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La ciencia política, como todas las que se ocupan
de asuntos sociológicos, tiene pocas certezas, pero una
de ellas es que esa organización política que hemos denominado
Estado, abarca cada vez ámbitos geográficos y demográficos
más amplios. Por alguna razón, que la razón no puede explicar,
Panamá invierte esa constante y navega contra la corriente
en una suerte de esfuerzo por atomizar el país en lugar
de unificarlo. Las etnias indígenas se consideran casi
repúblicas independientes, con leyes y sanciones propias,
completamente ajenas a lo que establece el derecho positivo
panameño; los municipios hacen lo que les viene en gana;
el acceso a las playas lo gravan con tasas, contribuciones
o impuestos -como quieran llamarlo- e incluso se ha llegado
al extremo de no permitir la entrada a un pueblo si no
se paga una especie de peaje, como ocurrió algunos años
atrás en El Valle. Una maestra fue castigada, en Kuna
Yala, con azotes de ortiga y otros fueron retenidos por
no pagar un impuesto arbitrario. Aparentemente ni ellos,
ni las autoridades, han leído el artículo 48 de la Constitución
vigente, según el cual, “nadie está obligado a pagar contribución
ni impuesto que no estuvieren legalmente establecidos
y cuya cobranza no se hiciere en la forma prescrita por
las leyes”. Hemos dado un salto atávico al feudalismo.
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