Panamá, 8 de agosto de 2001
RESEÑA
RAICES
RECETAS
HOY EN LA RED
PORTADAS DEL DÍA
REPORTAJES ESPECIALES
DIRECTORIO DE
E-MAIL
TITULARES POR
E-MAIL
EDICIONES ANTERIORES
¿QUIENES SOMOS?
TRANSPORTE
EMPLEOS
SERVICIOS
ANUNCIOS VARIOS
BIENES RAICES
ALQUILER
VENTA
ARTÍCULOS VARIOS
FINANZAS
JUDICIALES

 

   
 

La feria de los conjuros

En los vestíbulos de ATLAPA, del primero al cinco de agosto, los libros parecían colgar de árboles

Ernesto Endara

¿Quién podría adivinar de qué varita salió el toque mágico que movió a las multitudes a asistir a la V Feria Internacional del Libro? Las respuestas podrían ser tan variadas como las que recibió el profesor Salvat cuando una nublada mañana de mayo de 1950, en el salón de Física, nos preguntó: “¿por qué un mango se cae del árbol?”. De una vez comenzaron a llover las respuestas: “porque está maduro”. “Porque lo tumban con piedras o palos”. “Porque un hombre fuerte sacudió sus ramas”. “Porque sopló un viento huracanado”. “Porque creció mucho y la rama ya no pudo con él”. “Por efecto de la fuerza de gravedad” (dijo uno y recibió una sonrisa aprobatoria del profe, aunque siguió esperando y recibiendo más respuestas). Finalmente, don Luis Salvat, con su mirada glauca, hizo un paneo de todo el salón y añadió con aire misterioso: “se les olvidó anotar que debajo del árbol muy bien podría haber estado un niño mirando el fruto y al desearlo intensamente, el mango se cayó. La fuerza del deseo no está registrada en la Física, y sin embargo es”, concluyó.

Esa última frase la absorbí para siempre en mi siempre sediento coco. Recordé que de niño miré con mucho deseo La isla del tesoro, de R. L. Stevenson y nunca rompió la vidriera para saltar a mis manos. Por supuesto que no iba a hacerlo, la vidriera de una librería no es un árbol. Tal vez si los libros crecieran en árboles... Pues bien, en los vestíbulos de ATLAPA, del primero al cinco de agosto, los libros parecían colgar de árboles.

En una feria —reunión festiva de compradores y vendedores—, los precios de los productos caen, o al menos bajan. La rebaja de precios es una tentación tanto para niños que van tras un confite como para mayores que van tras un carro.

En la V Feria Internacional del Libro, además del atractivo de encontrar libros sumamente baratos, se ligaron varios conjuros: que ATLAPA tiene un duende magnético que atrae y atrae a todo el mundo con fuerza irresistible. Que tres mujeres (Rosa Ma. Britton, María Majela Brenes y Priscilla Delgado) hicieron derroche de un vigor exuberante y una infatigable actividad cargando sobre sus cabezas, como si fuesen solamente un rebozo o una pamela, las toneladas de responsabilidades que significaba la organización de la Feria y cumplieron más allá de lo pactado. Que el saludable lema de la Feria “Leer es vivir” fue capaz de convencer a muchos indiferentes de que en verdad se estaban perdiendo algo de la vida si no abrían un libro. Que la palabra “feria” es un toque de llamada, un redoble de fiesta, una proclama de alegría, una añoranza del pasado, una cita del “yo” con el “nosotros” y con los “ellos”. Que tuvimos invitados extranjeros y nacionales de alto calibre literario que autografiaban sus libros y nos hablaban de sus obras y nos enseñaban sus técnicas. Que la publicidad no sólo fue de buen gusto sino convincente y bonita.

De último he dejado el hechizo que me parece el más poderoso, y el que más deseo que sea el verdadero causante del portentoso éxito de la Feria: el ahora indiscutible derecho a decir que el panameño lee.

Algo salió mal en la incubadora de mi buena suerte porque, precisamente un día antes de la inauguración de la Feria, me cayó el aliento de la Orla y comencé a toser como no lo hacía ni en mis peores tiempos de fumador. Con todo y eso, pude cumplir con los tres compromisos que adquirí con la doctora Britton: una mesa redonda sobre dramaturgia y puesta en escena, que compartí con Raúl Leis, Eugenio Fernández y Edwin Cedeño; periodismo o crónica literaria, donde participé al lado de Carlos Cortés, Jorge Consuegra y Daniel Domínguez; y, por último, pude presentar el libro La rebelión de los poetas, de mi amigo Jorge Thomas.

Y menciono la gripe, porque ese fue otro conjuro benéfico de la Feria: mientras estuve en sus predios no se me escapó ni una sola tos de jirafa atorada -que tanto desvela a mi vecino-; ni se me humedecieron de más las napias.

Para mí resultó vivificante la sensación de verme rodeado de gente que pululaba por los estrechos corredores en un delirio de libros. Y lo mejor fue que, al suave contacto del primer libro que compré: Caprichos, de Ramón Gómez de la Serna, la magia literaria de uno de los párrafos que leí, se llevó la trituradora de mi dolorcillo de cabeza y la lanzó en la desembocadura del Matasnillo.

El autor es escritor

Además en opinión

 
.