Jorge Amado, perfume de Bahía
Ernesto Endara
Permítame, señor Amado, colar, entre el cerro de despedidas que seguramente le dedicarán, estas líneas tardías que ahora salen de mi pluma. No concibo que abandone usted este mundo sin una reverencia mía, sin un aplauso a su vida alegre, sin una condecoración inventada por mi secreto “Ministerio de Relaciones Literarias” para distinguir esa fe infinita en el hombre que usted siempre mantuvo; no lo dejaré irse con su ajustada casaca de académico (porque ya le quedaba estrecha), sin el bombonazo de la ilimitada admiración que siempre me causó su sabrosa creación literaria (que incluye, entre metáforas atrevidas y pensamientos profundos, los “acarajés”, las frituras envueltas en hojas de banano, las muquecas en aceite dendé, los feijaos, las picantes croquetas de carne y los bocaditos de bacalao que aromatizan sus páginas).
Nunca he resentido nada de mi vida. Pero estoy seguro que el
día en que Nodier Jaramillo me dijo: “Tienes que leer este libro” y me puso en las manos Gabriela, clavo y canela, la existencia se me hizo más grata. Desde entonces estuve alerta para comprar y leer de inmediato todo lo que, salido de sus manos, caía en las mías. Me di cuenta de que muchos de sus temas, el tratamiento de sus personajes y el estilo desenfadado, turístico, jodedor y pensativo que saboreaba en todos sus libros eran las alturas a las que yo aspiraba asomarme algún día. Por el camino tal vez lo imité un poco, pero constaté que es imposible copiar un estilo, hubiera sido como copiar el carácter. Y su carácter, maestro, es único. De todas maneras el intento me ayudó a reconocerme en mis propias páginas.
Quise leer todo lo suyo y así comencé su trilogía Los subterráneos de la libertad (que fue de sus primeras obras), la terminé a latigazos y brincando cúmulos de páginas. Me sucedió lo mismo que cuando leí Ojos de perro azul, después de leer Cien años de soledad y El Otoño del patriarca. Seguro que no me gustaron tanto aquellas obras iniciales, pero no disminuyeron en nada mi admiración por usted señor Amado, ni por Gabo.
Me conmoví hasta las lágrimas con Los capitanes de la arena y me sacudió el percudido corazón el amor trágico de Mar muerto (novela-poesía que me hizo creyente fervoroso de Janaína o Iemanjá, la Dona dos Mares e dos Saveiros). La irrepetible gracia de Los viejos marineros me confirmó la amistad post mortem que sólo pueden prodigar los borrachitos imaginativos y reconfirmó mi fe en las anclas literarias que sirven para resistir las gaveteras tormentas críticas.
Usted, querido maestro Jorge Amado, no ostenta la grandeza literaria, sino que la posee, lo cual lo hizo inmune a la crítica de esquina.
Y sin embargo.... ¿Por qué a un crítico (cuyo nombre nadie recuerda) se le ocurrió llamarlo el escritor de las putas? Muy sencillo, leamos la respuesta en el aparte 10 del capítulo del matrimonio de su Teresa Batista, cansada de guerra: “Cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, la celestina, el comisario, el gigoló, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los diarios no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido...”.
Busco en el ancho espacio que dejé para sus libros y veo que faltan mis favoritos. Yo que pensaba regalar algunas de las frases que tenía subrayadas. ¿Qué se hizo mi Tienda de los milagros con ese Pedro Archanjo rodando por todo el Pelourinho hasta la playa, entreverado con su diabla y salvando a los hombres de aquellas nalgas malditas y primorosas? ¿A quién presté y no me ha devuelto las aventuras culinarias (y de las otras) de la exquisita y gozadora Doña Flor? ¿En qué closet, mi olvidado amigo, tendrá encerrado Casaca y camisón?
No me importarían las ausencias de estas obras, siempre y cuando quien las tenga las lea y pongan a rodar sus maravillas.
En el altar de mi biblioteca exhiben sus lomos musicales Jubiabá, Los coroneles, Mies roja, Cacao y sudor, Tocaia
Grande, Las tierras del sinfín, Bahía, Castro Alves, Tieta, San Jorge de los Ilhéus, Bahía y los Pastores de la noche, además de las ya mencionadas. Desde allí me saluda su mano escritora.
Y todavía recibí algo más. Una lluviosa mañana, mientras compartía un café con Luis Eduardo en Campus, me trajo Navegación de cabotaje en la que de inmediato me enrolé como marinero ordinario. Fue como si me hubiese embarcado con el Holandés Errante. Ese libro de memorias es una invitación al fabuloso revoltillo de lo que se le había quedado en el tintero, es la última y gentil invitación a una bodega de maravillas en la que nos permite catar los vinos intensos de su vida.
Cierro mi despedida copiando las palabras que mejor retratan su espíritu: “Pensar con la cabeza propia cuesta, el precio es alto. Quien se decida a hacerlo será blanco del acoso feroz de las ideologías, las de la derecha, las de la izquierda y las volubles. Será acusado, insultado, puesto en la picota, crucificado. Pero, aún así, vale la pena; sea cual sea, el pago será barato: la libertad de pensar con cabeza propia no tiene precio”.
El autor es escritor
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