Hacia una política cultural
Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
¿Ha demostrado Mireya Moscoso en sus dos
años de gobierno una política coherente hacia la cultura? Esta pregunta
se le hizo a un grupo de artistas panameños, y en opinión de los
consultados la respuesta es no, aunque todos resaltaron que esta
dolencia es un mal histórico que aqueja al Estado panameño.
De acuerdo al escritor Justo Arroyo, esta
realidad se debe a que existe “una incoherencia estructural generalizada.
La cultura se enmarca dentro de un plan de desarrollo global, con
la misma legitimidad que los demás factores, llámense económicos,
de salud o de transporte. La inconsciencia de esto hace que el área
más débil, o sea la cultura, sea la que más sufra, al degradarse
de primero sus ya precarios componentes, históricamente considerados
por los distintos gobiernos como los hijos de un dios menor”.
Por su parte, el poeta Héctor Collado opina
que “vivimos en un país de analfabetas culturales. En materia de
política cultural no ha habido coherencia jamás en este país, y
nada se ha demostrado al respecto recientemente. La coherencia implicaría
organización, conocimiento de metas, estrategias, fortalezas, debilidades
y eso no ha sido el lenguaje utilizado en recientes datas. Desconocemos
el color de nuestra identidad y seguimos a tientas y gimiendo con
las consignas gastadas. ¿Qué se puede mostrar o demostrar entonces?”.
El cuentista y director de teatro Edgar Soberón
Torchía lamenta que dos de sus proyectos culturales fueron interrumpidos
por falta de apoyo estatal. El primero fue el Centro Panameño del
Audiovisual, que “CIMAS, la asociación no-gubernamental que presido,
inició con la Biblioteca Nacional y Sony Corporation de Panamá.
El proyecto se inició durante el gobierno de Ernesto Pérez Balladares,
pero al darse el cambio de gobierno no se pudo continuar. Un archivo
para el rescate de la memoria nacional —en este caso, de imágenes
en movimiento— es un ejemplo claro de proyectos que, en todos los
lugares del mundo, no están sujetos a cambios de gobierno”.
El segundo caso que señala Soberón Torchía
tiene que ver con su labor de difusión cinematográfica en Canal
Once.
En aspectos generales, indica el profesor
universitario que “proyectos que he tratado de desarrollar en teatro
y televisión también se han visto afectados por la situación social,
económica y política del país. Sin embargo, no pienso que la Presidenta
sea directamente responsable: por un lado, creo que su agenda, como
la de otros presidentes, no contempla definir o investigar sobre
política cultural; y por otro, su cuerpo de asesores en materia
cultural no ha sido idóneo. Panamá sigue siendo un país discriminador
hasta para definir quiénes son especialistas o destacados en las
artes”.
Para el novelista Ramón Fonseca Mora, la
cultura siempre ha tenido el ingrato papel de Cenicienta “de prácticamente
todos los gobiernos panameños, incluido el presente”.
“Los políticos y gobernantes —continúa Fonseca
Mora— necesitan estrenar obras físicas; mostrarle al pueblo que
están haciendo puentes, carreteras, hospitales. Las inversiones
de la mente, del espíritu, son demasiado etéreas y a largo plazo
como para darles la popularidad que buscan. No los culpo. Viven
en un mundo en el que los votos lo son todo. No obstante, el país
sufre con esta situación, pues la cultura, incluida la educación,
son las semillas que a través de los años florece en el árbol llamado
desarrollo. Si no invertimos en la mente de las personas jamás llegaremos
a tener a quienes con su imaginación y preparación logren que Panamá
progrese”.
El director y productor teatral, Bruce Quinn,
resalta que el arte es el primero que “sufre en un corte de presupuesto.
¡Qué lástima! Porque la historia ha mostrado, siglo tras siglo,
que el arte global de un país refleja el espíritu de cualquier pueblo
del mundo. El arte y la educación deben ser prioridades de todos
los gobiernos”.
El dramaturgo y novelista Raúl Leis está
claro de que una política cultural “va más allá de la acción de
una institución como el Instituto Nacional de Cultura (INAC), que
creo realiza sus esfuerzos con pocos recursos. En este entendido
creo que no ha existido una política cultural coherente y sostenible
por parte del gobierno, pues es evidente el astillamiento, fragmentación
y desorientación de la actividad cultural nacional”.
Según Raúl Leis, el problema radica en que
la cultura “no es una prioridad, no solo del gobierno sino de otros
sectores nacionales. Lo que es un grave error, pues un pueblo sin
identidad es un pueblo sin alma, sujeto a los desfiguramientos y
aniquilaciones del tormentoso mundo globalizado de hoy”.
En opinión de Rafael Ruiloba, actual director
del INAC, la institución a su cargo desde septiembre de 1999 cumple
con su misión de promover y difundir cultura a lo largo del territorio
nacional, objetivo logrado a pesar de contar con un reducido presupuesto
de inversiones.
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