Panamá, 19 de agosto de 2001
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Un viaje de redención

El “Fausto” de Goethe tiene su origen en una antigua leyenda oral que cuenta cómo un hombre vende su alma al demonio

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

Aunque la pieza teatral Fausto es una unidad en su conjunto, es notable la diferencia de ritmo, estilo y mensaje que existe entre su primera y segunda parte. La razón primordial es que su autor, el dramaturgo alemán J. W. Goethe, las escribió en distintos momentos históricos.

Mientras que una la elabora entre 1772 (cuando concibe las escenas iniciales) y 1808 (el año de su publicación), la otra es desarrollada entre 1816 (cuando los esbozos aparecen en su obra autobiográfica Poesía y verdad) y 1831 (la concluye meses antes de morir).

Ese es el motivo por el cual una es enérgica, apasionada y oscura, en tanto que la otra está marcada positivamente por una reflexión más serena y reconciliadora con la fe.

El director Edwin Cedeño se inclinó por contar lo ocurrido en la primera parte de Fausto, en el simbólico montaje que presenta en el Teatro en Círculo, de martes a domingo, hasta el 31 de agosto.

Cedeño estima que Fausto, pieza cimera del romanticismo alemán, nunca se había llevado a las tablas nacionales. El elenco lo conforman los miembros de planta del colectivo Cultura Escénica: Imanol Guerra, Enithzabel Castrellón, Stella Lauri, Alicia Alonso, Hania Turner, Edgardo Molino García, Tatiana Salamín y Néstor Rodríguez, sumado a rostros invitados como Lucía Moreno, Agustín Goncalves, Luis Gustavo Macías, Efraín Obando, Juan Carlos Correa y las voces en off de Erasmo Reyes, Teresita Mans y Yimara Prez-Royko.

Riesgos sorteados

Fausto no solo es uno de los más experimentales montajes que ha ofrecido Cultura Escénica desde su fundación a principios de la década de los noventa, sino que me atrevería a decir que, como texto, es el más complejo con el que han trabajado hasta ahora.

Edwin Cedeño entendió el doble cauce por el que Goethe llevó a su Fausto. El director panameño combinó adecuadamente lo natural y lo sobrenatural, lo teológico y lo mágico de una pieza que rompió con el neoclasicismo reinante y consolidó un floreciente movimiento romántico. Su propuesta gira en torno a la eterna lucha entre el bien y el mal, entre lo ancestral y lo moderno, y entre el interés religioso y el afán científico.

Fausto es un círculo perfecto. Comienza en el cielo y termina en las alturas. Como Cedeño, por estrictas razones de tiempo y espacio, decidió enfrentarse a su primera parte a partir de un inicio y un final con escenas que no aparecen en el texto original y que tienen que ver con las tradiciones religiosas hispanoamericanas (procesiones, letanías e imágenes de las principales figuras del catolicismo). Con este añadido unió las claras referencias al Viejo Testamento de la primera parte con el Nuevo Testamento y otras corrientes religiosas que solo aparecen en la segunda entrega de Fausto.

Este recurso lo utilizó Cedeño para enmarcar el mensaje de perdón, libre albedrío y redención de Fausto a un ambiente más cercano al público panameño, que por nuestro limitado sistema cultural, no se enfrenta con la regularidad necesaria a los elementos artísticos que ponderan el pensamiento europeo.

Este acercamiento se enriquece con técnicas teatrales tradicionales como máscaras, pancartas y vestuarios de época; con artes escénicas contemporáneas como un adecuado aprovechamiento de las virtudes corporales de sus actores, el uso de grandes jaulas de telas sin cortes definidos (que hacían de sus personajes figuras geométricas) y el manejo dinámico y en dos niveles de la escena.

Pero segmentar esta obra acarreó que el Fausto de Edwin Cedeño perdiera en alcance y trascendencia filosófica y existencial, aunque ganó en su incisiva crítica en contra de los vicios de la Iglesia y la inclinación humana por los placeres banales. Algo que la segmentación no impidió al Fausto de Cedeño fue imponer el cristianismo sobre lo pagano y lo lírico sobre lo impersonal, mezclar lo trágico con lo cómico, resaltar el lado estético de la naturaleza y ponderar la pasión, la emoción y la melancolía de los mortales, todos estos principios fundamentales del movimiento romántico.

Pactos y travesuras

Como la pieza gira en torno a Fausto (un hombre interesado en descifrar los enigmas del Universo y del corazón de su amada) y Mefistófeles (el diablo que le ofrece juventud, riquezas y poder a cambio de su alma), no debe extrañar que la interpretación de Imanol Guerra y Enithzabel Castrellón sean las que más destaquen.

El Fausto más convincente de Imanol Guerra es aquel que nos transmite el deseo de romper las cadenas de la ignorancia, el que desanimado se entrega al pesimismo, el que termina aceptando el pacto con un demonio que se pondrá a sus pies. En cambio, disminuye un tanto en intensidad cuando su Fausto es un hombre 20 años más joven y corteja a su querida Margarita (su condena y su salvación).

Si hay alguien capaz de hacer irreconocible a un actor en Panamá es Edwin Cedeño. En su Fausto lo confirma al transformar a una guapa dama como Enithzabel Castrellón en una tosca, burlona, irreverente y astuta Mefistófeles. Es igualmente destacable que este director haya decidido hacer una amalgama entre masculino y femenino de un ser del lado oscuro del conocimiento que Goethe imaginó como un caballero ingenioso, pero superficial. Castrellón nos transmite a cabalidad el lado sociable, cómico y rastrero de Mefistófeles, así como su otra cara, aquella que le permite ser irónico y cuestionador.

En tanto, Stella Lauri es la encargada de interpretar a Margarita, el ideal de mujer para Goethe. Esta jovencita es la forma que tiene el dramaturgo alemán para agradecer todo lo que hicieron por él las mujeres. Margarita tiene la sensibilidad de su madre, la intuición de su abuela materna y la abnegación, la fuerza y el candor de sus amantes (tanto las platónicas como las reales). Por eso, este es el personaje más delicado y santificado de Fausto, y así lo entendieron Cedeño y Lauri, actriz que nos brindó un retrato honesto de una chica que por amor hizo actos despreciables y nobles.

La Marta de Alicia Alonso cumple con lo casquivana y sencilla que debe ser una solitaria dispuesta a todo. Como integrantes de la procesión, del festín en la taberna y del hogar de las brujas, la tropa completa de la denominada Compañía brinda la clave correcta de acción al montaje y crea ese aire de ensueño y pesadilla que buscaba darle Edwin Cedeño a la atmósfera de su Fausto. De ese colectivo secundario resalta la participación de Martín Porto, un actor capaz de desdoblarse en más de un personaje, dándole esa exageración tan típica de la disciplina romántica.



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