Panamá, 17 de agosto de 2001
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Panamá, ¡no hay otra!

I. Roberto Eisenmann, Jr.

A pesar de todos los problemas que tenemos, yo no cambio a mi Panamá por ningún otro país. Hace algunas semanas sufrí quebrantos de salud durante un viaje a California. Llegué a Emergencia de uno de los hospitales más avanzados del mundo, el UCLA, y allí me cayeron como cinco médicos. Pasada la crisis, me indicaron que me hospitalizarían por uno o dos días para tenerme “en observación”; en ese momento, desapareció el ser humano y nació un número: el #619-1.

Pedía llamar a mi familia en Panamá y automáticamente me trataron como si fuera un niño de cuatro años: “no se puede”. Luego de una batería de exámenes y pasadas tres o cuatro horas, pedí hablar con un médico que me indicara los resultados, pero continuaron tratándome como si fuera un niño: “no se preocupe”. Así pasé la noche más larga de mi vida.

Por fin amaneció: 7:00 a.m., 8:00 a.m., 9:00 a.m. ¡20 horas hospitalizado sin poder ver a un médico! Finalmente se me subió el indio: a las 10:00 a.m. llamé a la enfermera y le dije: “tráigame un formulario de release (relevo de responsabilidad) para firmárselo, porque a las 11:00 a.m. me voy”. Comenzó entonces una corredera y a los 20 minutos apareció el médico, me examinó y me dio salida.

Me monté en un avión y salí huyendo para mi Panamá. Una vez aquí me puse en manos de un equipo médico de lujo. El Dr. Jaime Espinosa H., el Dr. Anastacio Almeijeira, el Dr. Jorge Motta B., el Dr. Daniel R. Pichel P. y el Dr. Sergio Solís. Me recomendaron hospitalización para hacerme unos exámenes invasivos necesarios. Al día siguiente llegué a Paitilla y allí me esperaba el Dr. Motta. Comenzando con la atención para la admisión, todas las enfermeras, las anestesiólogas -Dras. Helen de Pichel y Xiomara de Rovira-, camilleros, todos, absolutamente todos, me atendieron con un profesionalismo que, frente a los riesgos me llenó de confianza.

Cuando me estaban haciendo los procedimientos, me explicaban previamente cada movimiento para reducirme el nivel natural de terror que se siente ante lo desconocido, y todos mostraron una empatía personal que hizo que me sintiera rodeado por personas que, aparte de su ejercicio profesional, querían sinceramente que yo saliera bien librado. Y cuando así fue, celebraron el hecho conmigo y con mi familia.

El hospital, que tiene un ingrediente hotelero con la diferencia de que sus “huéspedes” están allí forzados por las circunstancias y con deseos de salir lo antes posible (lo cual los hace criticar ácidamente cualquier fallita), también estuvo muy, pero muy bien. La habitación limpia, con todo lo necesario; la comida a tiempo y de buena calidad, y el servicio humano y de primera.

Por eso, cuando otros enferman e inmediatamente miran hacia fuera, este “panameñito vida mía” no se mueve para ningún lado a menos que exista la necesidad de un procedimiento quirúrgico novedoso y de alto riesgo que haga necesario buscar a un cirujano con un volumen de casos atendidos imposible en nuestro pequeño país. Y solo lo haría por recomendación de mis médicos panameños. Para mí, Panamá; ¡no hay otra!

Pero, y siempre saco un pero, pregunté a mi equipo médico (algunos de los cuales también trabajan en el Seguro Social), ¿por qué, si tenemos los mejores médicos y el equipo adecuado, no podemos brindarle el mismo servicio que recibí yo en forma solidaria, a los que no pueden pagarlo? En el Seguro Social hoy tenemos un director honesto, con una profunda convicción solidaria y un deseo intenso de reducir la mora quirúrgica y mejorar dramáticamente la atención a los menos favorecidos. Entonces, ¿qué pasa?

La respuesta está en hacer uso de los quirófanos privados y las camas privadas, hoy en desuso, sin temor a la palabrita fea de la “privatización”, que es otra cosa. ¡Estamos hablando de vidas humanas!

Tenemos una presidenta y un director que jamás privatizarían el Seguro Social. Olviden la palabrita y piensen en esos panameños y panameñas desesperadas que hacen fila todos los días para lograr una cama o una intervención quirúrgica, y que deben esperar por meses.

¡Sí hay solución! Tenemos todo lo necesario: médicos de lujo, equipo adecuado, un director del Seguro Social de lujo y un exceso de salas quirúrgicas y de camas en el país. Solo falta el compromiso de hacer y con un calendario que se cumpla (si los que ocupan los puestos vitales no cumplen, que busquen otro trabajo).

Con la salud de un pueblo no se puede jugar. ¡Manos a la obra! Demostremos a todos los panameños todos los días, que para nosotros solo Panamá, ¡no hay otra!

El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana


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