Panamá, 26 de agosto de 2001
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Agradecimiento y otras palabras

César Young Núñez
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Nota del editor: el jueves 23 de agosto se presentó en la librería Exedra Books la reedición del poemario Poemas de rutina, del bardo César Young Núñez, publicado originalmente en 1967. Aquí un fragmento del discurso que leyó el poeta en aquel acto.

Esta noche yo quisiera expresar mi gratitud a los responsables de La Rama Dorada, Ediciones Literarias, mis grandes amigos y colegas Pablo Menacho y Manuel Orestes Nieto, quienes inicialmente se interesaron en hacer la reedición del libro Poemas de rutina, que hoy presentamos. Quiero también expresar mi insoslayable agradecimiento a la señora Elvira Terán de Dutari, de Exedra Books, que le ha ofrecido un digno hospedaje al lanzamiento del libro, al gentil y atento amigo Roberto Lombana de la Universal Books por su invalorable respaldo, al Círculo de Lectura de la USMA y a mi amigo de la infancia, el profesor Ricardo Arturo Ríos Torres, a quien dentro del marco fraternal de la amistad suelo llamar Richard River Tower, y a mis hermanos poetas, escritores, pintores y libreros, Meco Fábrega, Mario Calvit, autor de la portada del libro, José Franco, Nodier Jaramillo, Neco Endara, Antonio Alvarado y Luis Eduardo Henao.

Debo decir que este segundo lanzamiento de Poemas de rutina tiene como madrinas a mi querida amiga y novelista Rosa María Britton, a la inspirada y joven poeta Sofía Santim, a la siempre bella escritora Amparo Márquez, y a mis entrañables Silvia y Berna Calvit.

Quiero destacar el apoyo espontáneo y especial de Alberto Gualde y Manuel Goias, dos de mis mejores y más inteligentes críticos, a mi inolvidable amigo José Carr, a Errol Caballero, Daniel Domínguez Z. y Marilina Vergara Polo, compañeros en aventuras literarias y fraternas.

En la época en que yo escribí este libro, alrededor de la década del 50, yo estaba abrumado por las lecturas de autores con un profundo sentido lúdico. Advertía, por ejemplo, cómo el famoso William Blake utilizaba de modo arbitrario las comas, los puntos y las comas (perdón, casi iba a decir los paréntesis y las camas), y también por su uso de las mayúsculas, como hace José Saramago metiendo una mayúscula donde le plazca.

Además quiero destacar la influencia de los poetas clásicos griegos y romanos cuyas obras fui leyendo a través de traducciones y con muchas dificultades en el libro de La corona y la lira, de Margarita Yourcernar. En otro nivel de vivencias, pienso que yo viví y bebí directamente de las fuentes de la vida, la experiencia del mundo.

Yo sabía que Milton, autor de El paraíso perdido, había leído mucho y sabía lo que los libros podían enseñar, pero mostraba serias deficiencias en ese conocimiento que la experiencia de la vida suele lucir. Sin que esto signifique que me estoy burlando del Parlamento Inglés, sino que se trata de un juego idiomático, quisiera decir que si bien no pertenezco a la Cámara de los Loros tampoco pertenezco a la Cámara de los Comunes. Pienso que estas lecturas tuvieron cierto impacto en la concepción de mi poesía reflejada en los Poemas de rutina. De todas maneras, la apertura hacia otro mundo de visiones distintas y paralelas, viene a ser en cierto modo una fiesta espiritual y también una fiesta del lenguaje y del amor.

En una ciudad y un clima donde la imaginación falta o permanece en hibernación en poco menos que un estado neuroléptico, la poesía tiene un papel de agitador del lenguaje y de hacer crepitar la imaginación. Esa tarea tiene que ser alentada por el esfuerzo y también por un sentido del oficio, un sentido de fiesta y de juegos infantiles.

Derek Walcott, el gran poeta del Caribe, premio Nobel de Literatura (1992), cuando recordaba a Robert Lowell mencionaba que “trabajaba como un artesano, dedicaba el día entero a sus versos. Como todos los grandes poetas no creía en la inspiración sino en el esfuerzo”. En ese tiempo, cuando enfrentaba la creación de Poemas de rutina, si bien me encontraba liberado del sueño de la fama (ahora me sentiría bien con una cierta famita), trabajaba sin interrupción y con locura. Roberto Fernández Iglesias me permitió abrir las ventanas no solo en las revistas que él hacía, sino que envió mis poemas a revistas como Cormorán y Delfín de Buenos Aires, Revistas de Bellas Artes de la ciudad de México, Zona Franca de Venezuela, etc., donde se publicaron por primera vez muchos de los poemas de este libro.

Adiós a la infancia, un poema de mucho dolor, fue publicado por primera vez, creo que en 1959, en el diario La Nación por el sapiente y lúcido poeta Alvaro Menéndez Franco, en su página literaria Diorama Cultural. Hubo otros poemas que el poeta y recordado periodista Leonidas Escobar publicó en La Estrella de Panamá que no fueron recogidos en el libro.

Sin embargo, baste leer Calle de Salsipuedes para que podamos evocar a Madidín, quien acusaba a la oligarquía de haberlo despojado de sus bienes terrenales. Siempre vestía una camisa blanca de manga larga amarrada por la cintura. Madidín siempre me contaba que la demanda millonaria que preparaba contra el Estado estaba a punto de concretarse, sin que nunca se hiciera realidad. Allí llegaba el Loco Tín, que parado en una esquina daba la impresión de que dialogaba con su ángel de la guarda, pero en realidad discutía a gritos con él sobre hípica. A Lole, con su cara hindostán, un borrachito simpático con alma de niño y corazón bandolero, que cantaba extraños boleros y conversaba en el Parque Catedral con los bustos de los próceres. El dios Rivas, que manifestaba que él tenía el poder de hacer llover o detener la lluvia. A menudo, cerca del mediodía, nos abandonaba diciendo que iba al cielo para almorzar con su madre, y cuando volvía mostraba una expresión de felicidad y una sonrisa de niño. También el Cojo Núñez, con quien uno aprendía en un santiamén geografía porque tenía una cabeza parecida a un globo terráqueo y el Capitán Velorio, que tenía un tic nervioso en la mano derecha, la cual movía de arriba a abajo. Se comentaba que fue el resultado de haber sido sorprendido infraganti en el supremo instante en que se dirigía al dios Onán y que nunca pudo recuperarse de ese shock.

Ese fue el mundo de mi infancia y de mi adolescencia, entre Las Bóvedas, la rampa del Mercado, la plaza de Santa Ana y las golondrinas que tenían un pacto de no agresión contra la cabeza de Tristán Solarte, la terraza del terraplén sobre la bahía, las tardes de pesca en La Marina, en la casa del nunca bien llorado poeta José Antonio Moncada Luna, la guitarra maravillosa y a veces triste de Braulio Sánchez, las mañanas soleadas en el café Peti Paris conversando con el poeta José Franco, que vestía un traje de casimir negro y el poeta Demetrio Korsi, que fumaba un enorme puro, las tertulias con Rubén Moncada Luna, Everardo Tomlinson Hernández, Alvaro Menéndez Franco, José Antonio Moncada Luna, en la cantina El Cielo, Ciudad de Verona, la Aurora, La Cosmopolita, que fueron el marco, la entrada y la salida de mi poesía, mis amigas Lochi Quintero, Panamá del Valle, Milvia Arbaiza, Rosario Bendiburg, Gladys Aldrett, Ady Sánchez, Gloriela Calderón y Nazarina Navas. Por último, es de rigor recordar aquí a mi primer editor Miro Popic y a Blas Humberto D’anello, que me respaldaron con sus consejos y apoyo económico.

Muchas gracias por el cariño y la comprensión de ustedes por acompañarnos a recibir este testimonio de un tiempo y una historia que emerge de una patria jamás soñada pero jamás perdida.


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