Panamá, 19 de agosto de 2001
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Por favor, una rodaja de queso amarillo

Una vanidad enfermiza recorre nuestro cuerpo social, haciendo creer que el que más tiene en títulos, fama, dinero,belleza, es el más feliz

Rómulo Emiliani

Eran las siete y cuarenta de la mañana y habíamos ensillado los caballos para salir en gira a otro pueblo de Darién. El sol se hacía paso entre la bruma y tomaba su puesto de Señor del día; con su radiante manto y regia solemnidad, se colaba en la verde y densa vegetación. Se escuchaba el ronquido agudo de los monos colgados en los lejanos árboles y unos cuantos perros ladraban al salir con el amo a buscar la presa del día. El humo de leña salía de las casas como incienso de pobres, que eleva su lamento al cielo en la liturgia diaria de amor a la vida de los campesinos. Se oía el murmullo del río que nos recordaba que la vida sigue su rumbo hacia su destino como el agua hacia el mar, y que lo vivido no vuelve más.

El camino hacia la montaña iba a ser largo y decidí después del café tomar un refresco en la tienda del lugar. Así lo hice y bebiendo un jugo de tamarindo, vi cuando entraba un chiquillo de unos seis años, negro y ensortijado su pelo, con un pantaloncito azul, descalzo y descamisado que pedía: “Por favor, una rodaja de queso amarillo, dos michas de pan y diez centavos de azúcar”. Me miró con sus ojos grandes como luceros del alba, con su cara redonda, recién lavado su cuerpecito de piel oscura y con la gracia de su inocencia colgada del perchero de la vida; como la de sombrero recién comprado esperando que el uso del tiempo lo arrugue y lo manche. Dijo: “Buenos días, monseñor, yo estuve ayer en la misa”. Sonreí y le acaricié la cabeza diciendo: “Bravo, niño; así se hace”. Salió de la tienda con su bolsa de alimentos y le pregunté al señor que lo atendió: “¿Es eso lo que van a comer?” “Mire, monseñor, aquí hay familias como la del niño que con unas tortillas de maíz o un pedazo de pan con queso y café desayunan... en la casa de ese chiquillo son cinco ahora y ese es el queso de la mañana para ellos”. ¡Una rodaja de queso amarillo!

Ese era el queso del día y lo tenía que compartir con los demás de la casa. Es grande la miseria que esconde su flaqueza y avergonzada se viste de disimulada pobreza, cuando una rodaja de queso amarillo se comparte entre cuatro o cinco. Me imagino a la madre moliendo el maíz y repartiendo el café sin probar el queso y el pan, contemplando sus frutos de vientre de mujer golpeada por los pesares de una vida que no sonríe a los desposeídos; recordando cuando su primer marido la abandonó por irse con otra. Y los últimos dos niños son de otro hombre que tampoco se hizo cargo de nada. El tendero me decía que la señora trabaja en el campo con sus dos hijos más grandes y que padece de reuma. Una rodaja de queso amarillo es el estímulo alimenticio que lanza a esas criaturas a la lucha por la sobrevivencia, en un día cualquiera perdido en las montañas de mi tierra. Son los actos que pintados en el mural de la historia sacuden la conciencia de los que tenemos “ojos para ver” y que nos presentan un mundo trágicamente coloreado de tonos amargos y brochazos hechos por egoístas que han quedado estampados en esas cavernas donde vivimos los seres humanos. Porque de hecho somos muy primitivos aunque usemos computadoras y nos movamos en aviones.

En la lucha por la vida se dan tantas injusticias y se margina y se olvida, que muchas personas no han podido seguir el paso impuesto por los sistemas económicos vigentes, porque están marcados por su pasado tan grave como el peso de una tonelada de hierro en la espalda. Escuelas donde un maestro da clases a los seis grados en una sola aula. Alimentación tan deficiente que deja secuelas cerebrales que condicionan para siempre la vida de una persona. Inestabilidad familiar donde el sostén fundamental lo da una mujer que lucha sola por los hijos. El mundo del agro que no tiene las ayudas necesarias para producir con éxito y comercializar sus productos. Vías de comunicación en tan pésimo estado, que en los inviernos el lodazal impide inclusive que los caballos pasen de una parte a otra. Poco acceso a los centros de salud adecuados.

Un pedazo de queso amarillo simboliza el paraíso perdido por culpa de los pecados de tantas generaciones, que hicieron todo lo posible para arrebatarse el pan unos a otros. Como perros salvajes nos hemos lanzado por siglos a devorar con rabia a los que han querido acercarse a comer de nuestro festín. Hemos trazado con ira nuestro territorio donde nadie puede traspasarlo porque es propiedad nuestra. Hemos creído que los bienes de la creación son realmente nuestros, cuando el único dueño es el Señor, que nos los ha dado en administración para servir a la humanidad. Hemos confundido la felicidad con el poseer y nos hemos engordado llenando las arterias del alma de la grasa asesina de nuestro egoísmo. Nos hemos ido aniquilando por confundir eternidad con un momento de placer narcisista al exhibir lo que tenemos.

Una vanidad enfermiza recorre nuestro cuerpo social, haciendo creer que el que más tiene en títulos, fama, dinero, belleza, es el más feliz, el más completo. Y al final, lo que queda son los huesos en un cementerio bajo miles de cruces donde ya no hay diferencias entre presidentes y doctores, campesinos y trabajadores. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Tomé mi caballo y con los otros campesinos me interné en la montaña por un sendero estrecho y me decía: “Cómo es posible, una rodaja de queso amarillo comprado en esa tienda es el plato exquisito y central de una familia de mi patria. No lo puedo creer y no lo puedo aceptar”. Con los caballos empezábamos a escalar una montaña y atrás quedaba ese pueblito de gente buena y olvidada. Allí en una casa y entre varios chiquillos, se reparten el alimento creyendo en su pequeño mundo de los pobres que es normal y que tienen un buen desayuno, porque hoy pudieron comprar una rodaja de queso amarillo. Y como esto es propio en la economía de los pobres, donde muy pronto se aprende a compartir: “Bueno, está bien, te toca a ti un pedacito hoy y a ustedes dos también. Pero mañana una parte es mía”.

El autor es arzobispo de Darién

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