Toda la verdad
Guillermo Sánchez Borbón
Voy a publicar, por primera vez textualmente, una carta que recibí en 1991. Fue fechada en esta capital el 29 de mayo de 1991: “En noticia aparecida el día de ayer, martes 28 de mayo de 1991, el diario La Prensa dice: Hallan restos de Floyd Britton en Coiba. Esto me extraña mucho. Yo trabajaba precisamente en la morgue del Hospital Santo Tomás cuando trajeron el cadáver del señor Floyd Britton. El doctor Velarde, también llamado El sordo (porque lo era), y que circulaba mucho entre los militares de la época, firmó solo el certificado de defunción en Veraguas con el supuesto infarto del miocardio. La autopsia la practicó aquí, en Panamá, el médico forense doctor Jorge Lombardo, ya fallecido. Este no elaboró un protocolo de la autopsia, y si tomó algunas notas deben haber desaparecido después de su muerte. Me acuerdo de que el cadáver tenía innumerables moretones por todo el cuerpo (hematomas), y yo no me explicaba qué podría haberlos ocasionado, hasta que el mismo doctor Lombardo días después me lo dijo: son golpes con palo.
A la autopsia sólo asistieron el forense y los mozos de autopsia, y a todos los demás nos prohibieron estrictamente entrar en la sala. De los mozos yo creo que ya los dos fallecieron. Y si mal no recuerdo, fue preparado el cadáver para su entierro aquí en [la ciudad de] Panamá. No sé cómo pueden haberlo encontrado ahora en Coiba (todavía conservaba el cadáver el aspecto fornido de Britton).
En cuanto al doctor Velarde, ignoro cuál haya sido su paradero. Atentamente, Nombre reservado por razones obvias.”
Al día siguiente reproduje un párrafo de la carta en la columna que entonces servía en La Prensa. Esa noche fue a visitarme un patólogo, viejo amigo mío. Sus primeras palabras fueron: “vengo a hablarte de esta carta”. Traía en la mano un recorte de la columna. “La carta es auténtica; yo conozco bien a su autor. En la fecha de la autopsia era ayudante de patología. Sabía más de anatomía que cualquier patólogo. Con posterioridad, estudió medicina y se especializó en Patología”. Días más tarde se publicó en la sección noticiosa del diario una foto del cadáver de Floyd Britton. Tenía razón mi corresponsal: continuaba siendo en la muerte el mismo hombre fornido que recordaba. Según una de las leyendas que han circulado, cuando murió Floyd estaba casi irreconocible, tal era el grado de emaciación en que lo dejaron. No es cierto. Murió como consecuencia de las atroces torturas que le infligieron sus carceleros (de ahí los moretones), pero su voluntad de hierro lo mantuvo desafiantemente corpulento hasta exhalar el último suspiro. También trataron de hacer ver que el asesinato fue una decisión local, capricho de un sádico. También es falso. Torrijos (el único que podía hacerlo) lo ordenó. Los subalternos se redujeron a ejecutar sus órdenes.
Al día siguiente, 31 de mayo de 1991, el fiscal auxiliar declaró: “Algunos periodistas han señalado que no son los restos que las autoridades creen que puedan ser, por lo que inmediatamente que se tenga la certeza de que son los restos de Britton, se hará pública la noticia para tranquilidad de los familiares y de los panameños”.
Al día siguiente le contesté: “se refiere a mí. Pero yo no he negado en absoluto que sean los restos de Britton. Me limité a señalar el hecho de que a Floyd le hicieron la autopsia en el Santo Tomás. Sería ilógico que lo llevaran de vuelta a Coiba, pero sé, mejor que nadie, que la lógica no era el fuerte de los psicópatas que nos gobernaron durante 21 años. Los familiares de Floyd han sufrido demasiado, y lo último que quisiera hacer es añadir ahora dolor a su dolor, pero las verdades a medias no contribuirán a su tranquilidad. Ellos tienen derecho a toda la verdad. Ya que van a revolver su pena con una nueva investigación, que ésta sea completa, que no deje nada en la sombra”.
Después resultó que el cadáver exhumado en Coiba no era el de Floyd Britton, pese a que alguien, que dijo ser testigo presencial del entierro, señaló con toda precisión el túmulo que supuestamente cubría sus huesos.
Ahora, diez años más tarde, un nuevo testigo, esta vez el sepulturero mismo, indicó otra tumba. Confiemos en que haya dicho la verdad.
Sea lo que fuere, si el Ministerio Público, en vez de dedicarse a perseguir periodistas y caricaturistas, cumpliera con su deber, podría fácilmente desenterrar la verdad, averiguando quién era el jefe militar de Coiba a la sazón, y qué otros oficiales se hallaban estacionados en la isla penal el 29 de noviembre de 1969. Un interrogatorio inteligente los hará desembuchar todo lo que saben.
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