Panamá, 19 de agosto de 2001
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Abrir el maletín: Guillermo Sánchez Borbón
En el buen tiempo de antes, el dictador latinoamericano se robaba millones de dólares de los fondos públicos y los iba depositando por todo el mundo en cuentas cifradas, principalmente en Suiza. Cuando, hartas de corrupción, de crueldad y de inepcia, todas las fuerzas de la nación se unían para derrocar al miserable; o cuando las cosas pintaban mal, y éste salía huyendo, siempre podía contar con sus “ahorros” para vivir el resto de sus días sin trabajar, en medio del lujo al que se había malacostumbrado. Si la sed de poder era un componente de su personalidad tan fuerte como el amor al dinero, empleaba parte de su fortuna en conspirar contra los políticos democráticos que lo habían sustituido. Y aunque cuando estos llegan al gobierno después de la caída del tirano —acontecimiento que siempre genera extravagantes expectativas en la ciudadanía durante la etapa final de la lucha— se desacreditan casi enseguida, que yo sepa ninguno de los dictadores ha logrado hasta ahora reconstruir su pestilente reino de tinieblas.
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Por favor, una rodaja de queso amarillo: Rómulo Emiliani
Eran las siete y cuarenta de la mañana y habíamos ensillado los caballos para salir en gira a otro pueblo de Darién. El sol se hacía paso entre la bruma y tomaba su puesto de Señor del día; con su radiante manto y regia solemnidad, se colaba en la verde y densa vegetación. Se escuchaba el ronquido agudo de los monos colgados en los lejanos árboles y unos cuantos perros ladraban al salir con el amo a buscar la presa del día. El humo de leña salía de las casas como incienso de pobres, que eleva su lamento al cielo en la liturgia diaria de amor a la vida de los campesinos. Se oía el murmullo del río que nos recordaba que la vida sigue su rumbo hacia su destino como el agua hacia el mar, y que lo vivido no vuelve más.
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Además en opinión

El turno del Estado: Ariadna I. Rojas
Cambian Los Ríos de Panamá: Patricia V. de Alvarado
Extrañas coincidencias: Juan Jované

 




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