Panamá, 31 de julio de 2001
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De Panamá a Génova

Para algunos es fácil sucumbir ante el que dice o hace cosas inteligentes. Para otros lo sencillo es vivir de espaldas al mundo

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

A veces envidio a los retrógrados. A los que anclados en ideas fijas, no conceden a otros el crédito que sus ideas nuevas merecen. Y envidio también a los escépticos, a aquellos que no creen en nada ni en nadie y parecen estar vacunados contra idealismos y sueños. De ambos grupos me asombra su rapidez de juicio, y su capacidad para condenar las ideas ajenas con la vara de un mismo rasero. Y me asombra especialmente ese gesto de sabelotodo con que ponen en duda la inteligencia, la bondad o la intención del que se atreve a ir contra corriente.

Si los envidio es porque sucumbo con facilidad al encanto del que dice o hace cosas inteligentes, y cincuentona que soy, no he aprendido aún a guardarme de la decepción ni a curarme de los desengaños. Si fuera conservadora y descreída no correría tantos riesgos emocionales, y menos intelectuales; el mundo estaría hecho al tamaño de mi cuerpo, y no sentiría ya el aguijón del entusiasmo, ni la punzada de la crítica, ni el perenne anhelo de un mundo más libre y más sabio. Y si estuviera de vuelta del bien y del mal, habría logrado acallar la rebeldía, ese resorte que salta ante lo convencional, lo adocenado, lo injusto o lo estúpido, que tantos quebraderos de cabeza suele dar y que tantas antipatías acarrea.

Así, por ejemplo, me subleva que en esta sociedad nuestra, tan pacata y moralista, se tilde de nazi o de cuasi promotor de un nuevo holocausto a alguien que ose hablar de la desgracia de ser pobre o de la conveniencia de que mujeres humildes opten por la esterilización a fin de no condenar a la miseria a más niños de los dos o tres que ya tienen. Porque si además y por casualidad, el que propone tal solución (que por otra parte no es precisamente nueva en el mundo), resulta ser una persona informada, y para colmo bien plantada, las críticas de los que no están dispuestos a que nadie sobresalga ni un palmo por encima de su estatura pueden ser demoledoras.

Solo conozco por referencias al Dr. Javier Sáez-Llorens, por referencias y por sus artículos, y si por algo me veo en la obligación de demostrarle en público mi apoyo, es porque en su último artículo (La Prensa, lunes 23 de julio), en el que responde a los ataques del Sr. Pezotti, de la señora Grifo y del padre Arocena, hace gala de una elegante paciencia y abunda, para aquellos que no supieron leer entre líneas, en la naturaleza de sus opiniones. Justo es reconocer que hay gente que necesita, para entender, de muchos detalles, pero, por otra parte, es evidente que el afán pedagógico de Sáez-Llorens no está cayendo en terreno baldío.

Algo semejante ha sucedido con los comentarios sobre la conducta de los jóvenes que participaron en el Festival de la Juventud. Resulta ser que en una sociedad tan hedonista y superficial como la nuestra ha sido motivo de escándalo que los muchachos bebieran, fumaran —horror de horrores— o se desentendieran de candentes problemas sociales, y no han faltado los que afirman que la juventud entera está perdida y que pocos valen moralmente un gramo de su peso. ¿Y es que acaso nuestros hijos rezan el rosario los fines de semana en la discoteca?

Sin embargo, pocas son las personas que han condenado las terribles palizas que otros jóvenes, opuestos a la globalización y al capitalismo, han recibido de la policía italiana en Génova. Todo parece indicar que como el sistema comunista fue un fracaso, hay que matar al socialismo como sueño, y para ello basta con encogerse de hombros y tildar a estos jóvenes como “profesionales” de la protesta para zanjar con tranquilidad la cuestión.

Total, el que todo se lo sabe, no necesita saber más, y de poco les servirá a retrógrados y escépticos conocer que prestigiosos intelectuales como Ignacio Ramonet, Susane George y Ralph Nader han sustentado el movimiento con sus estudios e investigaciones sobre el capitalismo, la globalización y la pobreza (volvemos al mismo punto), o que activistas como Diane Matte y la mismísima Hebe de Bonafini han puesto al servicio de la causa sus experiencias, que no son precisamente placenteras.

En este país nuestro vivimos, por decisión, de espaldas al mundo, pero nos damos el lujo de llevarnos las manos a la cabeza cuando alguien, propio o extraño, quiere abrirnos los ojos. O lo que es peor, lo castigamos con el látigo de la indiferencia.

Ya tenemos dentro delincuentes, corruptos y violentos. Ya tenemos pobres y desempleados, y niños enfermos y hambrientos. Y una crisis económica acentuada por las políticas neoliberales. Sin embargo, bueno es desprestigiar y hundir a quien intente convencernos de que es necesario que nos veamos reflejados en el espejo para algo más que para confirmar que nos quedó bien el peinado.

Porque nadie tiene derecho a perturbar con sus ideas nuevas o revolucionarias la gozosa paz que nos da la pequeñez y el desconocimiento.

La autora es correctora de La Prensa

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