Panamá, 14 de agosto de 2001
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El hilo conductor

Apenas llegan al poder, los políticos le pasan el borrador a la historia escrita por el gobierno anterior y estrenan una nueva

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Lo que nos falta no es el hilo musical, que ese sí lo tenemos, sino el hilo conductor, que no es igual. Este último es un hilo largo, apenas visible pero resistente, que entierra uno de sus cabos en el pasado y dirige el otro hacia el futuro. Hay gente, e incluso pueblos y naciones enteras, que tienen buen cuidado de no perderlo de vista, y mientras escriben su presente, se alimentan de la historia personal, esa que todos tenemos, o de la historia patria o de la universal, a fin de enmendar errores o sacar provecho de la experiencia.

El hilo conductor se nutre de la memoria. El equipaje del que echamos mano en este continuo caminar que es la vida. Una niñez desdichada, quizá, o feliz, quién sabe; los sueños propios o colectivos que fueron abriendo rutas nuevas; las pesadillas que torturaron noches o tiñeron de sangre épocas oscuras; lo aprendido; lo olvidado que dejó no obstante un poso de conciencia; nombres que tuvieron un significado; paisajes que configuraron un modo de ser; una madre; un padre; unos amigos; la paz; la guerra; un todo, en definitiva, que bien o mal asimilado constituye lo que ahora somos y que nos da un sentido de permanencia y de pertenencia.

Sin embargo, cuando el hilo del recuerdo se rompe, cuando la mente tiene espacios en blanco, el ser humano, los pueblos o las naciones tienden a llenarlos de elementos sustitutos, que nacidos de la necesidad o de la imaginación, desvirtúan lo que fue. Y el resultado es por fuerza engañoso.

Siempre se ha dicho que los panameños tenemos poca memoria. Que como frutos de varias razas y varias culturas, nos negamos a mirar atrás para evitar el dolor, la culpa o la reflexión, y que olvidamos con rapidez el pasado para zambullirnos en un presente que no sabemos de dónde salió, y encaminarnos después a un futuro que nadie ha planificado. Esta es la razón de la inestabilidad que nos caracteriza y que, mal que nos pese, se extiende a todos los ámbitos de nuestra existencia.

La familia es inestable porque a menudo el hombre (y a veces la mujer) olvida de la noche a la mañana que sintió amor y que hizo una promesa, y traslada amor y promesa a otros lares dejando a su paso las secuelas del abandono. La ciudad es una caótica colcha de retazos, en la que lo menos grave es que la carpa donde cantaban pastor y grey loas a la eternidad sea ahora y sin aviso previo una tienda de a 3 por 1. Y los ciudadanos somos inestables porque a menudo hoy ya no nos atrevemos a sustentar lo que defendimos ayer o, lo que es más grave, olvidamos la razón de la defensa. Y así, familia, ciudad y ciudadanos empezamos cada día una historia nueva, distinta a la anterior, sin visos de continuidad y sin raíz de la que nutrirse.

Nuestras gloriosas empresas privadas no quedan exentas del descalabro. Los empleados se quejan a menudo de que nadie da seguimiento a los temas expuestos en las múltiples reuniones que los aquejan, y que una y otra vez vuelven al tapete como si jamás se hubieran tratado. Prueba contundente de que jamás se les dio solución. Pero aun así, justo es reconocer que los que se llevan la palma en esto de lo discontinuo son los políticos.

Con cada amanecer, es decir, con cada nueva elección, le pasan el borrador a la historia escrita por el gobierno anterior y estrenan una nueva. Los proyectos quedan engavetados, los estudios olvidados, las reformas pendientes, las obras abandonadas y sin mantenimiento, y partiendo casi de cero, se inicia otro ciclo que destruye el anterior en un intento de demeritar la gestión que no fue suya, pero que tuvo alguna valía. Pareciera que el afán que mueve a nuestros políticos es hacer cortes en el hilo conductor de la patria, con el fin exclusivo de que consten tan solo en las actas de la historia los aciertos de su período de mandato. O lo que es más grave aún, los aciertos de algún ego hipertrofiado.

Ocurre, sin embargo, que la patria es la patria, no es un partido ni una alianza pegada con chicle y a la ligera, y la falta de continuidad condena a los países al fracaso. Cuando no se tiene una visión de destino común, los espacios en blanco no nos permiten conservar lo construido, sino que nos impulsan a dejar un reguero de destrucción sobre cuyos escombros se comienza una vez más. Como comienza el que olvida amores y promesas o el que defiende hoy lo contrario de lo que ayer defendía.

El hilo musical ya lo tenemos. A él nos aferramos en fiestas y en parrandas privadas u oficiales. Ahora nos queda buscar el hilo conductor del destino colectivo, ese que tiene un cabo enterrado en el pasado y que previa parada en el presente, se dirige hacia el futuro.

La autora es correctora de La Prensa


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