Panamá, 26 de agosto de 2001
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El último libro

La justicia, la libertad y la fraternidad, son hoy banderas quemadas en el holocausto de la irracionalidad

Juan Carlos Ansin

Los mecanismos destructivos son parte inexorable del ciclo vital. La vida tal cual la concebimos hoy no sería tal sin la existencia de procesos que lleven en su interior su propia destrucción. La muerte es pues, irremediablemente, una necesidad esencial para la existencia, es decir, es parte integral de esa misma existencia. Una realidad que nosotros frecuentemente no queremos enfrentar ni tampoco deseamos detenernos mucho a pensar en ella. La inmortalidad, en cambio, ha sido una de las grandes quimeras de las ciencias y en el supuesto caso de que ella se logre —nada pareciera imposible o inalcanzable en el devenir de su desarrollo—, las consecuencias que ello ocasione serán inimaginables y creo muy probable que el último libro del cuarto evangelista: el Apocalipsis de San Juan, se convertirá entonces en realidad. Quizá con otros jinetes más sofisticados y sutiles, pero no menos patéticos y efectivos.

En el cuerpo humano, las células están genéticamente programadas para morir en un tiempo y en un momento predeterminado, a menos que suceda un mínimo cambio inesperado; entonces, la vida de la célula comienza a apagarse espontáneamente o como consecuencia de ese cambio. Algunas lo hacen en el mismo instante en que nacen. Todo el desarrollo embrionario es una coordinada y exquisita escultura llevada a cabo al unísono por un proceso de crecimiento y muerte celular controlado genéticamente. A esta muerte programada se le llama apoptosis, que en griego quiere decir deshojar, tal como lo hacen al secarse las hojas de los árboles en otoño. Algo parecido sucede de tiempo en tiempo dentro de la sociedad humana.

Los mecanismos para sobrevivir a las inclemencias del tiempo —huracanes, incendios, inundaciones o terremotos— dejan siempre una cruel estela. Pero es el hombre el único animal perverso de la Tierra, porque —al decir de Toynbee— es el único que pudiendo escoger el bien suele elegir el mal. En la antigüedad las epidemias, los desastres naturales y las guerras ocasionaban la mayoría de las muertes. Hoy, los avances de la medicina han pospuesto en forma sustancial la inevitable visita de esta parca. Los desastres naturales son hoy bastante predecibles y, gracias a la ciencia, más o menos evitables. Solo la destrucción del hombre por el hombre se ha sofisticado y multiplicado. Aún cuando las guerras han disminuido en frecuencia y número, las mismas han ido adquiriendo diferentes y sutiles formas con mayor poder de exterminio, ya sea atacando directamente al hombre o indirectamente a su economía, su salud o su medio ambiente.

Borges afirma que la gran tragedia de la humanidad ha sido la invención de las armas de fuego. Antes, cuando el hombre se tenía que enfrentar cara a cara con el enemigo utilizaba el cuchillo, el sable, la lanza o cualquier otra arma blanca, lo hacía con un rostro bien determinado que, como un espejo imaginario, le devolvía también su propio rostro. El viejo crimen de la guerra tenía entonces, de este modo, un rostro definido. Cuántas anécdotas y páginas de la literatura se han escrito detrás de aquella cara cubierta por la palidez cenicienta de la verdadera y única inmortalidad conocida: la muerte. Como la del duelo entre dos asesinos, los dos hermanos Iberra, en la que el menor aventajaba en crímenes al mayor y así este, mientras le miraba a la cara, enterró su cuchillo en el pecho fraterno y escuchó del moribundo su último deseo: que él viviera el resto de sus días tranquilo, pues ya estaban los tantos igualados.

Hoy, tales muertes son menos bíblicas y más reales, pero igualmente caprichosas. En las guerras de ahora, nadie da la cara; son guerras tecnológicas, frías y asépticas pero terriblemente devastadoras en lo que ellas tienen de impersonal y destructivas. Los crímenes en la decadente sociedad en que vivimos, no solo son más numerosos sino más diabólicos e incomprensibles pues no tienen justificación alguna. Antes, en las páginas de los diarios abundaba el crimen pasional o el que se hacía justicia por su propia mano para limpiar el buen nombre y honor. Hasta hace poco en países como el Uruguay, por ejemplo, se aceptaba legalmente el duelo a muerte, y creo que ahora ha sido sabiamente abolido; el buen nombre y el honor no necesita de limpieza sino de pruebas, basta con un solo gesto, muchos ejemplos e infinita constancia. El uso y abuso de las drogas psicodélicas, el desamor, el abandono social, la miseria y la soledad, la mala educación, la injusticia económica y la rebeldía contra una cultura en vías de atomización expansiva, carente de afectos y de valores morales positivos, va carcomiendo su propio tejido como en una apoptosis social cuya programación no depende de la genética pero si de leyes ignoradas hasta por el propio hombre, pero hechas a su imagen y semejanza. Antiguamente los intelectuales, seglares o teólogos, eran guías de la sociedad, hoy no existen instituciones incólumes; todas tambalean desde sus propios cimientos. La justicia, la libertad y la fraternidad, banderas de la más grande revolución ideológica de todos los tiempos, han sido quemadas en el holocausto de la irracionalidad de la misma razón. El hombre parece encaminarse hacia una nueva forma de convivencia, de la cual es muy probable que cambie para siempre el destino de la raza humana. El 10 de julio de 1941, en el pueblito de Jedwabne, 1600 judíos fueron asesinados por sus propios compatriotas, pero el crimen fue atribuido a la Gestapo. El año pasado, el escritor americano de origen polaco, Jan Tomasz Cross publicó la verdad en un libro titulado Los Vecinos, y el presidente Kwasniewski pidió perdón en nombre del pueblo polaco.

Volver a creer en la capacidad de reconstruirse a sí mismo, creer en la comunión de los afectos, saber que la vida de uno depende del otro, volver al origen de las cosas, reinventarnos desde nuestras cenizas para despojarnos de objetos inútiles que, como un tótem contemporáneo, han sustituido al poder de la palabra humana o de los gestos desnudos que descubren afectos y solidaridades. Volver a creer en la bondad de nosotros y en la necesidad de respetar la existencia ajena; volver a sentir la paz en la tolerancia hacia quienes siendo diferentes en la forma, el color o el pensamiento, en el fondo no nos impiden descubrir que “ellos” somos “nosotros”. Volver al principio de los tiempos quizá nos permita volver a oír, sin intermediarios, la palabra de Dios. Todo esto ha sido escrito.

El autor es médico

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