Matt: la victoria sobre el alcoholismo
Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com
Contar la vida de Matt Talbot no es solo referir la experiencia religiosa de un hombre de los siglos XIX-XX, para el análisis de la conversión cristiana. Es, también, dar esperanza. Pues hablamos de un adicto. No es tampoco un alegato contra la bebida (sobre todo si se bebe algo tan saludable y recomendable como el vino, que NS Jesús bebía también), pero beber, eso sí, con moderación: lo que no pueden, sin embargo, los alcohólicos.
Era una familia muy pobre, de Dublín, Irlanda. Por eso, solo 12 años tenía su hijo Matt cuando empezó a trabajar como obrero auxiliar en una embotelladora de cerveza. Allí empezó a beber. De la embotelladora pasó a la aduana que se encargaba de la importación de licor. Para Matt significó también pasar de la cerveza a licores fuertes. A los 25 años, ya estaba alcoholizado, y tenía en sí las señales del bebedor. Todo el dinero ganado era consumido en tragos. Y en balde lo reprendía su madre: ¡Mira cómo te tratas, que Dios te perdone! Ella le rogaba que cambiase, pero lo más que lograba era que, al despertarse, un Matt sobrio sintiese vergüenza ante Dios y el mundo por lo que había hecho. Pero el día de pago las promesas se acababan. Matt no era malo, ni ahogaba penas, pero carecía de voluntad y responsabilidad. Y bebía sin parar, así tuviera que vender todo lo que cargaba. Sus hermanos también eran bebedores y, junto con ellos, cometió la infamia de robarle el violín a un mendigo para comprar la bebida.
Aquellos días algunos religiosos predicaban la sobriedad por toda Irlanda. Se les ofrecía a los bebedores hacer una promesa temporal de abstinencia en las manos de un sacerdote, por tres meses. Si se cumplía, se renovaba y entonces el redimido se convertía en promotor de la sobriedad entre parientes y amigos.
En 1884 sucedió que Matt y sus hermanos Joe y Philip tenían varias semanas de estar desempleados. Era sábado y día de pago aquella ocasión en que discurrieron —si a eso se le llama discurrir, dada la escasa voluntad de la gente alcohólica— irse a la puerta de la cantina, donde los amigos, recién pagados, se bebían el salario. Allí esperaron, vanamente, ser invitados por los antiguos compañeros. Matt se dio cuenta de cuánto estaban humillándose. Les dijo: “Yo me voy. Basta. ¡Vámonos! Ellos no lo siguieron, pero él se fue a casa. Para su madre era noticia verlo entrar tempraneramente y sobrio. ¿Qué pasó?, preguntó asombrada. Quiero hacer la promesa, contestó Matt. ¡Que Dios te dé la fuerza!, lo bendijo su madre al salir.
Hizo la promesa ante el sacerdote. El programa de rehabilitación incluía los pasos de Alcohólicos Anónimos (AA): 50 años antes de que AA se fundara. Buscó, sobre todo, el apoyo en la gracia divina: iba a misa diariamente y recibía los sacramentos. Esto fue regla el resto de su vida. Al volver a trabajar, se iba por las tardes al templo, para evitar que algún compañero lo invitase a beber. Pero no era fácil. Una vez regresó a la taberna pero no lo atendieron pronto. Entonces salió r´ápidamente, avergonzado. Prometió no llevar nunca dinero encima. Al expirar el plazo temporal de la promesa, la renovó por un año y luego de por vida. Y fue fiel.
Su conversión fue radical. Rechazaba, entre las burlas de sus compañeros, la botella que estos a veces le presentaban. Pero luego se ganó su respeto. Y hasta lo consultaban ellos y sus jefes. Pero, para él, la abstinencia era poca penitencia por su anterior vida. Aprendió a leer y a escribir, y se dedicó a leer vidas de santos y a seguir su ejemplo. Pagó todas sus deudas. Dice Justiniano Bernal: Durante mucho tiempo, buscó al mendigo del violín, pero no lo encontró: entonces entregó la suma de dinero a la beneficencia. Se dedicó a hacer el bien a todos y a defender a los trabajadores.”
Dejó de fumar, sacrificaba el almuerzo, dormía poco. Penitente riguroso, llevaba una cadena bajo la ropa de trabajo. Por las noches cuidaba a algún amigo enfermo o leía. Se nos dice: “Todo lo que logró ahorrar de su escaso salario se lo pasó a cuatro seminaristas de la misión en China, para sus estudios. Nadie sabía de sus penitencias y de sus sacrificios voluntarios.” Así vivió 40 años.
El 7 de junio de 1925 Matt Talbot, de 69 años, cayó muerto en plena calle, de un infarto. No tenía documentos, pues él solía decir: Dios me conocerá ciertamente. Su tumba que fue meta de muchas peregrinaciones. Allí una lápida reza: Mateo Talbot, Siervo de Dios 1856-1925.
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