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Desapego y la lucha por el Reino
Rómulo Emiliani
He entrado en un nivel de desapego evangélico profundo que comenzó con los Ejercicios Espirituales de un mes de San Ignacio en total silencio, realizados el año pasado en El Salvador. Empecé a sentir “la indiferencia” que da el Señor a valorar títulos y honores. Luego en Estados Unidos volví a experimentar la rabia ante tanta ceguera sobre el conflicto que vive el Darién. La pasión por combatir esto me llevó a buscar más información y a guardarla en un lugar seguro y que solo sería puesta a la luz pública en caso de muerte. He pensado destruir todo, ya que no me compete hacer de investigador o juez.
El proceso espiritual seguía su curso como semilla que crece en tierra abonada, pero tenía que limpiarse más de la mala hierba. El Señor iba trabajando en mí y yo poco a poco ingresaba a profundidades espirituales nuevas, pero mi corazón seguía latiendo con furia ante ciertas realidades. En una tercera fase ingresé a un Centro de Espiritualidad y Renovación Integral donde hice un trabajo exhaustivo sobre mi ser, que me ha hecho vivir el desapego evangélico intensamente. El volcán de ira que había en mí ha ido calmándose y ahora creo que solo el evangelio predicado y practicado cambiará al mundo.
No me arrepiento de lo que he hecho en mi patria para combatir la violencia y la maldad, pero ya he ingresado a otro nivel espiritual. Me apasiona la espiritualidad de Gandhi y Luther King y el comportamiento de Francisco de Asís; la vida de este santo es importante en mi proceso de transformación. Creo en el amor y la reconciliación y que solo cambiando nosotros cambiará el mundo. Aquí hay uno que lo está intentando hacer y sinceramente, estoy en eso. Solo el poder de Dios hará el cambio y Él quiere instrumentos dóciles de su paz.
Comprendí que yo ya no tenía control sobre nada del mundo exterior y trabajé donde sí tengo control, en mi propio ser. Antes vivía haciendo juicios y una ira muchas veces disimulada actuaba en mí. He corregido mucho esto, pero sigo temiéndome y vigilándome. He puesto ante el Señor mi vida, la que he ido purificando gracias al Espíritu del Señor. El ayuno, la disciplina, la oración y el estudio han sido claves en esta fase.
No me había dado cuenta hasta la entrevista de televisión que me hicieron que estaba “tan flaco” como se ha dicho en Panamá; pero un día al verme fijamente en el espejo me dije: “después de todo, tienen razón”. Pero no hay enfermedad como alguien ha dicho; me siento muy bien físicamente. Antes sí estaba enfermo emocionalmente. El ayuno, la oración y la meditación sanan interiormente. La pasión por defender al pueblo me llevó a dar rienda suelta a una “noble” ira inteligentemente usada. La actitud era positiva en defensa de mi pueblo, pero mi deseo era pelear y vencer, aun sin querer hacer daño a nadie. Ahora experimento un desapego de todo con mucha paz. No es depresión sino una indiferencia a puestos, poder, autoridad e influencia. Si viera claro que la voluntad de Dios es que no continúe en Darién, que amo con toda mi alma, para trabajar en otra parte, lo haría. Si se me dice: “Es voluntad de Dios que vuelva mañana a Darién, iría corriendo”. No tengo apego a ningún puesto de autoridad.
Están buscando firmas para mandar a Roma para que retorne a Panamá, pero el Vaticano conoce mi trabajo y no creo necesiten esa carta. Obedezco como siempre lo he hecho. Esas firmas solo interesarían para confirmar un trabajo en las asociaciones que he fundado y a la importancia que tiene el Darién y la labor realizada allí. Si eso ayuda a resaltar a esas entidades, que firme quien quiera, pero por mí no vale la pena. Soy un instrumento pasajero y he servido como piedra en la construcción del edificio del Reino, pero la única piedra fundamental es Jesucristo. Ningún líder es imprescindible y cada uno tiene su tiempo dado al Señor... ni un día más. Lo otro puede convertirse en idolatrías. Pero sigo amando con pasión a Panamá y siento orgullo y dolor por mi Patria. Soy panameño de corazón entero.
El autor es arzobispo de Darién
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