Panamá, 3 de septiembre de 2001
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Niños de clase A, B y C

Cada vez que una autoridad de la OPS visita nuestras instituciones sanitarias, se sorprende de la duplicación que tiene Panamá en materia de salud

Xavier Sáez-Llorens

Cuando uno critica ideas preconcebidas, especialmente si éstas tienen un andamiaje forjado en intereses creados, comodidades individuales o rencillas pretéritas, se corre el riesgo lógico de ser el blanco de diatribas, réplicas lesivas y calificativos malintencionados. No obstante, mis opiniones han sido basadas en una genuina preocupación por el futuro sanitario del niño humilde -ese que es utilizado por muchos para la demagogia y para la imagen humanitaria, pero que pocos involucran en sus razonamientos sinceros- y por la forma en que se administra la salud pública en nuestro país. De todas maneras, resulta evidente que mis palabras (y las de otros galenos ilustres de la sociedad) han encontrado pabellones auriculares impermeables o han sufrido interpretaciones maliciosas y ni siquiera se han sometido al escrutinio público para valorar qué es lo que más interesa al país. Así pues, el hospital pediátrico de la Seguridad Social será realidad. Me temo que en el futuro tendremos tres clases de niños en Panamá: niños de clase A (acaudalados con seguro privado), clase B (beneficiarios del seguro social) y clase C (carentes de cualquier seguro y condenados a la falta de solidaridad ciudadana).

Aplaudo el interés de ofrecer una mejor y más cómoda atención de salud al niño beneficiario de las cotizaciones laborales y, créanme, que también me alegra que el profesional pediátrico del Complejo Hospitalario Metropolitano salga del hacinamiento y del pobre protagonismo que vive en un hospital general. Tengo que insistir, sin embargo, que el otorgamiento de un hospital pediátrico propio (Hospital América) para que brinde atención terciaria exclusiva al niño asegurado, no parece ser una idea prudente o coherente en esta diminuta nación.

¿No sería más eficiente y solidario inyectar al Hospital del Niño con recursos humanos, técnicos y económicos para ofrecer una atención de tercer y cuarto nivel, tanto a niños asegurados como a los niños pobres, bajo la supervisión estrecha de un patronato que también incluya miembros de la junta directiva de la CSS? Estoy convencido de que una verdadera simbiosis entre los pediatras de ambas instituciones sería ideal (eso sí con jefaturas basadas en créditos académicos). Imagínense un solo hospital pediátrico contando con un número plural de pediatras generales, intensivistas, urgenciólogos, neumólogos, hematólogos, infectólogos, endocrinólogos, nefrólogos, cirujanos, anestesiólogos, neurólogos, cardiólogos, gastroenterólogos, genetistas, etc. y con edificios anexos que alberguen un instituto de perinatología, un pabellón de patología cardiovascular y una unidad de trasplantes. ¿Se imaginan ustedes la clase de atención e investigación que podríamos realizar todos juntos para el único beneficio del niño, sin importar su procedencia y extracto social?

Los oponentes a esta idea de integración, manifiestan que el intento fue fallido en el pasado. La falla, sin embargo, obedeció más a intereses mezquinos, protagonismos de poder y temor a la corrupción administrativa estatal, que a razonamientos concienzudos. La mejor prueba de que la fusión puede lograrse es mirar el éxito acontecido en múltiples países. Es más, cada vez que una autoridad de la Organización Panamericana de la Salud visita nuestras instituciones sanitarias, se sorprende de la duplicación que tiene Panamá en materia de salud. Otros críticos señalan que los hospitales pequeños funcionan mejor. Esto es una verdad a medias y depende más de la eficiencia de la administración que del volumen de niños atendidos. Ejemplos de hospitales pediátricos grandes con gestión administrativa exitosa incluyen: Sick Children Hospital de Toronto (411 camas), Hospital Nacional de Niños de Costa Rica (460 camas), Hospital Garrahan de Buenos Aires (518 camas), entre otros.

Finalmente, otros aducen que el Hospital del Niño tendría dificultad para atender a todos los niños asegurados y no asegurados. Esto también carece de fundamento, ya que nuestra institución realiza actualmente atención de segundo y tercer nivel. Si se fortalece la atención secundaria y se habilitan hospitales que atiendan patologías banales (necesidad urgente en Panamá), se lograría descongestionar este nosocomio y facilitar la atención exclusiva de enfermedades de tercer y cuarto nivel de complejidad.

Lo que me parece bochornoso es que ciertos dirigentes de la CSS, con el propósito de justificar posiciones intransigentes, emitan comentarios superficiales y copados de imprecisiones. Estas figuras públicas han manifestado, erróneamente, que ellos aportan 6 millones de dólares al Hospital del Niño para cubrir los gastos de niños asegurados (30-35% de los pacientes atendidos son beneficiarios de la CSS). La verdad es que la cifra prometida fue de 4 millones y a estas alturas del año, solo han cancelado un 30% de esta última cantidad. Sin embargo, a pesar de esta morosidad, el Hospital del Niño continúa brindando atención adecuada a esta población asegurada. Además, la CSS paga 50 dólares por día cama de cada paciente asegurado atendido en el Hospital del Niño, cifra inferior a la cantidad real que cuesta la hospitalización diaria en el presente.

No hace falta ser clarividente para presagiar que la erogación monetaria que tendrá que hacer la CSS para mantener un hospital pediátrico especializado propio de forma eficiente, será agobiante y podría, potencialmente, asfixiar la salud económica de esa institución.

Resulta paradójico que ahora que se habla de un diálogo nacional para salvar la CSS, se procede de forma caprichosa y sin escrutinio público a duplicar nosocomios pediátricos de referencia. Ojalá estas consideraciones formen parte de los temas a discutir. Me alegra saber que el CoNEP se ha reincorporado a las discusiones. Para que este diálogo sea exitoso hace falta desprenderse de pensamientos absolutistas de izquierda o de derecha. Lo más razonable es ubicar la discusión cerca del centro, con mentalidades que oscilen entre un capitalismo con sensibilidad social y un socialismo con ingeniosidad productiva. No me cabe la menor duda de que cierto grado de privatización, semiprivatización o concesión de algunas actividades al sector privado formará parte de la ecuación salvadora. No obstante, los economistas o gerentes administrativos que lideran la CSS deben limitarse y concentrarse en la búsqueda de fórmulas económicas de gestión. Las decisiones en materia de salud y en la organización de los niveles de atención sanitaria -en todo el país- deben corresponder a la dirigencia del Ministerio de Salud, órgano rector de la salud a nivel nacional.

Mi sueño es que, en un futuro cercano, atendamos a la población pediátrica sin mirar de dónde proceden y qué cobertura tienen; por favor, llamemos a los niños panameños por sus nombres y no los identifiquemos con las primeras tres letras del abecedario.

El autor es pediatra


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