Documentos
para la descontaminación
Una nueva publicación aporta más sustento al reclamo panameño
por la limpieza de los antiguos campos de tiro y bombardeo en
las áreas revertidas.
ARISTIDES CAJAR PAEZ
acajar@prensa.com
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| Polígono
de tiro de Piña. La controversia por los campos de tiro y
bombardeo sigue sin solución a la vista. |
El
tema de la descontaminación de las áreas de tiro y bombardeo en
las antiguas bases militares estadounidenses en Panamá se mantiene
en suspenso. Pero mientras el Gobierno panameño ha confiado el
futuro del asunto a la realización de un arbitraje internacional,
siguen apareciendo documentos que fortalecen la posición panameña.
Este es el caso del breve libro La responsabilidad de los Estados
Unidos por la contaminación ambiental de Panamá, de Jorge Illueca,
editado el año pasado pero que ahora se encuentra en circulación
en distintas librerías y puestos de libros de distintos establecimientos
comerciales del país.
Los datos y las observaciones de esta publicación tienen su origen
en la exposición hecha el 19 de junio de 2000, ante la XXXVI conferencia
de la Federación Interamericana de Abogados, reunida en Panamá.
El valor del documento radica fundamentalmente en que es una sustentación
temática, principalmente jurídica, del justo reclamo de Panamá
ante la reiterada negativa de Estados Unidos a reconocer que todavía
tiene responsabilidades pendientes con Panamá.
Según señala Illueca, “ es una realidad incuestionable que en
los campos de tiro empleados en Panam´´a por las fuerzas norteamericanas,
se han puesto a prueba materiales químicos tóxicos y que casi
todas las armas no nucleares utilizadas desde el siglo pasado,
incluidos el napalm, el agente naranja, el gas mostaza y otros
tóxicos químicos, han sido objeto de pruebas en Panamá con la
consiguiente contaminación y perjuicios para el país”.
En una vasta extensión que comprende más de las 3 mil 175 hectáreas
que en 1999 Estados Unidos le entregó a Panamá, “aceptando estar
contaminadas”, dice Illueca, “hay sobradas evidencias de que existen
campos de tiro que han sido usados desde inicios del siglo XX
hasta nuestros días para entrenar a personal militar norteamericano
en el manejo de armas y otras actividades”.
Una gestión frustrante
Una de las partes fundamentales del libro es la sistematización
y resumen de la abundante documentación que recopiló durante su
gestión como co-presidente del Grupo de Trabajo Conjunto Estados
Unidos-Panamá para la limpieza de los polígonos, Fernando Manfredo,
quien relata las amargas experiencias que vivió en este organismo,
al no poder llegar a un entendimiento con los estadounidenses
sobre el asunto.
“Nos enfrentamos, afirma Manfredo, a la actitud agresiva y ofensiva
del co-presidente estadounidense”. Su primer planteamiento fue
que la remoción de las amenazas (residuos contaminados) estaba
vinculada al calor de las relaciones entre Panamá y los Estados
Unidos, señalando que en esos momentos no eran buenas. En esos
días el Gobierno de Panamá había rechazado las pretensiones de
Estados Unidos de operar una base militar disfrazadas con el nombre
Centro Multilateral Antidrogas (CMA).
Según Manfredo, citado por Illueca, “otros planteamientos eran
que debíamos referirmos al tratado Torrijos-Carter y buscar soluciones
prácticas que fueran el resultado de una negociación donde habría
concesiones recíprocas, porque ellos no iban jamás a aceptar que
tenían responsabilidades residuales post-tratado, y para ello
se apoyarían en la cláusula del tratado que señalaba que la remoción
de las amenazas se realizaría hasta donde sea viable”.
La frase “hasta donde sea viable”, interpretándola unilateralmente,
dice el ex negociador, “la condicionaron a factores tales como:
accesibilidad, protección al medio ambiente natural, seguridad
de las personas encargadas de los trabajos de detección y remoción
de las amenazas, tiempo y costo. Ellos mismos establecieron los
criterios para medir estos factores”.
Sí se puede descontaminar
Los estadounidenses plantearon que respecto a la accesibilidad
de los sitios afectados, no podía trabajarse en áreas que tuviesen
una inclinación mayor de 25%. “De nada sirvió probarles que en
la isla Kaho's Olave en Hawaii, que fue utilizada al igual que
en Panamá para práctica y prueba de municiones, explosivos y bombardeo,
en estos momentos un contratista particular realiza la detección
y remoción en gradientes de más de 40%”, dice Manfredo.
En el caso de daños al medio ambiente natural, señalaron que si
en opinión de ellos el daño fuera mayor, no era viable la detección
y remoción de las amenazas, porque habría necesidad de talar los
bosques y remover toda la vegetación causando un daño mayor. Comenta
Manfredo que “de nada sirvió que le comprobásemos que en esos
momentos se realiza la detección de amenazas en las áreas de lo
que fue el campo de tiro de Fort Ord, Monterrey, California, donde
se han buscado la tecnología y los métodos para conservar el bosque
chaparral y la vida silvestre que se quiere proteger sin causar
mayor daño al medio ambiente natural”.
En cuanto al factor de tiempo, los estadounidenses señalaban que
se requerirían 10 años para la remoción de las amenazas, pero
que al mismo tiempo tenían la responsabilidad de la defensa del
Canal, para lo cual era necesario continuar con las prácticas
de tiro y de bombardeo que no fueron suspendidas hasta mediados
de 1998. Rechazaron el argumento panameño de que la remoción de
las amenazas prevalecía sobre los derechos de uso de los campos
de tiro.
“Desde el principio nos entregaron lo que denominaron Plan para
la Transferencia de los Campos de Tiro y se resistieron a que
se le diera el nombre de Plan para la Remoción de las Amenazas
a la Vida, Salud y Seguridad Humana en los Campos de Tiro y Bombardeo”,
cuenta el ex funcionario.
Manifiesta que a los estadounidenses “se les explicó que no era
un problema de semántica. Una cosa es un plan de remoción de amenazas
en un campo de tiro o de bombardeo que va a continuar con ese
uso y otra es la remoción de las amenazas en un campo de tiro
y bombardeo que se cierra y se le va a dar a esas tierras un uso
civil”.
Según Manfredo, los norteamericanos ignoraron el planteamiento
panameño de que las amenazas no eran solamente los explosivos
no detonados, sino también las derivadas de la contaminación de
las aguas subterráneas con la descomposición de los metales de
las municiones y bombas, así como los compuestos químicos que
normalmente se utilizan en su manufactura. “No aceptaron realizar
la perforación de pozos a la distancia y la profundidad que aconsejan
las normas internacionales”, agrega.
Un estudio para la estimación de la localización de las amenazas,
la naturaleza y densidad de las mismas, asignado por el Departamento
de Defensa de Estados Unidos a una empresa privada, concluyó que
el mismo no pudo ser realizado en la forma que era necesaria por
carecer de los datos históricos. El Comando Sur les había dicho
que, como práctica, esos registros se destruían cada tres años
y que se habían perdido muchos de ellos durante la invasión de
Panamá el 20 de diciembre de 1989.
La falta de documentación no le permitió a la empresa determinar
el posible uso de armas químicas y la existencia bajo tierra de
estas armas, aun cuando pudieron localizar mapas donde se mencionaban
áreas “para prácticas de armas químicas, biológicas y radioactivas”.
Un documento solicitado por Panamá titulado US Army Suspected
Chemical Weapons Burial Sites, “nunca nos fue entregado a pesar
de las múltipes promesas. Tampoco se pudo obtener a través del
Freedom or Information Act”, dice el ex negociador.
Cuenta que a la parte panameña se le ofreció “acceso a los archivos
del Centro de Pruebas Tropicales (Tropical Test Center). Luego
se nos dijo que nos entregarían unos compactos con toda la información.
Sin embargo, lo que nos entregaron no cubría los años que más
nos interesaban, faltaban muchos documentos”.
Michael Short, experto de la empresa EOD Technology, contratista
del Departamento de Defensa para los trabajos de remoción de amenazas,
al final de los trabajos, declaró en Estados Unidos que “todas
las áreas podían ser objeto de caracterización, detección y remoción
de amenazas. Todo era cuestión de tiempo y costo”.
“Eso mismo me dijo Short a mí personalmente en Panamá -expresa
Manfredo-. Señalando que lo más difícil sería un 25% del área
de Piña por lo escarpado del terreno. También afirmó que no era
necesario derribar los árboles grandes porque lo que se necesitaba
era remover la vegetación a flor de suelo para colocar magnetómetros,
y que esa vegetación se renovaba muy rápidamente por los suelos
y el régimen de lluvias de Panamá”.
Curiosamente en el plan de transferencias de los Campos de Tiro
se señalaba que se necesitaban varios años para la recuperación
de esa vegetación.
El plan presentado por la parte norteamericana establecía cuatro
tipos de medidas para la remoción de las amenazas: barrido del
área, que consistía en una caminata de parte de personal militar
en las áreas accesibles para identificar amenazas inminentes y
sustanciales en la superficie. Limpieza superficial. Remoción
del subsuelo a una profundidad de uno a cuatro pies, pero sólo
en las áreas que necesitaría la [antigua] Comisión del Canal de
Panamá para el ensanche del Corte Culebra, siempre y cuando que
no se trate de suelos duros o suelos de arcilla duros. Control
y mantenimiento mediante avisos de peligro y construcción de barreras
en las áreas de impacto, donde ellos consideraban que no era viable
la detección y también que la remoción de las amenazas no era
viable.
Por contención y control querían decir impedir el acceso de personas
a esas áreas. Sostenían que como los explosivos no estallan solos
y se necesita que sean molestados por personas, si se contenía
y controlaba el acceso al área eso equivalía a remover la amenaza.
Panamá planteó que las medidas de contención y control en todas
partes del mundo no eran sino medidas temporales mientras se realizaba
la remoción de las amenazas. “Ni siquiera quisieron aceptar que
con las medidas de avisos y barreras se incluyese la construcción
de cercas”, revela Manfredo.
La propuesta panameña de que se cumpliese con el Tratado del Canal
de Panamá de realizar un estudio de impacto ambiental que fuese
el que determinase cuáles serían los daños mayores al medio ambiente
de los trabajos de detección y remoción y que al mismo tiempo
recomendase las medidas para evitarlos o, de no ser posible, lograr
mitigarlos, fue rechazada.
De igual forma, la propuesta panameña de que la controversia de
si era o no viable la remoción de amenaza fuese dirimida haciendo
una convocatoria a nivel mundial a la empresa privada para la
realización de esos trabajos, fue rechazada, a pesar de que “les
comprobamos que en los propios Estados Unidos el Departamento
de Defensa contrata con la empresa privada esos trabajos”, relata
Manfredo.
En opinión de la firma Phase Linear Technology, integrada por
expertos de EOD Technology con experiencia en el área del Corte
Culebra, es viable lograr un 100% en la remoción de amenazas en
Emperador y el lado oeste del Canal, y por lo menos el 75% en
Piña. El otro 25% ubicado en las áreas más empinadas, es susceptible
de limpiarse a un costo mayor.
Además de todas las consideraciones de Manfredo, Illueca aporta
en su libro otros elementos de derecho internacional que demuestran
hasta qué punto Estados Unidos ha evitado cumplir con sus responsabilidades
ambientales.
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