Panamá, 28 de agosto de 2001
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¡Necesitamos seriedad!

Queremos un gobierno dispuesto a ganar en algunos años para el pueblo lo que este había perdido en varias décadas

Paulino Romero C.

La actual inestabilidad de las instituciones es consecuencia lógica y necesaria del combate entablado entre el pueblo defraudado, que detesta la demagogia politiquera y las promesas incumplidas, y los “clanes familiares” aferrados a los instrumentos de poder. Estos “clanes” están dispuestos a continuar hasta el máximo límite, el disfrute de su actual hegemonía (nepotismo, canonjías y corrupción), aunque el porcentaje del desempleo nacional siga en aumento con su secuela de crímenes, robos, secuestros y asaltos a mano armada, que dan muestra de la grave situación de inseguridad nacional que padecemos.

Por ello, cuando el país atraviesa trances como la reciente crisis del IDAAN; cuando el gobierno de la señora Moscoso es humillado por las arremetidas de la oposición política, del sector privado y por la mayoría de la población; cuando están conturbadas las ciudades y las comunidades campesinas por la agitación de angustia, el gobierno actual quizás no encuentra la libertad de resolución necesaria para anunciar a Panamá que lo esencial del régimen político se va a transformar a fin de ir encauzando esas fuerzas que avanzan contra lo estatuido, porque es precisamente allí donde germina la injusticia de que son víctimas.

Las crisis que frecuentemente sufre este Gobierno, son como los constantes conflictos obreros: brotan en todas partes huelgas, protestas, discordias entre el capital y el trabajo. Todo Panamá está cruzado de problemas urgentes en el orden de la educación, la salud, el trabajo, la producción, la administración pública, la administración de justicia, etc. ¿Y qué decir al tratar de las soluciones que el Gobierno da a la crisis? Aparentemente y de momento, se salva la situación. Pero la crisis más profunda, la que alcanza a la totalidad de la vida panameña, esa sigue en pie y no asoma siquiera el intento de resolverla.

Injusticias, corrupción, nepotismo, discriminaciones, desempleo, tráfico de influencia, déficit habitacional, reforma educacional, salud, etc. Desde hace más de tres décadas (y aún después de la invasión del 20 de diciembre de 1989), estas acusaciones llueven como granizo sobre los gobiernos y la sociedad panameña; y se comprende que ciertos altos funcionarios del actual gobierno se asombren de que se les reproche por su actitud frente a tales reclamaciones, no obstante los mandatos que han recibido de la sociedad y los que todos, por diferentes que pudieran ser, estamos de acuerdo en exigir que se cumplan.

Sería plausible en grado sumo, la unidad de Panamá y el vuelco de sus condiciones de vida bajo el régimen democrático. Nos referimos por ejemplo, a la solidaridad de todos los estamentos de la sociedad panameña y el aumento de su riqueza en ideas y energías bajo la jefatura de un verdadero presidente demócrata, que tenga por denominador común un dinamismo a prueba de embates.

Panamá precisa que se le tome en serio: queremos un gobierno dispuesto a ganar en algunos años para el pueblo lo que este había perdido en varias décadas.

Así pues, ante el visible agotamiento del actual Gobierno por incapacidad, por ignorancia, por servilismo, por inepcia, se nos ocurre preguntar junto al pueblo: ¿Hasta cuándo?

Es preciso tomar a la República de Panamá en serio y saber cómo se ha de gobernar a un pueblo, no solo en las circunstancias de hoy, sino también en las eventualidades del mañana.

El autor es pedagogo y escritor


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