Panamá, 8 de septiembre de 2001
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En la isla San José, la siembra de la contaminación

En el mes de julio de 1997, La Prensa publicó varios artículos sobre la contaminación química y militar en la isla de San José por parte del ejército de Estados Unidos. El gobierno de ese entonces no hizo nada. El tema ha vuelto al tapete, por esa razón se reproduce el siguiente artículo publicado originalmente el 29 de julio de 1997.

HERASTO REYES
hreyes@prensa.com

Muelle construido por el ejército norteamericano en la base militar de San José durante la Segunda Guerra Mundial.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, el trabajador peruano José Humberto Alsola Valdés llegó a Panamá en busca de mejores días. En el Istmo había trabajo y salarios razonables aunque acompañados de algunos riesgos. De todos modos, valía la pena probar suerte.

Alsola, joven y fuerte, logró colocación como personal civil del ejército de Estados Unidos en Panamá. Entre una labor y otra, en 1946 fue empleado en el Chemical War Departament que, aún después de la guerra, hacía experimentos en la isla de San José, en el archipiélago de Las Perlas.

Antes, en enero y febrero de 1944, la isla de San José había sido utilizada, únicamente por 60 días según acuerdo oficial entre los gobiernos de Panamá y Estados Unidos, por el ejército estadounidense para realizar prácticas militares con materiales químicos.

Pasados los tiempos de muerte y violencia, característicos de la conflagración mundial, Alsola se casó y se radicó en Panamá. Hoy vive en esta tierra, `“como si fuera la mía propia”. Está jubilado y mantiene algunas preocupaciones que las vivencias de aquellos años le dejaron marcadas en su memoria.

Un testimonio valioso

Nombrado como trabajador de la categoría B, Alsola llegó a la isla de San José en donde había trabajadores salvadoreños, colombianos (de los que mayor cantidad había), nicaragüenses, guatemaltecos y en menor porcentaje panameños. Había solamente dos peruanos, uno de los cuales era Alsola.

“Me asignaron el trabajo, me dieron machete y lima y me mandaron a limpiar los caminos. Ya había carreteras y campamentos. De nosotros los civiles eran tres campamentos, de 80 hombres cada uno; los norteamericanos que estaban allí eran tropas, eran soldados, había muchos puertorriqueños, ellos estaban alejados de nosotros; pero las carreteras eran muy buenas carreteras”. Alsola, como la gran mayoría de ``los latinos trabajaba en labores de limpieza del área empleada para los entrenamientos militares.

La isla de San José ha alcanzado reciente notoriedad a raíz de la difusión de documentos secretos del ejército de Estados Unidos que fueron revelados o ``desclasificados el 3 de mayo de 1993 y en los que se comprueba que allí se hicieron experimentos de guerra química, que buscaban comprobar sus efectos en seres humanos y en el ambiente tropical.

San José es la isla del archipiélago más alejada de la costa. En ella se aprovisionaban los piratas, porque en esa isla había agua de manantial tan buena como la de Panamá en la década de 1940 (“en esa época en Panamá había una agua muy buena”), buena y abundante. “Nosotros, unos compañeros y yo, cuando salíamos los domingos a pasear, en caminatas, llegamos a encontrar trabucos de la época de los piratas. Eso nos sirvió de prueba para comprender que los piratas bebían agua en San José”.

Fue a raíz de las publicaciones sobre la contaminación militar de la isla, que Alsola aceptó contar sus experiencias. Una historia viva sobre su estancia en este territorio en el tiempo que se hacían allí prácticas de guerra química.

“En una ocasión ``llegó un jeep con dos soldados que buscaban a dos trabajadores que supieran hablar inglés para que fueran a limpiar el campamento”. Alsola fue en esa misión. “Cuando se acabó eso me mandaron nuevamente al monte. Ya nos habían dado hachas porque estaban tumbando el monte para hacer un aeropuerto. Que lo hicieron muy grande y muy rápido. Se limpió el terreno y llevaron un conjunto de planchas metálicas, del mismo tipo de las que se usaron en Normandía, que se engrapaban unas con otras para formar la pista”.

En esos tiempos Alsola fue designado a trabajos en el muelle. Allí, gracias a su pericia como guía de los tanques anfibios, logró enganchar con el equipo de operadores de tractores y fue trasladado al aeropuerto que al terminarse pudo ser usado, incluso, para el aterrizaje de bombarderos.

“En la isla no había culebras. Hay allí unas playas preciosas. Cerca del campamento de nosotros había una que, gracias a la forma de las rocas, parecía una piscina. Esa era la piscina de nosotros, aparte de que más adentro, como a 50 ó 100 metros había unos manantiales abundantes donde uno lavaba la ropa de trabajo; uno no tenía que usar el agua de los tanques que habían instalado los norteamericanos”.

Los experimentos militares con químicos

“En cada cabecera, en cada cama, en todos los campamentos había una máscara antigás. ``Eso fue lo que más me sorprendió''. Según Alsola eso se debía al hecho de que hacían pruebas con gas``”. ¿Cuál era la prueba que hacían ellos? Ellos traían chivos del Ecuador, se llegó a saber que eran del Ecuador, y le arrojaban esos gases. A los animales se les caía la piel, se morían y quedaban sancochados: ­el animal rojo rojo!, como cocinado, quemado.

Ese trabajo lo hacían los soldados, allí no intervenía el personal latino. ``Ellos entraban a hacer esa prueba con una ropa especial, como casaca. Cuando terminaban venía un truck con una pluma que al hombre lo cogían y lo ponían en una especie de mesa, en un piso de arena especial; al hombre lo paraban ahí y el hombre se desnudaba, cada hombre en pelotas se agarraba allí, lo sacaban y lo bañaban. Con toda esa ropa el hombre salía rojo y esa ropa la cogían con unos ganchos especiales y la metían en unos tanques y la mandaban a botar. Eso hacían”.

Esto se podía observar desde lejos, porque “no nos dejaban acercarnos, pero también uno se enteraba en conversaciones con soldados propiamente dichos. En cierta ocasión un civil, creo que era salvadoreño, quiso recoger una de esas casacas y no lo dejaron porque eso estaba contaminado; después lo botaron del trabajo”. Cuando se iban a hacer las pruebas se avisaba a la población civil para que se pusiera su máscara, “incluso la perra, también tenía su máscara”. Estas pruebas con gases y sustancias químicas se realizaban cada mes o al máximo cada dos meses.

Durante esa época, posterior a la Segunda Guerra Mundial y antes del rechazo panameño del convenio de bases en diciembre de 1947, en la base militar de la isla de San José estaban acantonados entre 300 y 500 soldados norteamericanos. “En el 47, cuando la gente se opuso a las bases, la de San José fue de las primeras que devolvieron, porque ya no les interesaba, ya habían hecho sus experimentos”. Para José Alsola no hay dudas de que los norteamericanos hicieron pruebas de guerra química en la isla de San José entre 1945 y 1947.

Antes, en enero 1944, hicieron estas pruebas oficialmente; es decir, que la Embajada de Estados Unidos en Panamá solicitó el permiso correspondiente a la Cancillería panameña para experimentar por 60 días con sustancias químicas. El panameño Alfredo Fonseca trabajó en ese año para el ``San Jose Proyect y él cuenta que en varias ocasiones, en esos meses de enero y febrero de 1944, mientras los soldados norteamericanos hacían los experimentos, todos los empleados civiles radicados en la isla eran embarcados y conducidos a pasear por el golfo durante periodos de 48 o más horas.

Esa contaminación no es biodegradable

Según pudo conocer Alsola, después de que se había cerrado la base de San José, la pesca disminuyó considerablemente en los alrededores de la isla, “porque ellos tenían una chuta por la que tiraban todos esos residuos que iban directamente al mar”. Los norteamericanos impedían el arribo de cualquier persona ajena a la isla. “Cuando venían los campesinos de la isla de Pedro González, que quedaba ahí cerca, no se lo permitían. Pero de todos modos ellos venían a escondidas y nos traían yuca, verduras o pescado seco a cambio de frazadas u otros útiles o por dinero propiamente dicho. Esto era a escondidas, porque los soldados no lo permitían”.

En la isla había unas especies de ciudadelas, con comisariatos en los que se compraba lo necesario. ``Esos comisariatos estaban divididos, para los estadounidenses había unos y para los latinos había otros. “Nosotros no podíamos entrar a los comisariatos exclusivos de ellos. Yo sufrí, yo viví esa discriminación, tanto en la isla de San José como en Balboa”.

En la isla se instaló un cine, al cual los latinos podían asistir, siempre y cuando se sentaran en la parte de atrás. Como el cine estaba localizado en el campamento de los norteamericanos, a los latinos les llevaban y regresaban en camiones. Alsola recuerda que una vez que comenzaron a “descubrirse las barbaridades que hicieron los alemanes, nos pasaron un noticiero de eso”.

Los latinos podían pescar y practicar algunos deportes como el fútbol o el boxeo. Es decir, que “se permitía la libertad para que uno ocupara su tiempo libre en alguna actividad recreativa”. Con una vida así, de pocos gastos y entradas económicas regulares, los latinos que vivieron en la isla en esos años no midieron la magnitud del riesgo al que se enfrentaban. Sin embargo, en la memoria de ellos sí se han fijado aquellas escenas y experiencias de los años 46 y 47 en la isla de San José.

Tanto Fonseca como Alsola reconocieron que, hasta donde ellos saben, ninguno de sus compañeros se vio afectado físicamente de manera directa por efectos de las prácticas de guerra química en la isla de San José. Se ha reconocido, tanto en los revelados informes secretos como en estudios hechos por ecologistas, que las sustancias utilizadas no son biodegradables y que en varias ocasiones se experimentó con seres humanos.

Alsola después que salió de la isla de San José se convirtió en marino y recorrió el mundo de puerto en puerto. Ahora descansa junto a su familia y dedica gran parte de su tiempo a la lectura y el estudio. Al ponerlo a consideración de la comunidad panameña, Alsola no ha guardado para sí su revelador testimonio.

 




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