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La escalera estrecha
Guillermo
Sánchez Borbón
Por lo visto —por los vientos que soplan y los nombres que suenan—,
algunos creen que el mejor título para ser candidato a la Presidencia
de la República es haber sido un mal ministro.
Para empezar —y lo mismo vale para los gabinetes de los dos grandes
partidos— no debieron llegar tan lejos, no debieron iniciar su
carrera por donde, en tiempos normales, la mayoría de los políticos
culminaban la suya. En aquel entonces, se iniciaban en los peldaños
inferiores e iban subiendo, lentamente, a lo largo de un período
de muchos años, en el curso de los cuales adquirían conocimientos
y experiencia, templando su carácter en la adversidad y en el
triunfo antes de poder pasar a los siguientes escalones. Casi
todos se conformaban con llegar a ministros; hombres y mujeres
realistas, a ninguno de ellos se les ocurría siquiera aventurarse
por la estrecha escalera de caracol que desemboca en la cima reservada
a unos privilegiados: los que tenían ese misterioso don que se
llama “habilidad política”, sumado a ese otro, aun más misterioso,
que se conoce como carisma —término tomado en préstamo a la teología—,
cada vez más raros entre nosotros. Pero por muchas que fuesen
sus dotes naturales, el político debía recorrer el mismo camino,
el camino que habiendo partido de las municipalidades, pasa por
todas las ramas de la administración pública y de las relaciones
internacionales. Es el caso de ese político extraordinario que
fue Enrique A. Jiménez, el último gran líder del liberalismo.
En cambio, Lakas no tenía más méritos que su experiencia de constructor
y su raudo paso por la Caja de Seguro Social. Fue catapultado
a la Presidencia por Torrijos, que así le agradeció su lealtad
en diciembre del 69. Pudo salir adelante porque la férrea dictadura
impidió que se manifestara públicamente el disgusto popular. Royo
ascendió directamente del limbo político al Ministerio de Educación,
y de ahí saltó al palacio de las garzas, con las tristes consecuencias
que todos recordamos. Fue seguido por una serie de figuras desvaídas.
Ninguno de ellos ejercía realmente el mando; lo ostentaban por
delegación. Como ya estábamos en el precario veranillo democrático,
los militares usaban a los presidentes de a dedo como chivos expiatorios
de sus errores. Todas sus metidas de pata se las cargaban a la
cuenta de sus instrumentos civiles.
Uno de los duraderos males que nos dejó el llamado proceso fue
haber roto la continuidad política de Panamá. Después del 11 de
octubre, y en vista del vacío que les hicieron los partidos, los
militares gobernaron con medianías desencantadas de la democracia
(porque en ella no pudieron destacarse y medrar), que durante
21 años fueron peloteados de ministerio a ministerio y de institución
autónoma a institución autónoma. Los panameños de a pie se limitaron
a seguir sus maromas desde lejos. Los jóvenes inteligentes, con
vocación de servicio al país, que hubieran podido hacer carrera
política, quedaron excluidos. Ellos hubieran sido la reserva lógica
para ir renovando los cuadros gubernamentales retirados por la
vejez o la muerte. Pero como no había espacio para ellos en la
política, se dedicaron a otros menesteres (crematísticos, profesionales),
en los que sobresalieron. El país pagó cara su frustración.
Al volver la libertad, nos encontramos ante una situación anómala.
Ninguno de los hombres que integraron el primer gobierno de la
democracia tenía la menor experiencia administrativa, ni idea
de las posibilidades y limitaciones del poder. El presidente Endara
nos confesó que si no hubiera sido por Chinchorro Carles (político
veterano que había sido dos veces ministro) no hubieran podido
gobernar. Una de las manifestaciones más grotescas de esa inexperiencia
fueron las polémicas públicas entre los funcionarios de las distintas
tendencias que convivían dentro del Gobierno, diferencias que
políticos expertos hubieran ventilado (y resuelto) en la intimidad
del Gobierno, sin permitir que trascendieran. Dieron una impresión,
falsa (porque en ese período se hicieron cosas extremadamente
importantes para el país) de incompetencia y de confusión.
Los hombres de ese gobierno, aunque bisoños, eran inteligentes
y por eso pudieron salir adelante. Esa inteligencia es la que
echa uno en falta en el gobierno actual. Los golpes y tropezones
sirven para que los novatos talentosos aprendan a corregir el
rumbo. El que, para empezar, carece de inteligencia, puede estar
20 años en el poder, que al cabo de ellos no será más ducho en
el arte de gobernar que cuando estaba en el peladero.
Además en opinión
El turismo, la mejor alternativa: Rosa M. de Valdés
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Desapego y la lucha por el Reino: Rómulo Emiliani
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