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Es un mal que aqueja a este gobierno, no menos que a los
que le han precedido; afecta tanto a las finanzas públicas
como a la salud de la gente; y no importa la profesión
del funcionario en cuestión, porque todos son igualmente
propensos a guardarse para sí -o para el grupo del poder-
información sobre los asuntos públicos que es valiosa
para la ciudadanía. Ahí están los 56 millones que, independientemente
de la discusión sobre si debían o no ingresar al Fondo
Fiduciario, el Gobierno debió reportar al público en general
y, en vez de eso, prefirió mantenerse callado. Ahí está
también el informe de los altos niveles de plomo en la
sangre de los niños de la escuela de San Antonio en San
Miguelito, debido a la espantosa contaminación del aire
por las emisiones de los vehículos automotrices. Los funcionarios
del Ministerio de Salud que en 1997 conocieron el informe
decidieron engavetarlo, sabiendo las graves consecuencias
que este tipo de polución trae para el desarrollo de los
niños. Aunque ellos no hubieran podido hacer nada de inmediato,
su deber era pasar esta información a sus superiores y
a la comunidad para que entre todos se hiciera algo al
respecto. Ningún político se atreve a comprometerse seriamente,
pero este país necesita que la información pública sea
de libre acceso para todos sus ciudadanos.
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