Panamá, 19 de agosto de 2001
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Yolanda Arbeláez de Gómez, una vida sencilla y humanitaria

Una colombiana ha marcado las características más notables de la gente del vecino país. Lo ha hecho con trabajo, esfuerzo y comprensión. Ha servido sin miramientos desde su farmacia Baturro a la comunidad de Río Abajo

HERASTO REYES
hreyes@prensa.com

Su vida ha sido dedicada plenamente al trabajo. En la farmacia Baturro están las huellas de sus pasos. Desde hace 50 años mora en su espíritu el afán de servir a la comunidad; por ello, Yolanda Arbeláez de Gómez optó por un trabajo sencillo y humanitario: el despacho de medicamentos.

Ella nació en Ibagué, Tolima, Colombia, el 6 de febrero de 1925. All´´a creció. Vivió dos años en Europa, lo que le permitió convencerse de que ese mundo no encajaba con el ser latino que ella llevaba en su corazón. Después se vino para Panamá.

“Yo venía con el propósito de seguir para Colombia y allá me decían: 'ni se te ocurra, esto está horrible, a fulano y mengano les han arrasado la finca, a zutano lo mataron, ¿qué vienes a hacer acá?, quédate allá hasta que esto se componga'. No se compuso nunca. Al contrario se agrava cada día más, tristemente; ¿qué dolor, no? ¡Qué dolor! Uno mira tantas cosas hermosas que tiene Colombia, tan trabajadora que es la gran gran mayoría de los colombianos, tan ingeniosos y tantas cualidades que se pierden por culpa de unos insensatos. ¡Qué tristeza!, eso duele, una que sabe cómo son las cosas. Bueno, pero lo más importante de todo es que aquí me tiene...”.

Vino convencida de que “no podía fracasar”, así que optó por montar una pequeña farmacia. Allí, en la esquina del supermercado Baturro puso el negocio.

La farmacia Baturro se fundó en 1951 y “hoy me siento satisfecha de haber llegado a los 50 años, de ininterrumpida labor”. Cuando se vino de Colombia para Panamá, “yo no hallaba qué hacer. Me decían: 'esto no va a resultar', sin embargo, mire...”.

En esos tiempos las cosas no eran fáciles. Río Abajo estaba “tan lejos” de la ciudad que los carros de reparto no llegaban, así que Yolanda tenía que atravesar la ciudad con mucha frecuencia. “Figúrese que el único Banco Nacional que había era el que está en la Avenida Central, por calle 17, allá tenía que ir a hacer mis depósitos”. Fue esa época de afanes y persistencias la “que me ha encariñado y me ha hecho querer a mi farmacia Baturro”.

Una de las pocas personas que en esos tiempos le llevaba el pedido era el licenciado César Arrocha Grael, “entonces él solamente tenía una farmacia en la Avenida Central, esa que queda cerca de donde estaba el teatro Central, esa farmacia todavía existe, porque dicen que para él esa farmacia es como una hija, ya que ahí fue donde él comenzó”.

“Era difícil conseguir crédito, usted tenía que tener casi que el efectivo, así que yo vendía y corría y pagaba y compraba. Era difícil, pero fíjese que tenía yo 50 años menos”.

Como todo negocio, la farmacia Baturro ha tenido sus altas y bajas, sus idas y venidas, pero el apoyo recibido de sus clientes y proveedores impidió el abismo y, al contrario, le ha permitido llegar a los 50 años el pasado miércoles 15 de agosto.

En cierta ocasión, tras contarle al señor Balbino Vázquez de la situación del negocio, que solo daba para pagarle a los empleados y que por ello había decidido irse para Colombia, “él me dijo: 'quédese, no se preocupe, Colombia está llena de lobos con unas cuantas ovejas; Panamá está llena de ovejas con unos cuantos lobos'. Eso no ocurrió porque la gente me ayudaba muchísimo”.

El saqueo, un golpe duro

Con la invasión del 20 de diciembre de 1989 “vino el saqueo, por poco perdí 38 años de mi vida, de mi entusiasmo y del trabajo; de un día para otro. Usted sabe lo que es ver ¿cómo y qué me dejaron? Basura”. Fue una decepción tan grande que Yolanda prefirió quedarse en casa; pero días después, los clientes le pidieron que volviera a la farmacia, “era una cosa tan conmovedora”.

Cuando marcaba el calendario los primeros días de enero de 1990, se restablecieron los contactos con los proveedores. Subió de nuevo la moral. “No me puedo quedar en la calle, yo tengo seis empleados, yo dependo de esto, me han dejado... ¿Qué empiezo ahora? ¿Cómo voy a empezar una nueva vida, otro negocio, si no sé hacer más?, ya estoy acostumbrada a lo mío”. Entonces acondicionó el local donde estuvo la farmacia hasta el año pasado, cuando se mudó para el local que ocupa actualmente, siempre en el perímetro demarcado por el viejo supermercado Baturro de Río Abajo.

Clientes y colaboradores

“La farmacia no es un negocio común y corriente”, el farmacéutico debe despachar lo que el cliente pide, lo que el médico recomendó. “Por eso, uno tiene que tener un inventario en el que muchas veces hay artículos que no se mueven en cuatro o cinco meses, pero hay que tenerlos”.

Entre los clientes de la farmacia, Yolanda recuerda a Omar Torrijos, “el venía con sus niñitos, con Raquelita, él compraba aquí sus revistas Life, Visión, Selecciones”. Otro cliente era Gabriel Lewis Galindo, “que venía con su esposa y su escalerita de niños que tenía. La familia Guardia. Cada gente que llegaba..., que ahora es que los reconozco, en ese tiempo era tan natural; pero ahora digo ¿qué tiempos, cómo han cambiado? Porque la gente decía: 'esto lo venden en tal lugar; esto váyase a tal lugar que ahí lo tienen'; ellos mismos me orientaban para que yo pudiera dar un buen servicio, y así lo hice y hoy me siento muy feliz de haber llegado a los 50 años”.

Cuenta que con ella, como colaboradores, han trabajado Roy McKlipson, “una excelente persona, también Yuyín Luscando (padre), Graciela de Licona, quien por 34 años fue mi mano derecha y Rodrigo Pereira”. Actualmente, y desde hace mucho tiempo, el farmacéutico Marco Mora es el regente de la farmacia. Marta Lindo sirvió por 14 años de cajera en la farmacia. Almidia de Evans labora desde hace 32 años en el establecimiento, “ella y todos mis colaboradores han sido magníficas personas”.

“Aquí aprendí de política”

“Aquí yo aprendí de política un poquito más que muchos políticos, porque aquí se hablaba de todo; yo vendía todos los periódicos: El País, La Nación, La Hora, El Panamá América, La Estrella ; y mira lo que dijo este y lo que le contesta el otro, y así abrían la discusión... De repente me encontré que yo conocía casi a todos los políticos. Les conocía sus currículos. Porque aquí venía uno y lo elogiaba y después el otro lo denigraba. Esto era un folclor de ideas; pero todo era dentro de lo normal”.

Yolanda está al día de la situación del país, critica los altos salarios de los legisladores, la falta de diligencia de las instituciones gubernamentales para resolver los problemas del pueblo y el encarecimiento vertiginoso del costo de la vida, principalmente en los servicios públicos de teléfono, electricidad y agua.

“Aquí me nacieron dos hijos”

“Yo soy de la capital musical de Colombia, Ibagué, en Tolima”. –No volvió a vivir en su país, ¿por qué?

–“Porque me casé y me nacieron dos hijos”.

Con todo lo que “me ha dado este país, ¿cómo no voy a ser una mujer feliz?, con todo mi amor me nacionalicé panameña; no quiere decir que haya olvidado mi patria; no, porque eso se lleva en el alma también. Las penas de Colombia son mis pesares, las alegrías de Colombia son mis alegrías”.

Entre las virtudes del panameño, el atractivo del panameño, según Yolanda, “estaba la honradez, era algo maravilloso. Uno manejaba con los vidrios abiertos y nadie metía la mano para apoderarse de una cartera; la gente era respetuosa de la propiedad ajena”.

Vida tranquila y plácida

Yolanda Arbeláez de Gómez se casó con el panameño Alfonso Gómez Santos, con quien tuvo dos hijos: Fernando y Alvaro, hoy día ambos son profesionales residentes en Estados Unidos; tiene dos nietos: Adriana Isabel y Andrés Ernesto.

Su vida es tranquila y apacible. Se ha ganado la lotería varias veces, siempre “en los momentos difíciles me ha ayudado”. Nunca ha tenido problemas con la ley. Siempre respetuosa y cariñosa. Se califica como una persona neutral y amiga de la verdad.

Anécdotas tiene por montones, destaca las travesuras de los niños del barrio que llegaban a pedirle las revistas “para leerlas y después se las traigo para que las venda” y destaca también la convivencia que ha desarrollado con la comunidad del corregimiento de Río Abajo, que antes fue “de las afueras y ahora está en el centro de la ciudad, ”¡cómo cambian los tiempos!”.

Su fe la ha llevado a participar en el Vaticano en tres Años Santos: 1950, con el papa Pío XII; en 1975, con Paulo VI y en el 2000, con Juan Pablo II. Ha sido, pues, la vida de Yolanda Arbeláez de Gómez el afán por el trabajo honrado y la dedicación al pensamiento de la vida y los vaivenes de los tiempos.

 




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