Gertrudis
Incluso en el trato que reciben los pacientes en nuestros hospitales, la supuesta posición social marca la diferencia
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
El viernes pasado, cuando estaba leyendo el artículo
de Roberto Eisenmann titulado “Panamá, ¡no hay otra!” me acordé
de Gertrudis. Han pasado muchos años desde que la conocí, casi 26,
y no he vuelto a verla. Ambas estábamos en la maternidad del Santo
Tomás, mi cama al lado de la suya, y acabábamos de pasar por el
mismo trance. Ella había tenido a su tercer hijo y yo al segundo
de los míos. No hablamos mucho, solo lo común en dos mujeres que
estaban pasando por idénticas circunstancias. Aunque lo de idénticas
es un decir. Yo era esposa de médico, detalle por el que supongo
tuve alguna que otra prebenda, como que no me faltaran las sábanas
limpias y una atención un tanto más afectuosa. Suerte que no corrió
Gertrudis. Cuando de madrugada comprobaban la temperatura de las
pacientes, por ejemplo, la enfermera me susurraba un dulce: “Señora,
vamos a ver cómo está de fiebre”, mientras que a mi vecina, la despertaban
con un seco: “Gertrudis, te voy a poner el termómetro. Cuidado lo
rompes”.
Cuando Gertrudis abandonó la sala y no se despidió de mí, ya mi vergüenza había llegado a límites insospechados. Las dos éramos mujeres, ambas habíamos concebido “por obra de varón”, y no había razón alguna para semejante trato. Se comprobaba, una vez más, que incluso en asuntos de salud, las relaciones o la supuesta posición social marcan la diferencia. Y que yo hubiera sacado ventaja de ello, lejos de complacerme, me torturaba. Pero Gertrudis no hizo esfuerzo alguno por comprenderlo. Ni me miró.
En su artículo, el Sr. Eisenmann cuenta que en un hospital de California donde lo atendieron de urgencia, sintió que dejaba de ser persona para convertirse en un número, y que en vista de la frialdad con que lo trataron, voló en cuanto pudo a Panamá, donde un equipo de médicos lo atendió profesional y humanamente a las mil maravillas. En Paitilla, claro. La anécdota que cuenta Eisenmann tiene dos propósitos esenciales: demostrar que en Panamá hay excelentes médicos (con lo que estoy de acuerdo en un cien por ciento), y otro propósito más importante: demostrar que es absurdo que teniendo tan buenos profesionales y tan buenas instalaciones privadas (que hoy por hoy están subutilizadas), la gente de escasos recursos esté pasando trabajos en hospitales públicos abarrotados y mal equipados.
Si por algo admiro a Eisenmann es porque es un soñador. De sus sueños nació La Prensa, y MiBanco y Libertad Ciudadana..., pero me temo muy mucho que este nuevo sueño no se cumpla, entre otras cosas porque no dependería de una simple reestructuración en el sistema de salud, sino de un cambio de mentalidad en los panameños que hoy por hoy está muy lejos de operarse.
La misma sensación de anonimato que tuvo Eisenmann en un hospital extranjero donde su nombre no significaba nada, la tienen a diario todas las Gertrudis en su propio país. Supongo que Eisenmann no se llama a engaño, y que sabe que “por ser vos quien sois” recibió las atenciones de que fue objeto en Paitilla. Y debe ser por eso que reclama un trato semejante para todos los panameños. La idea de utilizar los centros privados para atender a aquellos que no pueden pagarlos, es excelente. Lo que estaría por ver, sin demeritar el beneficio para la comunidad que se obtendría del uso de quirófanos, salas y equipos, es si el personal médico y paramédico estaría dispuesto a medir a todos con el mismo rasero de delicadezas. Si bien los hay, y muchos, que se desviven por sus pacientes, provengan estos de donde provengan, para nadie es un secreto que otros guardan las explicaciones y las sutilezas para unos cuantos.
En algunas escuelas de monjas, cuando yo estaba en edad de ir al colegio, convivíamos las niñas “de pago” con las “gratuitas”, alumnas becadas de escasos recursos. Las clases eran compartidas, pero los uniformes eran distintos, jugábamos en patios distintos, y el trato que recibíamos de las monjas era distinto. En aquel entonces, yo no alcanzaba a comprender el fin de tal despropósito; que no veía yo cuál era la diferencia; pero las cosas no pasan en vano, y es muy probable que la bofetada moral que recibí de Gertrudis cuando se fue sin despedirse, tuviera su origen en aquellos días. Además, de mayor comprendí que ningún país donde se conserve este tipo de prácticas, puede llegar a la democracia. Y quedan en Panamá, para nuestra desdicha, muchos resabios de este tipo.
Habría que ver también si todos por igual, los asegurados y los que pagan, tendrían acceso a esas instalaciones privadas “con un ingrediente hotelero”, aunque sospecho que si bien unos y otros entraríamos por la misma puerta, ciertas cosas cambiarían. Pisos divididos, tal vez, habitaciones de cinco camas... Es decir, no jugaríamos en el mismo patio, con lo que parte del encanto del “hotel” desaparecería. Pecata minuta, en realidad, porque el lujo cuesta, y de lo que aquí se trata es de obtener una buena atención médica.
Me da una gran satisfacción saber que Roberto Eisenmann tiene tanta confianza en la medicina panameña. Pero solo podremos decir que “como Panamá no hay otra”, cuando incluso en temas de salud, cuenten menos los apellidos, las relaciones y las fortunas y más el ser humano. Creo que en el fondo ese es su sueño.
La autora es correctora de La Prensa
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