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De Panamá a Génova
Para algunos es fácil sucumbir ante el que dice o hace cosas
inteligentes. Para otros lo sencillo es vivir de espaldas al mundo
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
A veces envidio a los retrógrados. A los que anclados en ideas
fijas, no conceden a otros el crédito que sus ideas nuevas merecen.
Y envidio también a los escépticos, a aquellos que no creen en
nada ni en nadie y parecen estar vacunados contra idealismos y
sueños. De ambos grupos me asombra su rapidez de juicio, y su
capacidad para condenar las ideas ajenas con la vara de un mismo
rasero. Y me asombra especialmente ese gesto de sabelotodo con
que ponen en duda la inteligencia, la bondad o la intención del
que se atreve a ir contra corriente.
Si los envidio es porque sucumbo con facilidad al encanto del
que dice o hace cosas inteligentes, y cincuentona que soy, no
he aprendido aún a guardarme de la decepción ni a curarme de los
desengaños. Si fuera conservadora y descreída no correría tantos
riesgos emocionales, y menos intelectuales; el mundo estaría hecho
al tamaño de mi cuerpo, y no sentiría ya el aguijón del entusiasmo,
ni la punzada de la crítica, ni el perenne anhelo de un mundo
más libre y más sabio. Y si estuviera de vuelta del bien y del
mal, habría logrado acallar la rebeldía, ese resorte que salta
ante lo convencional, lo adocenado, lo injusto o lo estúpido,
que tantos quebraderos de cabeza suele dar y que tantas antipatías
acarrea.
Así, por ejemplo, me subleva que en esta sociedad nuestra, tan
pacata y moralista, se tilde de nazi o de cuasi promotor de un
nuevo holocausto a alguien que ose hablar de la desgracia de ser
pobre o de la conveniencia de que mujeres humildes opten por la
esterilización a fin de no condenar a la miseria a más niños de
los dos o tres que ya tienen. Porque si además y por casualidad,
el que propone tal solución (que por otra parte no es precisamente
nueva en el mundo), resulta ser una persona informada, y para
colmo bien plantada, las críticas de los que no están dispuestos
a que nadie sobresalga ni un palmo por encima de su estatura pueden
ser demoledoras.
Solo conozco por referencias al Dr. Javier Sáez-Llorens, por referencias
y por sus artículos, y si por algo me veo en la obligación de
demostrarle en público mi apoyo, es porque en su último artículo
(La Prensa, lunes 23 de julio), en el que responde a los ataques
del Sr. Pezotti, de la señora Grifo y del padre Arocena, hace
gala de una elegante paciencia y abunda, para aquellos que no
supieron leer entre líneas, en la naturaleza de sus opiniones.
Justo es reconocer que hay gente que necesita, para entender,
de muchos detalles, pero, por otra parte, es evidente que el afán
pedagógico de Sáez-Llorens no está cayendo en terreno baldío.
Algo semejante ha sucedido con los comentarios sobre la conducta
de los jóvenes que participaron en el Festival de la Juventud.
Resulta ser que en una sociedad tan hedonista y superficial como
la nuestra ha sido motivo de escándalo que los muchachos bebieran,
fumaran —horror de horrores— o se desentendieran de candentes
problemas sociales, y no han faltado los que afirman que la juventud
entera está perdida y que pocos valen moralmente un gramo de su
peso. ¿Y es que acaso nuestros hijos rezan el rosario los fines
de semana en la discoteca?
Sin embargo, pocas son las personas que han condenado las terribles
palizas que otros jóvenes, opuestos a la globalización y al capitalismo,
han recibido de la policía italiana en Génova. Todo parece indicar
que como el sistema comunista fue un fracaso, hay que matar al
socialismo como sueño, y para ello basta con encogerse de hombros
y tildar a estos jóvenes como “profesionales” de la protesta para
zanjar con tranquilidad la cuestión.
Total, el que todo se lo sabe, no necesita saber más, y de poco
les servirá a retrógrados y escépticos conocer que prestigiosos
intelectuales como Ignacio Ramonet, Susane George y Ralph Nader
han sustentado el movimiento con sus estudios e investigaciones
sobre el capitalismo, la globalización y la pobreza (volvemos
al mismo punto), o que activistas como Diane Matte y la mismísima
Hebe de Bonafini han puesto al servicio de la causa sus experiencias,
que no son precisamente placenteras.
En este país nuestro vivimos, por decisión, de espaldas al mundo,
pero nos damos el lujo de llevarnos las manos a la cabeza cuando
alguien, propio o extraño, quiere abrirnos los ojos. O lo que
es peor, lo castigamos con el látigo de la indiferencia.
Ya tenemos dentro delincuentes, corruptos y violentos. Ya tenemos
pobres y desempleados, y niños enfermos y hambrientos. Y una crisis
económica acentuada por las políticas neoliberales. Sin embargo,
bueno es desprestigiar y hundir a quien intente convencernos de
que es necesario que nos veamos reflejados en el espejo para algo
más que para confirmar que nos quedó bien el peinado.
Porque nadie tiene derecho a perturbar con sus ideas nuevas o
revolucionarias la gozosa paz que nos da la pequeñez y el desconocimiento.
La autora es correctora de La Prensa
Además
en opinión
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