El lenguaje rimbombante de la política
Zonas de conflicto hay en Chiapas, en Colombia y, últimamente, en el Partido Arnulfista; no en la cuenca hidrográfica
Jorge Eduardo Ritter
Rasgo muy particular de la farándula política panameña lo constituye una facilidad asombrosa para engañarse asumiendo como propias las dimensiones de los conflictos políticos de otras latitudes. Tales engaños se complementan con denominaciones altisonantes para comisiones de escasas responsabilidades y con títulos alarmantes para disputas menores. El final es siempre el mismo: el desdén y la burla que surgen cuando la población advierte la desproporción entre los hechos y las palabras. Así ocurrió con el gran diálogo nacional y con los socorridos temas de Estado, que comenzaron con el Canal y la seguridad nacional pero ya van camino de incluir la producción de maíz para el chicheme, y la supervivencia de las hormigas en Bejuco.
A todos los temas, sean insulsos o importantes, se les atribuye una trascendencia extraordinaria y se les diagnostica una gravedad tal que solo pueden remediarla la participación salvadora de la sociedad civil y la mediación sacrosanta de los obispos.
Igual pasa con la reconciliación. Al final de las dictaduras genocidas de Sudamérica y de las prolongadas guerras civiles de Centroamérica nacieron comisiones de notables para afianzar la paz y propiciar el retorno a la democracia. Aunque nuestra realidad fuera distinta, no podíamos quedarnos atrás: luego de once años de paz social y de cinco elecciones cristalinas decidimos nombrar una Comisión de la Verdad, integrada también -¡ni más faltaba!- por notables (aunque algunos no lo fueran mucho). Muy pronto las más notables del patio renunciaron: sus lugares fueron llenados por un perro extranjero -Eagle-, que recibió un tratamiento superior al de sus colegas humanos de la Comisión de la Verdad, pues logró que lo pasearan, como a los fiesteros de Punta Mala, en el helicóptero presidencial. Lo despidieron con lágrimas y honores militares, lo condecoraron, y el alcalde Navarro, para no perder la costumbre, le entregó las llaves de la perrera municipal, pues había logrado olfatear, a cambio de varios miles de dólares, dos tumbas precolombinas y los huesos de un chivo.
La última expresión de la rimbombancia que parece haberse apoderado de los políticos es la declaración de área de conflicto que ha hecho la Coordinadora Campesina contra los Embalses —título en sí mismo pomposo—, para calificar la cuenca hidrográfica del Canal. Existen numerosos malentendidos entre los habitantes de esa región por los planes de expansión del Canal, los cuales —debe reiterarse— se encuentran todavía en fase de estudio. Y aunque la presidenta y la Autoridad del Canal se hayan comprometido a atender los clamores y preocupaciones de los pobladores, aún persisten, a la par de agendas políticas extrañas, legítimas aprensiones y entendibles desconfianzas. No obstante, me resisto a aceptar que exista una zona de conflicto, con las connotaciones políticas internacionales que ello implica. Zonas de conflicto hay en Chiapas, en Colombia y, últimamente, en el Partido Arnulfista. No en la cuenca hidrográfica.
Esta exuberancia de nombres y de calificativos, si bien facilita la obtención de fondos del Gobierno y de las ONG s, también produce una distorsión monumental: un diálogo nacional auspiciado por la Iglesia sugiere intolerancia, imposibilidad de que partidos políticos y gremios puedan concertar acuerdos; una Comisión de la Verdad insinúa cientos de desaparecidos y un ejército que obstaculiza las investigaciones; y una declaración de zona de conflicto implica una guerra civil, real o en ciernes. Nada de eso corresponde a nuestra realidad.
El autor es abogado y fue canciller
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