Panamá, 12 de agosto de 2001
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De todos mis enemigos el libro es el peor

Jorge Eduardo Ritter

Los escritores que vinieron a Panamá con motivo de la feria del libro no eran prófugos de la justicia. Sin embargo, el trato de delincuentes convictos que les dispensaron las autoridades parece indicar que escribir y publicar libros constituye, a los ojos de los gobernantes panameños, el más horrendo de los crímenes. Es lo único que explica que algunos de los escritores fueran recibidos con saña tan desproporcionada a la ofensa de escribir, que no se les permitió siquiera aclimatarse: fueron ultrajados al momento de ingresar a nuestro país y en el sitio mismo por donde entraron, o sea, en el aeropuerto de Tocumen. Bastó un solo acto de barbarie cultural para que algunos funcionarios lograran, al mismo tiempo, lastimar la dignidad de los invitados, frustrarles la ilusión de asistir por primera vez en Panamá a una feria del libro y, de paso, presentarnos como un país donde la lectura, lejos de estimularse, se persigue con eficacia y se castiga con rigor.

Oscar Godoy llegó a Panamá, desaprensivo y entusiasmado, el miércoles 1 de agosto —el día que se inauguraba la feria—, con un equipaje que, por inusual, fue objeto de una pesquisa exhaustiva y arrasadora. En lugar de cigarrillos, electrodomésticos y zapatos para la venta, que pasan las inspecciones sin mayores contratiempos, venía provisto de una mercancía que hasta hace poco no era considerada peligrosa ni prohibida: libros (para ser exacto, 35 ejemplares para obsequiar de su obra Duelo de miradas). Godoy no es un contrabandista, sino algo que en nuestro país ha resultado ser mucho más grave: escritor. Por confesar que lo era, y por traer un libro que a algún funcionario pudo parecerle subversivo (por aquello del duelo), Godoy pagó en Panamá un precio altísimo. Canalla, más bien.

Luego de llenar, obligado, varios formularios y de jurarles a los funcionarios que no pretendía defraudar al fisco ni vender libros en las calles, a Godoy lo sometieron a la insólita humillación de asignarle un custodio, que no se le despegó ni un instante en el trayecto del aeropuerto a Atlapa, como si cuidara a un delincuente cuya peligrosidad no admite pestañeos, ni treguas su vigilancia. Encima, lo obligaron a pagar el transporte y los viáticos de su carcelero. El Gobierno no encontró una manera mejor de cerciorarse de que a ese aventurero, que había corrido el riesgo casi mortal de viajar con libros, no se le fuera a ocurrir pararse en una esquina, o en una caseta del Corredor Sur, a vender, sin la licencia correspondiente, el material dañino que había osado introducir a Panamá (es de suponer que a esos funcionarios acuciosos que defendieron con tanto ahínco los intereses del Estado, les espera una felicitación, un aumento de sueldo, o por lo menos un lugar prominente en el próximo congreso del Partido Arnulfista para que puedan ver, en persona y de cerca, a sus copartidarios más connotados).

A pesar de los atropellos que padecieron quienes vinieron a envenenarnos con sus escritos, la feria del libro se desarrolló, más que con normalidad, con un éxito tan espectacular, que rebasó por mucho las expectativas más optimistas; las víctimas de las tropelías optaron por guardar silencio para no empañar el esfuerzo de quienes se habían sobrepuesto a innumerables adversidades para regalarnos una actividad tan digna como extraña en estos tiempos: sin cintas en la inauguración ni licor durante su desarrollo. El escaso apoyo oficial quedó plenamente compensado por el esfuerzo redoblado de sus promotores, el entusiasmo espontáneo de la gente y la benevolencia de los invitados, que prefirieron decir que comprendían lo ocurrido cuando todos sabemos que un hecho tan bochornoso no es comprensible. Ni mucho menos tolerable.

En Madrid las ferias del libro las inaugura el rey, y en las capitales latinoamericanas, los presidentes. Panamá se erigió en una excepción que poco honor nos hace: la presidenta Moscoso, que hasta entonces había cortado cinta en cuanto bazar, congreso, puente o baratillo se inaugurara, no encontró tiempo para asistir a la primera feria internacional del libro que se realizó en Panamá, y a la que viajaron expresamente una veintena de escritores —Sergio Ramírez Mercado y Germán Castro Caycedo, entre ellos— y el ex presidente de Costa Rica Rodrigo Carazo Odio (quien pudo constatar así, de primera mano, el odio que en nuestro país algunos les tienen a los libros). Ausencia tan notoria es lo que mejor ilustra la indiferencia oficial con la que se estrellaron una y otra vez los organizadores de la feria. Esa apatía y carencia de apoyo gubernamentales después se convirtieron, a juzgar por la odisea que vivió Godoy, en obstáculos oficiales para su realización. A pesar de lo cual los quijotes de la Cámara Panameña del Libro que se echaron encima el evento se salieron con las suyas. ¡Y de qué manera!

El autor es abogado y ex canciller

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