Panamá, 9 de septiembre de 2001
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Las superficies comerciales

Una humilde familia de alfareros comprende que ha dejado de serle necesaria al mundo. Un amenazante centro comercial parece decirles: “Muere, ya no necesito de ti”.


Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

Autor: José Saramago
Obra: La caverna
Género: Novela
Editorial: Alfaguara
Año de publicación: 2001

El mundo cambia constantemente, pero no necesariamente para bien. Los sueños de bienestar que ofrecen las grandes ciudades no siempre son fáciles de conquistar. Son más los perdedores que los ganadores en esa lucha por obtener una existencia más digna y humana.

La gente abandona su pueblo, sus costumbres, su pasado, para encaminarse a una metrópoli carente de identidad; un conglomerado social sin ningún asomo de personalidad, en la que sus habitantes casi no se conocen entre sí, donde a veces solo son una tuerca de una inmensa fábrica de ilusiones.

Todo esto lo demuestra cabalmente José Saramago en su extraordinaria novela La caverna, que cuenta la historia de unos humildes alfareros que por poco y terminan bajo el dominio de una modernidad que aniquila a los pequeños para satisfacer a los poderosos. Ellos forman parte de un algo que va desapareciendo, los pueblos, para darle paso a la avasalladora presencia de centros comerciales, de almacenes que te muestran todo lo que no puedes comprar porque no ganas lo suficiente, vitrinas llenas de objetos que no requieres, pero que el sistema te ordena que debes tener so pena de ser un inadaptado. Ese es el resultado, en opinión de Saramago, de la globalización, la que considera la versión actualizada del totalitarismo.

El alboroto de la obtención del Nobel por parte de este estupendo narrador portugués le impidió terminar a tiempo este libro de 454 páginas, pero la espera valió la pena, pues tenemos de vuelta al Saramago sabio, inteligente, sensible y crítico que nos ha maravillado anteriormente con obras como Memorial del convento y El año de la muerte de Ricardo Reis.

Si caemos en el juego de las comparaciones y las relaciones, Saramago ha manifestado que La caverna es el último capítulo de lo que ha dado en llamar la “trilogía involuntaria” y la conforman este brillante relato junto a los no menos increíbles Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres, que en su opinión habla de la pérdida de la visión crítica, de saber quiénes somos y del empleo como derecho de todo ser humano para surgir.

A Saramago no le interesa el futuro apocalíptico o el ayer que se ha ido, su mirada diáfana se posa sobre el presente, sobre un hoy que margina a muchos y le brinda prosperidad a unos cuantos.

El sabe transmitirnos verdades que nos cuesta aceptar como hechos tangibles, conoce la manera de hacernos pensar sin caer en lo contestatario, su libre estilo de escritura cala en el alma. Lo suyo es un llamado de atención: estamos sumergidos en una deshumanización que debemos detener. Tenemos la obligación de despertar de esta pesadilla en pos de lo material. Hay que acabar con la sumisión, debemos imitar a ese rebelde y provocador que no le tiene miedo a las etiquetas y a los ataques de los estrechos de mente.

Todos nos identificamos con el Cipriano Algor de La caverna, un hombre sencillo que trata de sobrevivir a los cantos de sirena de la ciudad. Su amor por su hija, por su casa, por su oficio, por un nuevo amor que toca a su puerta y por su perro Encontrado es un reflejo de cómo es en lo cotidiano José Saramago, un artista que nunca se ha vendido a lo comercial, que no sabe lo que es perderse entre las luces del espectáculo, que no cede sus planteamientos humanistas, que no le interesa mucho la fama y las distinciones le emocionan solo lo necesario.


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