Panamá, 2 de septiembre de 2001
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Hacia una política cultural

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

¿Ha demostrado Mireya Moscoso en sus dos años de gobierno una política coherente hacia la cultura? Esta pregunta se le hizo a un grupo de artistas panameños, y en opinión de los consultados la respuesta es no, aunque todos resaltaron que esta dolencia es un mal histórico que aqueja al Estado panameño.

De acuerdo al escritor Justo Arroyo, esta realidad se debe a que existe “una incoherencia estructural generalizada. La cultura se enmarca dentro de un plan de desarrollo global, con la misma legitimidad que los demás factores, llámense económicos, de salud o de transporte. La inconsciencia de esto hace que el área más débil, o sea la cultura, sea la que más sufra, al degradarse de primero sus ya precarios componentes, históricamente considerados por los distintos gobiernos como los hijos de un dios menor”.

Por su parte, el poeta Héctor Collado opina que “vivimos en un país de analfabetas culturales. En materia de política cultural no ha habido coherencia jamás en este país, y nada se ha demostrado al respecto recientemente. La coherencia implicaría organización, conocimiento de metas, estrategias, fortalezas, debilidades y eso no ha sido el lenguaje utilizado en recientes datas. Desconocemos el color de nuestra identidad y seguimos a tientas y gimiendo con las consignas gastadas. ¿Qué se puede mostrar o demostrar entonces?”.

El cuentista y director de teatro Edgar Soberón Torchía lamenta que dos de sus proyectos culturales fueron interrumpidos por falta de apoyo estatal. El primero fue el Centro Panameño del Audiovisual, que “CIMAS, la asociación no-gubernamental que presido, inició con la Biblioteca Nacional y Sony Corporation de Panamá. El proyecto se inició durante el gobierno de Ernesto Pérez Balladares, pero al darse el cambio de gobierno no se pudo continuar. Un archivo para el rescate de la memoria nacional —en este caso, de imágenes en movimiento— es un ejemplo claro de proyectos que, en todos los lugares del mundo, no están sujetos a cambios de gobierno”.

El segundo caso que señala Soberón Torchía tiene que ver con su labor de difusión cinematográfica en Canal Once.

En aspectos generales, indica el profesor universitario que “proyectos que he tratado de desarrollar en teatro y televisión también se han visto afectados por la situación social, económica y política del país. Sin embargo, no pienso que la Presidenta sea directamente responsable: por un lado, creo que su agenda, como la de otros presidentes, no contempla definir o investigar sobre política cultural; y por otro, su cuerpo de asesores en materia cultural no ha sido idóneo. Panamá sigue siendo un país discriminador hasta para definir quiénes son especialistas o destacados en las artes”.

Para el novelista Ramón Fonseca Mora, la cultura siempre ha tenido el ingrato papel de Cenicienta “de prácticamente todos los gobiernos panameños, incluido el presente”.

“Los políticos y gobernantes —continúa Fonseca Mora— necesitan estrenar obras físicas; mostrarle al pueblo que están haciendo puentes, carreteras, hospitales. Las inversiones de la mente, del espíritu, son demasiado etéreas y a largo plazo como para darles la popularidad que buscan. No los culpo. Viven en un mundo en el que los votos lo son todo. No obstante, el país sufre con esta situación, pues la cultura, incluida la educación, son las semillas que a través de los años florece en el árbol llamado desarrollo. Si no invertimos en la mente de las personas jamás llegaremos a tener a quienes con su imaginación y preparación logren que Panamá progrese”.

El director y productor teatral, Bruce Quinn, resalta que el arte es el primero que “sufre en un corte de presupuesto. ¡Qué lástima! Porque la historia ha mostrado, siglo tras siglo, que el arte global de un país refleja el espíritu de cualquier pueblo del mundo. El arte y la educación deben ser prioridades de todos los gobiernos”.

El dramaturgo y novelista Raúl Leis está claro de que una política cultural “va más allá de la acción de una institución como el Instituto Nacional de Cultura (INAC), que creo realiza sus esfuerzos con pocos recursos. En este entendido creo que no ha existido una política cultural coherente y sostenible por parte del gobierno, pues es evidente el astillamiento, fragmentación y desorientación de la actividad cultural nacional”.

Según Raúl Leis, el problema radica en que la cultura “no es una prioridad, no solo del gobierno sino de otros sectores nacionales. Lo que es un grave error, pues un pueblo sin identidad es un pueblo sin alma, sujeto a los desfiguramientos y aniquilaciones del tormentoso mundo globalizado de hoy”.

En opinión de Rafael Ruiloba, actual director del INAC, la institución a su cargo desde septiembre de 1999 cumple con su misión de promover y difundir cultura a lo largo del territorio nacional, objetivo logrado a pesar de contar con un reducido presupuesto de inversiones.


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