas que muestran al panameño
mintiendo y dejando de lado el trabajo y los compromisos, no son
más que un fiel reflejo de nuestro diario vivir, no una invitación
a algo que nos resulte ajeno. Si la propaganda resulta tan atractiva
es porque nos retrata de cuerpo entero, y no creo que dé ninguna
luz nueva a quien sea proclive al engaño, ni que tuerza el camino
del que esté bien encaminado. Ni siquiera de los más jóvenes.
Además, no puede faltar entre los rasgos
característicos que entorpecen la educación, esa pequeñez intelectual
que gira en torno a los prejuicios y priva a la vida del sentido
del humor. Que dos ancianos disfruten teniendo sexo nada tiene de
censurable. Y por el contrario, mucho tiene de saludable. Pero la
pequeñez se manifiesta sobre todo en ese afán tan generalizado de
echar la culpa a otros de nuestros despropósitos.
Es muy cierto que en los medios abundan los
programas perniciosos que hacen más daño por su mediocridad artística
que por su contenido moral. Y también es cierto que la mayoría de
los personajes de ficción resultan ser antihéroes que tienen nuestros
mismos vicios y malamañas, pero la solución a los problemas educativos
de nuestros jóvenes no está en abolirlos o censurarlos. Allá cada
medio con su responsabilidad ética o estética.
La solución está en que las autoridades se
planteen de una vez por todas el tipo de educación que quieren darle
al pueblo panameño. Que decidan si quieren imbuirle unos programas
académicos o si quieren enseñarle a pensar. Si quieren guiarlo por
el camino de la prohibición y la censura o darle las armas para
que elija con criterio ante una amplia gama de posibilidades. Y
la solución está además en que cada maestro, cada profesor, cada
padre o cada madre revise sus métodos pedagógicos.
Hay una forma de educar que hace al hombre
libre y que rehúye el sermón, la doble moral y los prejuicios. Solo
se encuentra en el alma del verdadero maestro. Dichoso aquel que
buscándolo, lo encuentre.
La autora es jefa de correctores de La Prensa
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