Panamá, 11 de septiembre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Silencio... las piedras duermen

Esas cuñas que muestran al panameño mintiendo para faltar al trabajo son tan solo un fiel reflejo de nuestra cultura

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

La Asociación de Profesores de la República de Panamá, muy llena de razones, ha recomendado en su último programa sabatino la revisión de los acuerdos de autorregulación que firmaron en su día los medios de comunicación social. No tengo muy claro si es que esos acuerdos no se están cumpliendo o si es que no son suficientes para el fin apetecido: “evitar que se siga transmitiendo mensajes que promueven los antivalores”. De cualquier forma, los docentes se quejan de que la televisión (y supongo yo que también la radio y los medios impresos, cada uno en su medida) presenta programas y comerciales que estimulan la violencia, la lujuria, el sexo y la irresponsabilidad, y que, por tanto, obstaculizan la formación que las nuevas generaciones puedan estar recibiendo en las aulas.

Entre los ejemplos que se mencionan está la propaganda de un hotel playero al que acusan de fomentar la mentira y la impuntualidad, y también, el desenfrenado entusiasmo que pone una pareja de ancianos en hacer el amor después de consumir huevos de gallina de una determinada productora avícola.

Para empezar, el uso de la palabra “antivalor” me parece poco menos que un atentado terrorista contra el idioma. Si algo no es un “valor” es que es un “defecto”, y si lo que se promueve no es precisamente una “virtud”, entonces se promueve un “vicio”, una “inmoralidad” o una “falta”, pero consideraciones semánticas aparte, la queja de los educadores, por legítima que sea, encubre varios aspectos propios de nuestra cultura que son justamente los que no nos permiten salir de la mediocridad en materia educativa. A saber:

El tono moralizante, solemne y sermoneador que suele emplearse para condenar este tipo de cosas es totalmente ineficaz. Los sermones (como los discursos) aburren y duermen incluso a las piedras, entre otros motivos porque son monótonos, repetitivos y manidos. Y por otra parte, es un hecho comprobado que nadie cambia de hábitos como consecuencia de una andanada de palabras. Solo el firme convencimiento de que la responsabilidad o la puntualidad son valores nos hace responsables y puntuales, pero para llegar a ello, es necesario algo más que un discursito. Dicho de otra manera, una propaganda de ese tipo no hace daño a quien ya está dañado, es decir, a quien está acostumbrado a oír mentir a su padre, a su madre o a su profesor, o a quien sabe que para conseguir algo, el camino recto y llano es inútil y que las argucias son bastante más expeditas.

Una visión distorsionada de la realidad, por otra parte, tampoco ayuda al quehacer educativo. Pretender que los medios son los que conducen a la juventud al mal, es tanto como negar nuestra idiosincrasia: esas cuñas que muestran al panameño mintiendo y dejando de lado el trabajo y los compromisos, no son más que un fiel reflejo de nuestro diario vivir, no una invitación a algo que nos resulte ajeno. Si la propaganda resulta tan atractiva es porque nos retrata de cuerpo entero, y no creo que dé ninguna luz nueva a quien sea proclive al engaño, ni que tuerza el camino del que esté bien encaminado. Ni siquiera de los más jóvenes.

Además, no puede faltar entre los rasgos característicos que entorpecen la educación, esa pequeñez intelectual que gira en torno a los prejuicios y priva a la vida del sentido del humor. Que dos ancianos disfruten teniendo sexo nada tiene de censurable. Y por el contrario, mucho tiene de saludable. Pero la pequeñez se manifiesta sobre todo en ese afán tan generalizado de echar la culpa a otros de nuestros despropósitos.

Es muy cierto que en los medios abundan los programas perniciosos que hacen más daño por su mediocridad artística que por su contenido moral. Y también es cierto que la mayoría de los personajes de ficción resultan ser antihéroes que tienen nuestros mismos vicios y malamañas, pero la solución a los problemas educativos de nuestros jóvenes no está en abolirlos o censurarlos. Allá cada medio con su responsabilidad ética o estética.

La solución está en que las autoridades se planteen de una vez por todas el tipo de educación que quieren darle al pueblo panameño. Que decidan si quieren imbuirle unos programas académicos o si quieren enseñarle a pensar. Si quieren guiarlo por el camino de la prohibición y la censura o darle las armas para que elija con criterio ante una amplia gama de posibilidades. Y la solución está además en que cada maestro, cada profesor, cada padre o cada madre revise sus métodos pedagógicos.

Hay una forma de educar que hace al hombre libre y que rehúye el sermón, la doble moral y los prejuicios. Solo se encuentra en el alma del verdadero maestro. Dichoso aquel que buscándolo, lo encuentre.

La autora es jefa de correctores de La Prensa


Además en opinión

Los huesitos de un chivo: Jorge Barletta
Transparencia, función inversa de la corrupción: Antonio Saldaña
El IDAAN, el agua y el medio ambiente: Elías López Otero
Silencio... las piedras duermen: María del Carmen Cabello
La epilepsia fuera de las sobras: Mario A. Larreátegui