Panamá, 5 de septiembre de 2001
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Agua que has de beber...

Ernesto Endara

No la gastes en el inodoro. Dado que me jubilé de la cerveza, para calmar la sed sólo bebo jugo de naranjas, o de piña, o si no una limonada o una chicha de tamarindo; pero, más que nada, la todavía muy barata y deliciosa agua de la pluma (otrora conocida como “chicha de policía”).

Por eso casi me caigo de espaldas el día que, por estar lejos de una fuente pública (oiga, en Panamá no hay fuentes públicas como en otros países samaritanos) tuve que comprar una botellita de agua pura. ¡Sesenta y cinco centavos por medio litro de agua! ¿Quién iba a decir que este

panameño, tan orgulloso del siempre reluciente pasado y del agua que bebía en su patria, compraría -a precio de Coca Cola- una botellita de agua... ¡y extranjera! con su calcio y su magnesio, y su sodio y su potasio, y su tapa de seguridad. Vaya, vaya, a decir

verdad, me calmó la sed igual que la que tomo a pico del grifo.

Seguramente el agua que llega a Las Cumbres no tiene la misma calidad que la que toman en el Casco Viejo de la ciudad de Panamá (abastecida por la planta potabilizadora que los gringos instalaron en el primer cuarto del siglo XX), todavía con medallas y coronas de laureles sobre sus ondas. ¡El agua más sabrosa del mundo! Repetíamos a quien quisiera oirnos.

Dicen que el agua es insípida. Sí, pero no la de Panamá. La de Panamá es sabrosa.

El asunto fue que crecimos y nos multiplicamos. Igual que el resto del Tercer Mundo, un poco más de la cuenta. Y casi sin darnos cuenta, el agua fue cambiando. Todavía es transparente, pero se le siente otro sabor ¿cloro? Sí, y otras cosas innombrables por desconocidas.

El costo de llevarse a los labios un vaso de agua potable seguramente varía según que el agua sea más o menos contaminada desde que cae del cielo en forma de lluvia hasta que llega a la planta potabilizadora.

Todo, partiendo de las tomas, los tanques de asentamiento, los filtros (de arena o carbón), los coagulantes, las bombas y los clorinadores, significan gastos de insumos y mantenimiento. ¿Cuándo y cómo sucedió el descuido que hoy nos tiene al borde de la última gota de agua potable? Todo parece indicar que fue un desorden acumulativo a través de tantos años de ineficacia gubernamental.

Por el IDAAN pasaron ingenieros que sabían lo que tenían entre manos y seguramente clamaron por un presupuesto para voltear la torta que se quemaba... y nada.

La falta de mantenimiento y la lógica planificación para una normal expansión es lo que hoy se convierte en una emergencia de salud. Hasta el más tonto de los panameños sabe que sin agua no hay vida.

Hace años, conversando con un ejecutivo del hotel en la isla Contadora (allá el agua ha sido un problema desde el principio y sigue siéndolo), dije que muy bien podrían haber usado agua de mar con tubería de PVC y ferretería de cobre en los inodoros. Poco faltó para que me lanzara una trompetilla en la cara. ¿Por qué le pareció tan descabelllada la idea? No lo sé.

Agua de mar es lo que se usa en los barcos y ningún esfínter se ha quejado. Igual podría funcionar en nuestra ciudad. Podríamos llevar agua cruda en una línea alterna para los hidrantes de incendio y los servicios sanitarios. Con lo que se ahorraría en insumos de purificación, se pagaría la tubería en menos de dos años. ¡Tronco de negocio, Machete!

No me haga mucho caso. Sólo pienso (y escribo) en voz alta (en Times 12). Si en un futuro —que no parece lejano— vuelve a atacar el fenómeno del Niño con la misma sequedad de polvo y sed que la última vez, bien podríamos estar preparados con una solución tan simple como la de recoger en tanques la condensación de los aires acondicionados. ¿Qué? ¿Le parece otra tontería? Pues, déjeme decirle que en el Cuerpo de Bomberos de Panamá hicimos un experimento. Recogimos en un tanque (de esos de 55 galones) la condensación de un aire acondicionado de la planta alta y obtuvimos suficiente agua para lavar los carros de los comandantes y de los taxis de algunos bomberos. En mi casa, durante los prolongados cortes de agua en la época del Niño Siniestro, Mili recogió la condensación del aire acondicionado de la recámara y le sirvió para regar sus bonsais.

Se me dispara el hidráulico que vive en la noria de mi coco (quizá tienen razón los que dicen que tengo agua en la azotea). Pienso que sería interesante recoger en un tanque el agua de la condensación de los aires acondicionados de alguno de los tantos edificios públicos (preferiblemente uno que sea realmente del Gobierno y no esté pagando una descabellada renta) y trasegarla por medio de una bomba a un tanque elevado (eso sí que sería agua en la azotea) y de allí a los servicios sanitarios. Experimentemos, si no ¿cuándo diablos vamos a aprender?

El agua es tan preciosa que más pronto de lo que pensamos, hablaremos de sus gotas como perlas azules, y no será en sentido metafórico.

El autor es escritor


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