Educar es universalizar
El esfuerzo educativo es siempre rebelión contra el destino
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Fernando Savater, ese catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid que vino a Panamá hace algunos años invitado por ILDEA, ha escrito un libro titulado El valor de educar que generosamente me obsequió Stanley Muschett y cuya lectura recomiendo a todo aquel que tenga inquietudes sobre la educación como dilema y oportunidad básica de nuestra sociedad.
Tienen las ideas de Savater especial valor para todos los que estamos dedicados al proceso (convocado por la presidenta a solicitud de los gremios magisteriales y facilitado por el PNUD) de búsqueda de un consenso nacional sobre la transformación integral y permanente de la educación panameña. Este proceso incluye a todos los gremios educativos, a todos los partidos políticos y a toda la sociedad civil organizada; y está bien encaminado y marchando con pasos firmes y seguros.
Veamos las ideas de Savater.
Para ser hombre o mujer no basta con nacer, sino que hay también que aprender. La educación es (o debe ser) enseñar a aprender. Balmes escribió que el arte de enseñar a aprender consiste en formar fábricas (seres productivos) y no almacenes (cerebros dependientes llenos de información).
En la familia, el niño aprende aptitudes y valores fundamentales; lo que los estudiosos llaman “socialización primaria” por vía del ejemplo, el contagio y la seducción, con un trasfondo de coacción eficaz: la amenaza de perder el cariño de aquellos seres sin los que uno no sabe aún sobrevivir. Goethe escribió que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte.
Ahora que la desintegración familiar es tan común, pretendemos que la escuela cumpla además con la socialización primaria para lo cual no está preparada. Incluso, hay familias completas que fallan en su labor educativa primaria, porque ni el padre ni la madre se resignan a ser adultos. Con aquello de que desean ser “el mejor amigo (a) de sus hijos”, sirven poco a la labor educativa.
Así, la labor de la escuela se torna doblemente complicada. La enseñanza necesariamente implica cierta forma de disciplina y coacción en lo que es un pugna de voluntades. Ningún niño quiere aprender aquello que le cueste trabajo asimilar y que le reduce el tiempo deseado para sus juegos. Si el niño no trae la disciplina y valores de la enseñanza primaria del hogar, la tarea de la escuela es casi imposible.
Ahora, vayamos al capítulo más interesante del libro que Savater titula: “Educar es universalizar”. La universalización de la educación intenta derrocar la predestinación de la cuna, esa cuna biológica, racial, familiar, cultural, de clase social que, según la jerarquía de oportunidades establecida por otros, nos puede condenar a un cierto destino. El esfuerzo educativo es siempre rebelión contra el destino, esa perpetuación de fatal jerarquía socioeconómica de nuestra cuna. La educación universalizadora ofrece movilidad social, oportunidades nuevas y un equilibrio más justo; todo esto al tiempo que se ayuda a cada persona a volver a sus raíces y nunca olvidar lo propio, para evitar enredarnos confusamente con frondosidades ajenas. El universalista considera el tronco de sus profundas raíces humanas, mientras que los etnicistas van de rama en rama haciendo monerías y buscando distingos.
Ninguna cultura brota de una esencia tan idiosincrásica que no pueda o no deba contagiarse de las otras. Ese contagio de una culturas por otras es precisamente lo que puede llamarse “civilización”. No se trata de homogeneizar, sino de romper la mitología autista de las culturas. Las actitudes antiuniversalistas suelen proclamarse víctimas de la supuesta omnipotencia universalizante, dividiendo el mundo en ghettos-estancos y estancados de índole intelectual; es decir, que solo los nacionales pueden comprender a los de su nación, que solo los negros pueden entender a los negros, los blancos a los blancos, los cristianos a los cristianos, los musulmanes a los musulmanes, las mujeres a las mujeres, etc., que cada tribu permanezca sólidamente cerrada sobre sí misma y sus prejuicios sin posibilidad de abrirse y contagiarse de los demás, ¡que nuestro juicio nunca sea intelectualmente libre!
Son importantes ideas para meditar, ya que la educación es responsabilidad de toda la sociedad y ahora —por fin— toda la sociedad está reunida en torno a ella. Tengo grandes esperanzas sobre los resultados que logremos sentando a todos a la misma mesa, para buscar la transformación integral de la educación con visión de futuro.
El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana
Además en opinión
• Educar es universalizar:
I. Roberto Eisenmann, Jr.
• Diálogo,
trabajo y solidaridad social: Roberto Lombana
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y podencos: Juan Planells
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vox Dei: Steven R. Beraha
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Un veto equivocado e injusto: Teresita Yániz
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