Cuando
los pensamientos son enemigos
En realidad casi cualquier pensamiento puede convertirse en
obsesivo, y por más que la persona intente ignorarlo o suprimirlo,
persiste en el cerebro
Alicia
Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Hace
unos días vi un programa de televisión que despertó mi curiosidad.
Y aunque no lo pude escuchar con demasiada atención (puesto que
intentaba contestar una llamada telefónica ), sus imágenes me sorprendieron
y me invitaron a una carcajada como hace tiempo no emitía. Se trataba
de un documental en el que se entrevistaba a una especie de “sanadores”
que empleaban huevos como método de ahuyentar los malos espíritus,
el mal de ojo y otros tantos pesares que según ellos se escapan
del alcance de los métodos médicos tradicionales.
Para
empezar, supongo yo, porque ni siquiera están recogidos en los manuales
de diagnóstico de los galenos (y mucho menos de los psicólogos y
psiquiatras), y por último porque de estarlo sería más bien dentro
de patologías que más que derivadas de fuerzas ocultas, se clasificarían
como parte de cuadros de patología mental. Por eso mientras veía
como los “doctores” del huevo le reventaban uno en la cabeza (para
después frotar todo el cuerpo con las ya podridas yemas y claras)
a un cliente aquejado de que un demonio lo había hecho ya preso
de sí (cosa que según él le impedía persistir en los trabajos o
conseguir una novia), me imaginaba lo que haría yo como psicóloga.
Indudablemente, una psicoterapia urgente al pobre incauto y una
denuncia al curandero por atracador.
Sin embargo, para la cultura popular el mundo de las fuerzas ocultas
que invitan al pensamiento mágico es tan real como la vida. De ahí
tantas y tantas supersticiones y conductas extravagantes derivadas.
Y digo extravagantes porque las conexiones entre causa y consecuencia
son más que surrealistas, por no decir que no tienen fundamento
científico.
Pero si a alguien se le mete en la cabeza que su destino estará
fatalmente marcado porque a su paso se ha cruzado un gato negro,
no hay nada que argumentar. Sólo algún remedio pintoresco, que no
conozco porque no soy supersticiosa –da mala suerte serlo– contrarrestaría
el sino. A la lógica más bien apartarla, obviamente no tiene nada
que ver con esto. Y tampoco con otras conductas irracionales como
las de un señor que cada vez que anticipa un desastre cuenta de
siete en siete (hasta mil) para evitarlo o la ama de casa que se
lava las manos cien veces por miedo a la suciedad. Y aunque en este
último caso, la acción está relacionada con el pensamiento, la exageración
también conduce a la irracionalidad.
Obsesivos, sería el término con que los especialistas etiquetarían
a las personas que tienen pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes
y persistentes que crean ansiedad y malestar. Y aunque muchos de
los ciudadanos legos tienen de vez en cuando ideas de este tipo,
la práctica clínica ha demostrado que si estas interfieren con sus
vidas, el asunto no tiene ya nada de jocoso. De hecho puede dar
lugar a una patología mental muy preocupante que acarrea sufrimiento,
pérdida de tiempo y deterioro en las relaciones.
TOC
Ideas blasfemas en una persona muy religiosa, pensamientos sexuales
inaceptables o relacionados con la suciedad y la contaminación,
imágenes violentas que invaden la mente... En realidad casi cualquier
pensamiento puede convertirse en obsesivo, y por más que la persona
intente ignorarlo o suprimirlo, persiste en el cerebro. Y tal es
la ansiedad que genera esto que se buscan mecanismos para combatirla.
Así, se realizan conductas repetitivas (por ejemplo, lavado de manos,
orden de objetos, comprobación de que se ha cerrado la puerta o
la llave del gas...) o acciones mentales (como rezar, contar, repetir
palabras en silencio) para contrarrestar la obsesión. Compulsiones,
se le llama a este fenómeno de conducta que si bien está dirigido
a reducir el malestar o alguna situación temida, no está conectado
de forma realista o es claramente excesivo.
Obsesiones y compulsiones, de ahí el nombre del mal: Trastorno obsesivo-compulsivo
(TOC por sus siglas). Mal cuyo aumento en la incidencia poblacional
está empezando a dar la voz de alarma por parte de los especialistas
de la salud mental.
Y no es para menos, las manifestaciones derivadas son muy difíciles
de desarraigar. Porque a pesar de que quienes padecen de obsesiones
reconocen que estas son productos de sus propias mentes, no son
capaces de controlarlas. Por encima, pueden estar cursando con la
depresión (ya que son la causa o la consecuencia de ella), con lo
cual el diagnóstico se puede volver complicado.
Ya Freud advirtió en la época victoriana que un enemigo muy poderoso
cohabitaba en la cabeza de cada uno. Así también, y a pesar de ello,
auguró un buen pronóstico a la hora de combatirlo. Y efectivamente,
hoy por hoy se corrobora esto. Sin magia (blanca o negra), sin friegas
de huevos ni exorcismos, los campos de la psicología y psiquiatría
han aunado esfuerzos para demostrar que al igual que la mente puede
hacernos malas jugadas, también es, con una terapia si es el caso,
una gran aliada.
Más información sobre el trastorno obsesivo-compulsivo en la siguiente
columna.
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