Panamá, 5 de agosto de 2001
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La escalera estrecha

Guillermo Sánchez Borbón

Por lo visto —por los vientos que soplan y los nombres que suenan—, algunos creen que el mejor título para ser candidato a la Presidencia de la República es haber sido un mal ministro.

Para empezar —y lo mismo vale para los gabinetes de los dos grandes partidos— no debieron llegar tan lejos, no debieron iniciar su carrera por donde, en tiempos normales, la mayoría de los políticos culminaban la suya. En aquel entonces, se iniciaban en los peldaños inferiores e iban subiendo, lentamente, a lo largo de un período de muchos años, en el curso de los cuales adquirían conocimientos y experiencia, templando su carácter en la adversidad y en el triunfo antes de poder pasar a los siguientes escalones. Casi todos se conformaban con llegar a ministros; hombres y mujeres realistas, a ninguno de ellos se les ocurría siquiera aventurarse por la estrecha escalera de caracol que desemboca en la cima reservada a unos privilegiados: los que tenían ese misterioso don que se llama “habilidad política”, sumado a ese otro, aun más misterioso, que se conoce como carisma —término tomado en préstamo a la teología—, cada vez más raros entre nosotros. Pero por muchas que fuesen sus dotes naturales, el político debía recorrer el mismo camino, el camino que habiendo partido de las municipalidades, pasa por todas las ramas de la administración pública y de las relaciones internacionales. Es el caso de ese político extraordinario que fue Enrique A. Jiménez, el último gran líder del liberalismo.

En cambio, Lakas no tenía más méritos que su experiencia de constructor y su raudo paso por la Caja de Seguro Social. Fue catapultado a la Presidencia por Torrijos, que así le agradeció su lealtad en diciembre del 69. Pudo salir adelante porque la férrea dictadura impidió que se manifestara públicamente el disgusto popular. Royo ascendió directamente del limbo político al Ministerio de Educación, y de ahí saltó al palacio de las garzas, con las tristes consecuencias que todos recordamos. Fue seguido por una serie de figuras desvaídas. Ninguno de ellos ejercía realmente el mando; lo ostentaban por delegación. Como ya estábamos en el precario veranillo democrático, los militares usaban a los presidentes de a dedo como chivos expiatorios de sus errores. Todas sus metidas de pata se las cargaban a la cuenta de sus instrumentos civiles.

Uno de los duraderos males que nos dejó el llamado proceso fue haber roto la continuidad política de Panamá. Después del 11 de octubre, y en vista del vacío que les hicieron los partidos, los militares gobernaron con medianías desencantadas de la democracia (porque en ella no pudieron destacarse y medrar), que durante 21 años fueron peloteados de ministerio a ministerio y de institución autónoma a institución autónoma. Los panameños de a pie se limitaron a seguir sus maromas desde lejos. Los jóvenes inteligentes, con vocación de servicio al país, que hubieran podido hacer carrera política, quedaron excluidos. Ellos hubieran sido la reserva lógica para ir renovando los cuadros gubernamentales retirados por la vejez o la muerte. Pero como no había espacio para ellos en la política, se dedicaron a otros menesteres (crematísticos, profesionales), en los que sobresalieron. El país pagó cara su frustración.

Al volver la libertad, nos encontramos ante una situación anómala. Ninguno de los hombres que integraron el primer gobierno de la democracia tenía la menor experiencia administrativa, ni idea de las posibilidades y limitaciones del poder. El presidente Endara nos confesó que si no hubiera sido por Chinchorro Carles (político veterano que había sido dos veces ministro) no hubieran podido gobernar. Una de las manifestaciones más grotescas de esa inexperiencia fueron las polémicas públicas entre los funcionarios de las distintas tendencias que convivían dentro del Gobierno, diferencias que políticos expertos hubieran ventilado (y resuelto) en la intimidad del Gobierno, sin permitir que trascendieran. Dieron una impresión, falsa (porque en ese período se hicieron cosas extremadamente importantes para el país) de incompetencia y de confusión.

Los hombres de ese gobierno, aunque bisoños, eran inteligentes y por eso pudieron salir adelante. Esa inteligencia es la que echa uno en falta en el gobierno actual. Los golpes y tropezones sirven para que los novatos talentosos aprendan a corregir el rumbo. El que, para empezar, carece de inteligencia, puede estar 20 años en el poder, que al cabo de ellos no será más ducho en el arte de gobernar que cuando estaba en el peladero.


Además en opinión

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