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Frontinos en la picota
Guillermo Sánchez Borbón
Hará un par de semanas hablé de lo que Sábato llamó “delincuencia semántica”, vicio elevado a norma por los regímenes totalitarios. Me referí con algún detenimiento a Dachau, sobre cuyas puertas de hierro habían desplegado en grandes letras góticas el lema de ese campo de concentración: “El trabajo libera”. Podría citar 100 ejemplos más del mismo tipo de delincuencia; pero siempre me contiene el recuerdo de que los panameños no podemos arrojar la primera piedra. Por ejemplo, Cárcel Modelo. Supongo que —recién construida— lo fue, pero cuando descendió a sucursal del infierno, se les olvidó bautizarla de nuevo. La población penitenciaria de Panamá, como la de todas partes, se ha multiplicado en forma exponencial. Un acto de sinceridad colectiva y de higiene espiritual sería cambiar todos estos nombres poéticos (Renacer, La Joya etc., que hoy suenan a chistes involuntarios) por otros más ceñidos a la realidad.
***Los panameños nos hemos especializado en pontificar sobre lo que ignoramos. Recuerdo que después del terremoto de Bocas del Toro del 91, todos quedamos hablando de placas tectónicas, de réplicas, de seísmos (en lugar del humilde sismo que hasta entonces nos había prestado tan buenos servicios). Ahora no puede uno sintonizar una televisora nacional, sin que nos agredan unos estreñidos terminales, que, poniendo cara de infinito sufrimiento, nos infieren la buena nueva del ahorro, o de la necesidad impostergable de invertir millones de dólares en la construcción de un nuevo acueducto y en restañar las fugas de agua. Meterle o no meterle mano al fondo fiduciario, tal es la cuestión, o quizá el círculo vicioso (según Ionesco, “se toma una circunferencia corriente y se acaricia y acaricia hasta convertirla en un círculo vicioso”). Yo no me voy a meter en esta discusión, porque no sé absolutamente nada de un asunto eminentemente técnico. Debemos cederles la palabra a los especialistas para que nos ilustren, si no es mucho pedir.
En un simposio de ILDEA sobre el agua, celebrado en enero del 99, un grupo de expertos la discutió con autoridad y claridad. Entiendo que ILDEA pronto publicará un folleto con las intervenciones de los ingenieros José Fierro y Nilson Espino y de los licenciados Stanley Heckadon y Luis D'Cross. A ese folleto debo remitir al lector. El Dr. Rodrigo Eisenmann presentó a los ponentes. De su discurso —que no tiene desperdicio—, voy a citar unos párrafos:
“Revisando un Scientific American, dedicado al origen de la técnica, nos encontramos con un interesante y muy pertinente artículo” sobre “la tecnología hidráulica durante el Imperio Romano” que describe “el sistema de acueductos en la Roma del siglo primero de la era cristiana. Recordemos nosotros que la población aproximada de esa ciudad” era entonces “de cerca de un millón de personas. En el año 97 d.C. tomó posesión” del cargo de “comisionado de aguas o director ejecutivo [del equivalente romano] del IDAAN, Sextus Julios Frontinos, quien había sido gobernador de Bretaña y autor de textos de agrimensura y técnicas militares”. “Durante siete años, hasta el momento de su muerte, trabajó incansablemente tratando de ordenar y hacer más eficaz la operación de esa empresa pública, descuidada y mal administrada por sus predecesores”. Recogió “sus experiencias en el libro Acuis Urbis, que sirvió de base al autor del artículo consultado por nosotros”.
“Roma contaba con nueve acueductos. El más viejo, Acua Apia, fue construido hacía 400 años. Los más recientes, Acua Clave y Anno Novo, tenían 50 años de estar operando (a veces sí, otras no). El agua la tomaban del Valle del río. Sextus tenía que construir, reparar y mantener más de 300 millas de canales superficiales y subterráneos. Nuestro flamante director Frontinos describió los problemas que impedían a los acueductos trabajar con eficiencia: 1) las filtraciones causadas por fallas estructurales y 2) el robo de agua. Todo ello causaba una sensible disminución en el volumen de agua que finalmente llegaba a los ciudadanos”.
Mientras releía esas palabras (escritas no por el actual director del IDAAN, sino por su remoto antepasado romano) me fue entrando una gran depresión. Verdaderamente no hay nada —ni siquiera los problemas— nuevo en nuestro mundo sublunar. Ya lo decía Platón: la ignorancia es hija del olvido.
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