Abrir el maletín
Guillermo Sánchez Borbón
En el buen tiempo de antes, el dictador latinoamericano se robaba millones de dólares de los fondos públicos y los iba depositando por todo el mundo en cuentas cifradas, principalmente en Suiza. Cuando, hartas de corrupción, de crueldad y de inepcia, todas las fuerzas de la nación se unían para derrocar al miserable; o cuando las cosas pintaban mal, y éste salía huyendo, siempre podía contar con sus “ahorros” para vivir el resto de sus días sin trabajar, en medio del lujo al que se había malacostumbrado. Si la sed de poder era un componente de su personalidad tan fuerte como el amor al dinero, empleaba parte de su fortuna en conspirar contra los políticos democráticos que lo habían sustituido. Y aunque cuando estos llegan al gobierno después de la caída del tirano —acontecimiento que siempre genera extravagantes expectativas en la ciudadanía durante la etapa final de la lucha— se desacreditan casi enseguida, que yo sepa ninguno de los dictadores ha logrado hasta ahora reconstruir su pestilente reino de tinieblas.
No creo necesario ilustrar con ejemplos la antecedente afirmación; pero, por si hiciera alguna falta, y para no remontarnos muy lejos, bastaría con mencionar un solo nombre, de gran trascendencia por lo que dejó tras él cuando puso pies en polvorosa durante la primera madrugada de 1959. Fulgencio Batista pasó su exilio en la encantadora isla portuguesa de Madeira. Cualquier otro en su pellejo habría hecho todo lo posible, y lo imposible también, para pasar inadvertido hasta que su país y el resto del mundo se olvidaran de él. Pero no: cuando se casó una de sus hijas, el matrimonio fue tan ofensivamente fastuoso, que unos investigadores se pusieron a rastrear su fortuna. El hombre había amasado —for a rainy day— unos 200 millones de dólares. Vistas de la boda recorrieron el planeta desde la portada de las revistas de gran circulación. Hasta que la gente se aburrió de él. Después el infarto que puso fin a su vida lo devolvió durante unos días a la actualidad, antes de hundirlo definitivamente en el olvido.
No lo sé con exactitud, por supuesto, pero supongo que, como casi todos sus colegas y algunos estafadores de mucho cartel, depositó su guita en cuentas cifradas suizas, en la discreción de cuyos banqueros podía tenerse, entonces, una fe ciega. Ese país era un verdadero paraíso para los dineros malhabidos. En una película de hace unos treinta años —cuando aún estaba más o menos vivo el cine—, un delincuente llega a Zurich empuñando un abultado maletín. En el aeropuerto un inspector de aduanas le pregunta si tiene algo que declarar, dinero por ejemplo. En vista de que el otro le asegura —bajo su palabra de honor— que no, el inspector le quita el maletín y lo abre. Está lleno, a rebosar, de billetes de altas denominaciones, cuya procedencia no recuerdo, pero que con toda seguridad no se había ganado el ilustre visitante con el sudor de su frente. El inspector, buen patriota, le dice que, en efecto, no tiene nada que declarar, y le ordena que siga su camino para poder atender al siguiente pasajero.
Así era. Para los ladrones de todas partes la inviolabilidad del secreto bancario de Suiza era un artículo de fe. El caso Montesinos-Fujimori lo trizó. El Gobierno suizo ofreció, y luego entregó, al peruano, un informe pormenorizado de la fortuna acumulada por el “dúo dinámico”. Ignoro si estás o no enterado: Argentina ha sido conmovida hasta sus cimientos por un escándalo descomunal. El ex presidente de ese país fue acusado de contrabandear armas a la antigua Yugoslavia, a la sazón desgarrada por una sangrienta guerra civil. Ahora mismo se adelanta un juicio a los más altos dirigentes políticos —entre ellos varios ministros— del pasado gobierno y a ciertas empresas argentinas envueltas en el lavado de dinero. Estados Unidos acaba de entregar a las autoridades argentinas una copiosa información secreta sobre el particular. Y Suiza ha ofrecido porporcionarles todo lo que deseen saber sobre el asunto, así como un detalle de las cuentas cifradas que tienen en la Federación Helvética los malevos disfrazados de políticos. Y notificaron al mundo que así procederán de ahora en adelante siempre que se trate de depósitos hechos por funcionarios públicos o por los amigotes y cómplices de estos.
En verdad, ya no es tan provechoso —ni seguro— ser malversador o estafador privado.
Además en opinión
•
El turno del Estado: Ariadna I. Rojas
•
Abrir el maletín: : Guillermo Sánchez Borbón
•
Cambian Los Ríos de Panamá: Patricia
V. de Alvarado
•
Por favor, una rodaja de queso amarillo: Rómulo
Emiliani
•
Extrañas coincidencias: Juan Jované
|